Viscerales

Violencia es hacer de la muerte un espectáculo

El fin de semana dejó un saldo de cuatro mujeres asesinadas en el país. Una vez más el periodismo santafesino no estuvo a la altura de las circunstancias.

Foto: Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0

Luego de conocerse el asesinato de María Cecilia Burgadt, la enfermera que trabajaba en el hospital Cullen, un reconocido periodista en una prestigiosa radio local preguntó al aire a la movilera, cómo había sido encontrado el cuerpo. Lejos de brindarle información, la pregunta quedó sin efecto. Con mucho aplomo la movilera puso en vereda al curioso comunicador y se tomó unos minutos para explicarle brevemente el protocolo de información para difundir las muertes violentas de mujeres víctimas de género.

Frases livianas van y vienen, los interrogantes se repiten y una vez más los medios locales juegan a vender la mejor oferta: el morbo en torno a la muerte. ¿Cuál es el detalle que más vende? ¿La foto de la víctima? ¿La descripción de cada herida? ¿Cuál es la voz que más garpa? ¿La de la hija que rompe en llanto frente al asesinato de su madre en medio de un móvil mientras trata de eludir preguntas escabrosamente innecesarias? Nada parece alcanzar frente a estos hambrientos comunicadores. Si les damos el detalle, ¿verían a estas mujeres con otros ojos? ¿Serían capaces de poner a sus hijas, esposas, hermanas o madres en el lugar de las que ya no están? ¿Serían capaces? Son crueles. Innecesariamente crueles.

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Violar, matar y enterrar como metáfora

Un popular periodista deportivo utiliza el micrófono en una transmisión deportiva, en otra famosa emisora local, para hablar de “violar, matar a la historia y enterrarla”, finalmente. Tres actos de violencia que se repiten en los noticieros acompañados de rostros de mujeres que fueron buscadas por horas. Eduardo Rodríguez, a través de sus palabras promueve y legitima ante la audiencia un mensaje misógino y violento hacia las mujeres, pero lo camufla con una analogía refiriéndose a un partido de básquet. Lejos de relacionarse con el mundo del deporte, las palabras utilizadas revelan una falta total de empatía y humanidad hacia las mujeres que todos los días somos víctima de violencia. Las rebuscadas disculpas no demoraron en llegar, porque comprende que: “En esta época de tanta sensibilidad, indudablemente para mucha gente -no sé si para todos- esa metáfora poco feliz tiene que haber caído muy mal. A los afectados disculpas", se expresó defendiendo que la analogía refería al espectáculo deportivo y no a una persona física.

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Violencia y misoginia local

Venimos soportando hombres violentos desde hace años. Sus actos son violentos, sus palabras y aquello a lo que llaman humor.
Violencia es hacer de la muerte un espectáculo. Violencia es reproducir en los medios de comunicación un dato que no importa, como si saberlo les devolviera la vida a Laura Cielo López de 18 años, a Navila Serena Garay de 15, a María Cecilia Burgadt de 42 o a Vanesa Evangelina Caro de 38, los cuatro casos que enlutaron este último fin de semana. Hay 178 más en la lista por si no les alcanza.

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Parece que no les alcanza. Parece que no es suficiente y ahí viene otra vez “la cantinela de terminar con los femicidios”, como expresó el periodista Darío H. Schueri a través de su cuenta de twitter recientemente, quien además adjudicó al hecho del asesinato de la enfermera como un “crimen pasional”.
La violencia está en el golpe, en la mirada y en las palabras. Quienes ocupamos espacios en los medios, sabemos y somos conscientes de la responsabilidad de reproducir y viralizar el mensaje. Frente a tanta injusticia acechante, frente al dolor que nos persigue y frente a daño físico como emocional, tenemos la absoluta responsabilidad de estar comprometidos y comprometidas con nuestra tarea. Es hora de que los empresarios de los medios de comunicación sean señalados y apuntados con el dedo hasta no despojarse de todo acto de violencia machista que inunde sus estudios de radio, sus pisos de edición o la formación sus corresponsales en la calle. Capacitarse con perspectiva de género debería ser una obligación moral. De otra forma, los estereotipos, las desigualdades y la maldita prepotencia seguirán maltratando. Maltrato que no sólo nos lleva por delante, sino que nos invisibiliza hasta en la perdida de nuestras propias vidas.

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