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Tocame el punto T

¿Cómo amar a una travesti? Una relectura necesaria del amor trava en tiempos de la post-identidad.

Lohana Berkins escribe "Si me queres, quereme trava", un texto sobre el que vuelvo para explorar la realidad del amor travesti en tiempos donde lo post-identitario aparece como el discurso facundoaranezco de «persona que ama a persona», como pretendido superador esquema de filiación entre sujetos, con poliamores, pansexualidad y otras pajas postcapitalistas.

Las relaciones travestis aún se suceden en lo marginal, no importa que tan bella, pendeja o viajada en famosa estés. La realidad es que el imaginario social sobre nosotras, poco o nada ha cambiado realmente: somos prostitutas, narcotravestis, militantes, Flor de la V, o alguna combinación proporcional de esos factores.

Un chongo, con el que chateo a veces, a través de cierta app de levante -que no tiene manera de registrar mi identidad de género así que tengo que poner «mujer», igual que en el documento-, se obsesionó así como de golpe con mis textos, las notas que me han hecho, las que hice, los registros audiovisuales sobre mi, esto y lo otro. En pocas palabras, me fetichizó.

No se enamoró de mí, no tiene una historieta conmigo, simplemente se le rompió un esquema de ordenamiento de los sujetos, y se quedó aferrado fuerte ahí, pobrecito.

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¿Cómo lo sé? Simple. Hace unos días me escribió en relación a una nota que había publicado. “¿Por qué sos tan inteligente?” Yo ya asqueada en esto de venderle fantasía a los pelotudos le respondí: “Porque siempre me sentí menos que todos los demás. Entonces siempre me esforcé por ser valorada por mis conocimientos, y no por mi cuerpo, mi identidad, o cualquier otra cosa que otrora me acomplejara de mi misma”. Se imaginaran que la conversación se cortó ahí, hasta que escriba algo más y se le vuelva a parar la pija.

Pero no es la primera vez que me pasa, tampoco creo que sea la última. El centro de la cuestión está en que necesitan negar el hecho directo y concreto de que te desean por tu travestidad. Necesitan asignarselo a algo más: tu inteligencia, tu militancia, tu capacidad de hacer un escándalo por cualquier cosa, tu passing.

Lohana remarca un lugar común en el que cae la media de los chongos que se relacionan con nosotras: “para mi, ella es una mujer”. Como si para nosotras ser mujer, pasar por una mujer cis, fuera el premio máximo, el máximo sentido de nuestras vidas.

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Sorprendentemente no. No lo es. El máximo sentido de mi vida, particularmente, es sobrevivir al capitalismo con el mayor índice de dignidad posible, y que la mayor cantidad posible de mis pares lo haga también. No lo estaría concretando igualmente.

«Y por qué travesti», te preguntan les pelotudes. Lohana, siempre amable -no como yo- responde: “Decir «soy travesti» es asumir nuestra propia belleza T, nuestros cuerpos y una cuestión que incluso a veces deja paralizado al feminismo: nosotras tenemos un pene, que no es lo mismo que hablar de falo. ¿Por qué deberíamos ocultar que la belleza del cuerpo travesti también incluye un pene? ¿Por qué tanta incomodidad con algo que es parte de nuestra propia corporalidad, sexualidad y deseos?”.

Y allí se anuda la cuestión del deseo travesti. ¿Nos piensan en los cuerpos y los deseos? Nuestros amores, nuestros cuerpos, no son historias retratadas, largamente exploradas o explotadas en múltiples formatos; por lo menos no en los que no sean el porno.

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Vivimos atravesadas por el horror, el dolor, la fatalidad, la carencia, el abandono, la soledad. Y en esos contextos de urgencia y de clandestinidad, en la que nos perpetúan, nosotras tampoco disponemos de mucho tiempo para ponernos a plantear otros esquemas relacionales que trasciendan a la fotocopia del amor heterosexual monógamo, o que no se filtren desde las plataformas pseudorevolucionarias amorlibrenses que hacen les chongues progres deconstruides para zafar de pagar el servicio sexual, o de responsabilizarse de un vinculo tal, con tal sujeta.

Nuestra apuesta siempre es desde una asunción toda inocente, toda infantil, hasta de la más cruenta muestra de afecto. “Tenemos una visión infantilizada del amor". Entonces nos la pasamos pensando nuestros cuerpos desde los otros, desde la colonialidad del binarismo y la heteronorma, desde la occidentalidad judeocristiana, desde el autodesprecio internalizado.

Mil veces pensé cosas que ahora me dan diabetes de vergüenza. Gracias por quererme, cuánta valentía de estar conmigo, qué increíble presentarme a tu familia. Me doy asco de pelotuda.

El punto T es pensar al amor, al deseo desde nosotras mismas, desde la autodeterminación, corporal, sexual, sensual, libidinal. La autodeterminación de nuestro deseo y de nuestra deseabilidad, ya no por lo que pretenden de mí, sino por lo que yo misma determino.

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Y lo nocivo de los mensajes neo-evangélicos y post-mindfulness y de todas esas mierdas de la ley de atracción, sobre "persona que ama a persona", es que intenta recortarnos del devenir histórico en el que fuimos perseguidas, desaparecidas, torturadas, y somos aun víctimas de un genocidio que nos restringe la expectativa vital a 30 o 40 años.

Entonces, cuando decimos que nuestra identidad es política, es porque también es político el reconocimiento de los recursos escasos desde los cuales nos armamos travestis, y desde los cuales amamos, travestis.

No es un favor. No nos aman por favor. No nos hacen el favor de pasearse en público con nosotras, no se entregan en un desmedido altruismo al presentarnos a su familia y vivir con nosotras. Somos nosotras las expuestas a la peligrosidad del amor hetero cuando asumimos todo eso. Amamos en riesgo continuo. En el riesgo continuo de que un dia caigan en cuenta de que nos aman en nuestra travestidad y que su masculinidad se desmorone, y en un intento fatal por salvarla nos maten a puñaladas.

Están extrayendo constantemente plusvalía de las deidades autoensambladas que somos, de nuestro talento para reírnos de nuestras propias oscuridades, de nuestra capacidad de resolución, de nuestra magia para transformar.

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Si ese amor que nos ofrecen supone la negación de la identidad, el ignorar nuestros rincones oscuros, el fetichizar nuestras cualidades, entonces dista muchísimo de un amor que nos libere.

Está todo aún por crear, pero la vía de ninguna manera será el conformarse con lo que hay. Me sabe a poco ser la opción entre tantas, o ser posesión única de un tipo o de una tipa. “Yo quisiera ir más lejos, no quiero eufemismos, quiero encontrar el punto T”, dijo Lohana.

“El día que una travesti pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el chongo, fuente de vida y no un peligro mortal”, de Simone de Beauvoir, con intervenciones de Lohana Berkins y mías.