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La política de ignorar al patriarcado

Una guía práctica para que las plazas estén bien limpitas.

Autora: Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0

Nicolás Martínez, principal sospechoso de haber asesinado en Paraná a Fátima Florencia Acevedo, tenía denuncias y antecedentes por violencia de género. Fátima estuvo desaparecida una semana desde el domingo 1 de marzo que fue vista por última vez en La Casa de la Mujer, donde se suponía era resguardada por el Estado. En la mañana de este domingo la hallaron asesinada, depositada a 18 metros de profundidad, en un descampado. El femicidio de Fátima sigue el promedio nacional: uno cada 23 horas. El año pasado era cada 35. Rompe el corazón escucharla decir que "puede ser que cuando termine muerta por culpa de él, la policía y el juzgado y toda la mierda que tienen que hacer algo, puedan hacer algo". Por que todas conocemos -o fuimos- a una víctima de violencia de género que deambula por pasillos esperando una respuesta o que mínimamente la denuncia sea tomada. Todas queremos tener autonomía, un lugar propio. Todas queremos ser libres.

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Ahora, lo político es tomar decisiones. Ya sea para transformarlo todo o para dejarlo como está. Hacer política y ser partidario a menudo se confunden por lo mismo, cuando lo segundo es seguir a un determinado partido con sus ideas particulares. Según datos del Registro Único de situaciones de Violencia contra las Mujeres hay 70 denuncias de violencia de género por día en la provincia de Santa Fe. En la ciudad capital se piden tres botones anti pánico por día. En la provincia cada año hay entre 20 y 40 mujeres asesinadas, según datos de los últimos años relevados por el equipo de Norma López y Mumalá. La mayoría murió por ser quemada, acuchillada, asfixiada o golpeada, en un recurrente modo que indica odio del más puro. Cada 48 horas una mujer debe irse de su casa hacia un hogar de protección para no ser asesinada. La lista con datos podría seguir por varios párrafos, todavía queda mencionar por ejemplos las masacres (en plural) que tuvieron lugar en los últimos años, las violaciones colectivas o las estadísticas de abuso sexual incestuoso.

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Este contexto demuestra no solo que la violencia contra las mujeres se produce en una estructura social y cultural donde la dominación masculina está legitimada, sino que se necesitan estrategias para revertir esa forma en la que debemos sobrevivir las mujeres cada día. Parece increíble que una vez por mes, cuando se mediatiza un femicidio que paraliza a la sociedad, se deba recordar que el patriarcado es una forma de organización social en la que el poder lo tiene el varón, y por lo tanto, no somos iguales. Y la decisión de que eso sea así, es política.

Tribunales de Paraná, durante la vigilia de la Asamblea de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans.
Autora: Paula Kindsvater | CC-BY-SA-4.0

La marcha multitudinaria del lunes transcurrió con dolor. A pesar de que faltaron algunas columnas históricas gremiales, como la de Amsafé, la concentración superó las siete mil personas autoconvocadas. En su mayoría los carteles que se vieron fueron caseros porque para muchas fue su primera marcha. Fue la vez que se animaron a ver cómo era, qué se sentía, qué cantaban, qué otros mensajes iban a leer entre brazos y pañuelos. En la plaza se vendieron verduras, hubo una guardería, tererés, glitter y gritos, para que dejen de matarnos como a Fátima, para que dejen de violentarnos, para que nos escuchen. Sin embargo, el día después, la noticia es que la plaza debe estar limpia de los grafitis que nunca leyeron: "Libres y sin miedo", "No me callo la jeta nunca más", “Esta lucha recién empieza” y “Este cuerpo es mío no se toca, no se viola, no se mata”. Decidir de qué hablar, cómo y dónde, es político.

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El movimiento Ni Una Menos se conformó en 2015 a partir del brutal asesinato de Chiara Páez en Rufino,  provincia de Santa Fe. Salimos a marchar entonces porque muchas nos dimos cuenta por primera vez de que no, no nos quieren acá. Ahora, seguimos juntas y cada vez somos más. No nos vamos a ningún lado, esa es una decisión política. Vivas y juntas nos queremos.

Cómo molesta eso. Porque cualquier tipo de reivindicación del derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y cómo vivir molesta. Es un generador de "grietas", y según conductores varones de radio locales "se deben escuchar las dos campana". Y de repente, hay un feminismo que "divide" a la sociedad, cuando lo único que nos separa de vivir libres, sin miedo y con las plazas limpitas es el machismo.

Que si la hizo a la denuncia, que si tenía trabajo, que si se fue de La Casa de la Mujer, que si lo habló con la familia, que si siguió frecuentando espacios al que el agresor también concurría. Cuanta exigencia que hay para ser una buena víctima. Y ahora toda esa exigencia la tenemos como colectivo. Si manifestar el dolor con pancartas, con ciertas palabras, con aplausos o sin ruidos, sin tetas, sin pañuelos. Tenemos que ser buenas víctimas y buenas manifestantes. Seguir el manual patriarcal de la indignación para ser tomadas en serio: sin política ni ideología. Calladitas y obedientes, como señoritas. Como si no supiéramos ya que somos minoría y que acá no nos quieren. Como si no estuviéramos hartas y organizadas. En ningún lado nos quieren. Salvo que insultemos a otras mujeres, y digamos bien fuerte que no todos los hombres son iguales. Que la marcha no nos representa y las pintadas tampoco. Bueno no, así tampoco nos quieren. A ellas también las matan. Nos matan.

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