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¿Esto era el home office?

Ante la suspensión de las clases en todos los niveles educativos y el cuidado de personas mayores propensas a la infección del coronavirus, las estadísticas demuestran que este trabajo es ocupado en sobrecarga por las mujeres. La economista María Eva Bellini explica cómo se superponen la cuarentena con el patriarcado.

Autora: Gisela Curioni

La economía feminista entiende que “lo económico” se encuentra dividido en dos esferas: la de reproducción y la de producción. También comprende que debido a la división sexual del trabajo a las mujeres se nos ha asignado la primera de las esferas, la del denominado ámbito privado (realizando las tareas domésticas), mientras que a los varones les corresponde el ámbito público, el de la producción y el reconocimiento.

Las concepciones neoclásicas de la economía entienden que todos los trabajos realizados “dentro de casa” no pueden caracterizarse como “económicos” dado que no producen mercancías. Sin embargo, desde la economía feminista y desde otras vertientes, como la economía social y solidaria, entendemos que “lo económico” son todas aquellas acciones/trabajos que se orientan en la reproducción de la vida, por lo tanto dichas tareas son parte fundamental de la economía y de nuestra supervivencia.

Las luchas de las mujeres, los cambios que han alterado las concepciones de los Estados y sus roles, han posibilitado que muchas saltemos a la “esfera de lo público-productivo”, como también que los Estados empiecen a llevar adelante algunas de las tareas que antes se realizaban dentro de los hogares, como la Salud, la Educación, la recreación. A pesar de ello, estos avances no han logrado torcer por completo al pensamiento hegemónico que todavía no comprende la importancia del trabajo doméstico no remunerado y de las tareas de cuidado, y es por ello que muchas cargan aún con la doble jornada en la que realizan no sólo los trabajos “productivos” sino también y casi en su totalidad, los trabajos “reproductivos”.

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¿Y por casa como andamos?

Para conocer la realidad de la distribución del trabajo de reproducción en la provincia de Santa Fe hasta ahora sólo contamos con la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo realizada en el último trimestre de 2013 por el INDEC. Utilizaremos algunos resultados alcanzados por el estudio "Trabajo doméstico no remunerado y uso del tiempo en la provincia de Santa Fe" para describir la situación a nivel provincial.

Para la provincia de Santa Fe, en los hogares unipersonales el 100% de sus integrantes realizan trabajo doméstico no remunerado, independientemente de su sexo y en promedio ocupan 3 hs diarias. Por las condiciones, no son significativas la realización de tareas de apoyo escolar y/o de cuidado de personas.

Para el caso de los hogares administrados por parejas no se encuentran diferencias en la realización de trabajo doméstico no remunerado según el hogar y el tipo de nivel de ingreso, en promedio el 74% de los hogares realiza dicho trabajo. Pero sí se evidencian diferencias en la realización de tareas vinculadas al apoyo escolar: los de ingresos bajos las realizan en un 34%, mientras los de ingresos medios en un 14%, y en los de ingresos altos un 10%. Para el caso de las tareas del cuidado de personas los hogares de ingresos bajos las realizaban en un 43%, los de ingresos medios en un 27% y los de ingresos altos en un 7%. Es decir que a mayor nivel de ingreso del hogar las tareas de apoyo escolar como las de cuidado de personas pueden estar resueltas a través de servicios que ofrece el mercado. Para todo este tipo de actividades, en promedio, dado que no hay diferencias significativas por nivel de ingreso del hogar, el 95% las realizan mujeres y sólo en un 53% los varones, disponiendo de tiempo de manera desigual: 7,5 horas las mujeres y 4 horas los varones.

