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Así, no hay santito que aguante

Hoy las personas católicas veneran al santo del pan, la paz y el trabajo, pero la pandemia por Covid-19 no sólo alteró esa ceremonia que abarrota las iglesias de gente, también dejó al desnudo la precarización y desvalorización de las tareas de cuidado que llevan a cabo las mujeres. Por eso, quisimos conocer la experiencia de tres trabajadoras cuyos empleos fueron afectados por la pandemia.

Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0.

Cada 7 de agosto aquellos que son creyentes se aglutinan frente a la parroquia de San Cayetano de su ciudad. Hacen largas filas, incluso desde el día anterior, expuestos a la intemperie del gélido clima que casi siempre ofrecen los días a esta altura del año. En 2020 la situación va a ser totalmente distinta a la que históricamente vemos, tanto en la calle como en los noticieros, en los que movileres se acercan al templo a preguntar si van a agradecer o pedir al santo del pan, la paz y el trabajo.

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El contexto de pandemia por el coronavirus, primero con el aislamiento y luego el distanciamiento, vino a poner patas para arriba la planificación de les católiques o les desesperades por encontrar laburo que acuden al santo esperando que "se les dé”. Pero no solamente un ritual religioso fue modificado por el virus, sino también el mundo laboral: la vida de la mayoría de quienes siguieron trabajando a través del “home office” y la de una gran parte de la población nacional que quedó sin sustento. Otres, además, sufrieron y sufren la avivada de sus empleadores. Y en esa maraña de desesperación por la pérdida del laburo y por las horas de más que no se reconocen, también quedó al desnudo y se puso en discusión lo que ocurre con los trabajos de cuidado remunerados y no remunerados que hacemos las mujeres.

Aquellas que trabajan formalmente y tienen personas a cargo durante la pandemia deben cortar con sus obligaciones laborales y realizar las tareas correspondientes. La escuela no está, los abuelos y abuelas se guardan, y a les pibites y a la casa hay que dedicarles ese tiempo. Allí se genera un estrés para todas las familias y se hace visible el enorme valor del trabajo doméstico y de cuidado que no es remunerado cuando se hace para la propia familia o es mal pago cuando está tercerizado. Ese trabajo que está a cargo de mujeres y que posibilita nada menos que otras personas puedan sostener sus empleos que sí son bien remunerados.

Autora: Priscila Pereyra

Teletrabajo

Victoria tiene 38 años y tiene un niño de cinco. “La pandemia afectó mi realidad laboral de una manera muy importante. Tengo dos trabajos: uno en relación de dependencia y otro en relación de dependencia encubierta, con un contrato de locación de servicios eterno". Victoria explica que actualmente realiza telebrabajo amparada por las reglamentaciones laborales que dicen que al tener una persona a su cuidado puede optar por esa modalidad. Sin embargo, afirma que "ese trabajar en mi casa significó un estrés muy grande. Las actividades de cuidado y limpieza de mi hogar se superpusieron con mis tareas laborales, ese famoso home office parecía no tener fin, ni horas establecidas, ni objetivos concretos". Esta situación derivó en que se vea obligada a contratar a una persona para que cuide a su hijo mientras ella trabaja. "Este gasto por supuesto, no está contemplado dentro de mis condiciones de trabajo.  Tampoco todo lo que tiene que ver con los materiales con los cuales lo llevo a cabo: mi computadora, mi conexión de internet, luz, gas, etc. A todo eso lo pongo yo como trabajadora sin ningún tipo de compensación”.

Al mismo tiempo, Victoria reconoce que se encontró en una disyuntiva desde el punto de vista ético: "Elegí que la persona que cuida a mi hijo no tenga hijos propios porque siento que si deja a los suyos para dedicarse al mío me generaría un conflicto. Entiendo que hay una doble vara, pues probablemente la mujer que tenga hijos necesite más trabajar que una que no los tenga, pero es el debate ético que tengo como mujer trabajadora y feminista”, concluyó.

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Empleo doméstico

Valeria tiene 41 años, es separada y tiene dos hijos de 14 y 21 años, ambos estudiando. Es empleada doméstica y en marzo, cuando comenzó el aislamiento social, preventivo y obligatorio, se encontraba trabajando en cinco casas, en todas en negro. Sus empleadoras decidieron pagarle la mitad del sueldo durante el tiempo que dure el confinamiento. Sin embargo, un mes después una de ellas cambió de decisión y le avisó que dejaría de pagarle y prescindiría de sus servicios porque necesitaba una persona que vaya a su casa de todas formas a limpiar (pese a lo dispuesto por el gobierno nacional).

Autora: Gise Curioni

Valeria relata que “fue muy duro, porque pasé a contar con la mitad del sueldo. Nos tuvimos que acomodar como pudimos, mi hijo más grande colaboró y también su padre, de quien estoy separada hace mucho tiempo. Todas mis empleadoras se pusieron de acuerdo y pensaron en mi salud y en mi seguridad, por eso me siguieron pagando. Incluso, luego del aislamiento me consiguieron otro contacto para empezar a trabajar luego de quedarme sin uno de mis trabajos”.

