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Barro, fibras y buñuelos: las pibas del barrio San Agustín II

Una organización feminista compuesta por 30 mujeres y lesbianas lleva adelante tareas de cuidado, alimentación, construcción, limpieza y mejora del hábitat en la barriada del norte de la ciudad. Con sólo un año de vida Casa Anfibia no para de hacer y proyectar.

Autora: Priscila Pereyra

Hoy se labura fuerte en San Agustín II. Palas, bolsas de basura, pinceles, lijas, ladrillos, batidora, leña, fuego, crayones y sogas serán los elementos manipulados a lo largo del día por una treintena de mujeres y lesbianas. Entre las calles de tierra, mezcladora y ollas hirviendo son observadas por les vecines, niñes y perros del barrio norteño.

El hábitat, el cuidado y la alimentación son los ejes con los que trabaja Casa Anfibia. Territorializado en el barrio esto se traduce en que hoy limpiaron las calles y zanjas, pintaron la casa de Lucre y cocinaron buñuelos para 150 personas.

“La organización surgió a partir de un grupo de compañeras que veníamos transitando desde distintos lugares el feminismo y sentíamos que queríamos construir otras formas, otros lugares, otros espacios”, explica Mercedes.

El año pasado comenzaron a dictar talleres, uno sobre doulas comunitarias, otro sobre alimentación con mujeres que sostienen comedores y merenderos de distintos puntos de la ciudad y uno de construcción. La magia de la retroalimentación comunitaria llevó a que a fin de año lograran ampliar un merendero en el barrio Las Lomas con las mismas asistentes a esos talleres, quienes aprendieron sobre construcción mixta y bioconstrucción con ecoladrillos y barro.

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Cuidar es trabajo

Al inicio de este año quienes conforman el espacio sintieron la necesidad de mutar de dispositivo a organización. “Hoy en día nos entendemos como una organización feminista del campo popular, con los mismos ejes con los que nos iniciamos: hábitat, cuidado y alimentación”, explica Mercedes. “Nos surge el deseo y la necesidad de territorializarnos en San Agustín II porque contábamos con muchas compañeras del barrio”. Comenzaron a pensar una formación que sirva como base para comenzar una cooperativa de cuidadoras en primeras infancias que sería también una fuente de trabajo. “Pero la pandemia vino a sacudirnos el tablero, como a todas las organizaciones”, detalla.

Autora: Priscila Pereyra

Cal, arena, barro y feminismo

Sin embargo, Casa Anfibia no se apabulló. El aislamiento obligatorio profundizó la situación precaria de las mujeres que conviven con sus agresores y eso disparó un nuevo proyecto. “Nos encontramos ante la situación de una compañera que no tenía dónde vivir con sus hijes y entendíamos que teníamos que responder”, explica Mercedes.

Por los talleres que habían realizado contaban con conocimientos y mano de obra para embarcarse en una construcción mixta con barro. La mamá de Lucre le donó una parte de la casa y terreno. En dos meses las chicas de Casa Anfibia tenían terminado un habitáculo donde Lucre y sus hijes pueden vivir. “Nos lleva a reflexionar de que claramente esto es realizable. Nosotras la hicimos con donaciones, es una construcción económica, sustentable y sencilla. La mayoría de nosotras nunca había construido ni con cemento ni con barro”.

Las pibas de San Agustín II proyectan en grande: “Entendemos que es posible hacer de esto un proyecto que se transforme en una política pública. Sostenemos que el hábitat puede y debe tener una perspectiva feminista porque es una de las respuestas justamente a la violencia. Que una compañera pueda tener un lugar donde vivir, que esté a su nombre, que sea independiente y que tenga un trabajo para poder ser autónoma, eso es esencial para poder no estar atada a nadie y no quedar encerrada con nadie”.

Mientras un par revuelven la pintura, otras cuidan a la bebé de Lucre y los niños traen sánguches de milanesa para compartir entre todas el almuerzo, Mercedes explica que a partir de esto “podemos generar también una cooperativa de compañeras que nos aboquemos a construir casas de este estilo, módulos habitacionales para las compañeras, mujeres o cuerpos feminizados que están en situación de violencia. Entendemos que las casas de amparo son necesarias pero no es una solución permanente”.

Además están llevando adelante una cuadrilla de higiene urbana que surgió a partir del trabajo conjunto con dos secretarías del municipio: de Ambiente y de Integración y Economía Social.

Panza llena

Otras de las cuestiones que profundizó la situación de pandemia es la desigualdad. Las fuentes de trabajo, precarias de por sí, se han minimizado mucho en el barrio generando urgencias básicas. Es por esto que Casa Anfibia está sosteniendo un espacio de cuidado y alimentación. En la casa de una de ellas se cocinan meriendas para unas 150 personas dos veces por semana. Mientras unas hacen el fuego para calentar el aceite donde cocinarán los buñuelos, otras juegan a la mancha o pintan con les hijes de las compañeras que están sosteniendo en ese momento la tarea de alimentación.

Autora: Priscila Pereyra
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Trabajadoras

La pandemia mundial y la necesidad de aislamiento develó una cuestión que las feministas venimos sosteniendo hace años: los trabajos de cuidado, feminizados, que no son remunerados o tienen una remuneración pobre son esenciales y sostienen la economía. Las mujeres y lesbianas de Casa Anfibia lo tienen claro: “tanto este trabajo como los otros que realizamos en el barrio lo entendemos sindicalizado en el marco de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economia Popular (UTEP). Es el lugar en donde entendemos que nuestras tareas cobran la dimensión de trabajo, se le otorga la importancia que merecen quienes se dedican al cuidado comunitario y es donde luchamos por los derechos de las y los trabajadores de la economía popular”.

Con poco más de un año de vida las 30 mujeres y lesbianas que componen Casa Anfibia tienen una identidad definida: “somos compañeras que construimos política desde el feminismo popular, que entendemos que el feminismo es una perspectiva necesaria para entender todos los problemas que sufrimos las y los trabajadores”.

La tarde está cayendo en el barrio San Agustín II. 150 personas merendaron, cuatro paredes fueron pintadas, ocho calles fueron limpiadas, 20 niños fueron cuidados. Y las mujeres, siempre al frente.

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