Por último, para los hogares administrados por una sola persona, el trabajo doméstico no remunerado lo realizaban el 82% de los hogares. Las tareas de apoyo escolar según el tipo de nivel de ingreso del hogar las ejecutaban en un 30% los hogares de menor ingreso, el 24% los de medio, y el 15% los de mayor ingreso. En este sentido para el caso de cuidados de personas lo realizaban el 36%, el 19% y el 9%, respectivamente. Al igual que en el caso anterior a medida que los hogares disponen de mayores ingresos muchas de las tareas de reproducción consideradas no económicas las resuelven a partir de servicios que brinda el mercado. Se destaca que el 90% de las mujeres que se encuentran en este tipo de hogares son las que participan en estas tareas (en hogares de ingresos bajos llega al 93% y en altos ingresos al 83%) ,mientras que para los varones que son jefes de este tipo de hogares sólo lo hacen en promedio un 58% (hogares de bajos ingresos 68%, medios 48% y altos 60%). El tiempo que le dedican es de 6,3 horas para el caso de las mujeres (una hora menos que teniendo cónyuge) y 3,5 horas para el caso de los varones.

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La misma doble jornada, pero en casa

En las últimas dos semanas el COVID-19 fue transformando nuestra vida diaria, una de las primeras medidas tomadas el gobierno nacional fue el pedido de aislamiento social voluntario y la suspensión de clases en todos los niveles (jardín/inicial, primario, secundario y universitario). Este servicio público, la educación, ha sido una de las tareas que (en parte) eran realizadas en el ámbito de la reproducción y que fue absorbida por los Estados y también por el mercado. Aunque no contamos (aún) con estadísticas podemos afirmar que es más que probable que han sido las mujeres que tienen hijos en edad escolar las que han utilizado su derecho a quedarse en el hogar para su cuidado.

Por lo tanto, la suspensión de este servicio de educación y de los ámbitos de cuidado de personas (ya sean estos ofrecidos por parte del sector público o privado), impactará sobre aquellas mujeres que pertenecen a hogares de bajos recursos: primero en aquellas que son sostén de hogar y luego en las que tienen cónyuges. Principalmente porque se da un doble efecto a partir de la declaración del aislamiento social obligatorio; no sólo se suspenden los servicios públicos sino también se “paraliza” la posibilidad de changas y de trabajos informales que no sean de primera necesidad según el decreto presidencial, con lo cual dado que no tienen (ni tenían) la posibilidad de mercantilizar dichas tareas (trabajo doméstico, apoyo escolar y cuidado de personas) previo a la pandemia, ahora las tendrán que afrontar con escasos recursos.

Para el caso de los hogares medios y de altos ingresos, que sí podían mercantilizar dichas tareas de reproducción, pero que también se vieron suspendidas por la cuarentena es de esperar que dichas tareas recaigan sobre las mujeres, será en función de la disponibilidad de ingresos que puedan “virtualizarlas” y no tener esta carga en términos de apoyo escolar, por ejemplo. Sin embargo en el caso de cuidados de personas, al estar contemplado como actividad necesaria, aún en aquellos hogares que dispongan de dinero podrán seguir acudiendo al mercado para demandar dicho servicio, que en más de un 90% es realizado por mujeres.

Como se menciona en el trabajo citado, las tareas más invisibilizadas que sostienen las mujeres que están a cargo del trabajo de reproducción son aquellas relativas a administrar, planificar y direccionar cada uno de los momentos que se viven en el hogar previo a la cuarentena, y que en cuarentena resultan más que esenciales.

Una oportunidad de cambiar el mundo

En todos los casos, lo que demuestra esta cuarentena es la necesidad de una red pública de cuidados y del reconocimiento del trabajo doméstico. Así como dijo el presidente Alberto Fernández “la prioridad es la salud”,“la prioridad es garantizar la vida”, “Vamos a gastar lo que sea necesario para que la gente esté tranquila”; esta crisis es una oportunidad para resaltar la importancia socioeconómica del trabajo de reproducción que hoy muchas mujeres están llevando a cabo en cada uno de sus hogares. Esta tarea es fundamental para que cuando pase se controle esta pandemia todos los integrantes estén sanos biológica y psíquicamente para volver a su rutina.

Colaboración de María Eva Bellini, economista.

 

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