En cuanto a la empleadora que decidió no pagarle más "no me preguntó si estaba dispuesta a arriesgarme pese a la prohibición, sólo me dijo que no me iba a pagar más y que no vuelva. No tuve más contacto con ella, ni quiero tenerlo”, agrega.

Al ser consultada sobre si siente que a partir de esta nueva realidad el trabajo doméstico que miles de mujeres realizan no sólo dentro, sino fuera de sus casas, era más reconocido sostuvo que “sí, cuando volví todas me lo dijeron. Para mí fue muy valioso que puedan demostrármelo en palabras, no solamente con el pago". Hace tres semanas regresó a trabajar, pero estuvo tres meses sobreviviendo con la mitad de sus ingresos. "Tengo dos hijos y para mí lo más importante es que estudien, no quería que dejen de hacer eso. Sostener todo fue muy complicado. Poder acceder al  l Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) de 10 mil pesos fue de una gran ayuda”, afirmó Valeria.

Para finalizar, la trabajadora reflexionó sobre lo que dejó esta pandemia: “el Estado debería tener un control real del trabajo en negro. En el caso de las trabajadoras domésticas es muy difícil saber qué familia tiene empleadas dentro de su casa haciendo estas tareas. Con este contexto, todas esas laburantes quedamos desamparadas porque dependíamos de la buena fe de quienes nos emplean. Si decidían no pagarnos nada, ¿a quién le íbamos a ir a reclamar? Ojalá esto sirva para cambiar las cosas”.

Economía popular

Autora: Priscila Pereyra

Las integrantes del Movimiento de Organizaciones Barriales (MOB) de Santa Fe se concentraron este jueves en la parroquia ubicada en Padre Genesio 1644. Se cumplían cuatro años de la primera marcha de los movimientos populares que permitió avanzar hacia la Ley de Emergencia Social y selló la unidad de las organizaciones que hoy integran la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP).

“Aquel día iniciamos un camino de unidad en la lucha contra el hambre, la entrega y la represión macrista. Y también de conquista de derechos concretos con el reconocimiento a los trabajadores y las trabajadoras de la economía popular”, leyeron esta mañana en un comunicado.

Y agregaron: “quedó más expuesto con la pandemia que hay mucho por hacer y es fundamental el rol de los movimientos populares para salir adelante. El rol de decenas de miles de compañeros y particularmente compañeras, garantizando en miles de comedores y merenderos la comida, fue y es clave para que los de más abajo podamos llevar adelante el necesario aislamiento social”.

Ana, integrante del movimiento, explicó a Periódicas que “también se hizo un fuerte reclamo para la implementación de la Ley Ramona, que vendría a reconocer los trabajos de cuidado que realizamos las mujeres en los lugares comunitarios”.

La trabajadora popular explica que "fuimos las mujeres en cada uno de nuestros barrios las que nos pusimos al frente y sostuvimos, algunas desde la época del 90 y luego del 2001, y seguimos sosteniendo comedores y merenderos. También algunas mujeres se fueron organizando en nuevos lugares y convirtiéndolos en espacios de derechos y de encuentro ante la necesidad de garantizar a nuestros vecinos y vecinas el alimento”.

Ana manifiesta que solicitan un reconocimiento especial a las tareas de cuidado, "que no son solamente aquellas que hacemos en nuestras casas y que en el 90% las llevamos adelante las mujeres. También lo son aquellas comunitarias, que tienen que ver con el sostenimiento de comedores, el acompañamiento a vecines que están pasando una situación particular, la continuidad de los talleres con niñes y jóvenes, con las mujeres víctimas de violencia. Nos hacemos cargo también de este cuidado comunitario y creemos que de esta pandemia una de las cosas buenas que puede estar surgiendo es el reconocimiento de la gran tarea que veníamos haciendo, esa invisibilizada, organizativa en cada uno de nuestros barrios que está protagonizada, sobre todo, por nosotras las mujeres”, finalizó.

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¿A quién pedir?

La festividad de San Cayetano es una de las más populosas del calendario católico. Para quienes son creyentes es vivida como una expresión de fe, pero también significa un pedido de ayuda para los miles que buscan día tras día un empleo que les permita vivir dignamente. Es también necesario analizar, visibilizar y poner en valor el trabajo dentro y fuera del hogar que realizamos las mujeres en condiciones precarias; no solamente a la hora de hablar de una remuneración económica. Son necesarias condiciones socio-culturales que nos permitan desarrollarnos en un ambiente de respeto e igualdad, que no minimice nuestro rol, no sólo como sostenes de una familia sino también de lazos comunitarios y de todo un sistema económico.

Es fundamental equiparar derechos para que un trabajo digno deje de depender de la buena voluntad de un santo, que bastante ocupado debe estar con sus cosas, y comience a ser una política de Estado sólida que será posible, sin lugar a dudas, por la lucha histórica de las mujeres.

 

 

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