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Moira Pérez: “El castigo no repara, no previene, no sana”

Moira Pérez se especializa en investigar cómo la violencia interactúa en las identidades. En el marco de la charla “El castigo nuestro de cada día: escraches y punitivismo ante el conflicto social” brindada en la Universidad Nacional del Litoral, dialogó con Periódicas sobre violencias, castigos y justicia en los feminismos.

La docente e investigadora en Filosofía Práctica y Teoría Queer Moira Pérez participó este jueves en la charla “El castigo nuestro de cada día: escraches y punitivismo ante el conflicto social”, junto al abogado César Bisutti. La actividad estuvo organizada por la Secretaría de Extensión Social y Cultural de la Universidad Nacional del Litoral (UNL).

Moira Pérez se especializa en investigar cómo la violencia interactúa en las identidades. Comenzó a interesarse en cuestiones de violencia institucional a partir de su trabajo en la Escuela Penitenciaria Nacional, donde empezó a dar clases en el 2012. Desde ese momento viene trabajando sobre abolicionismo penal y pensando cómo los movimientos sociales alimentan el punitivismo, particularmente los movimientos feministas y LGTB+.

Además, dirige el grupo de investigación “Política, derecho e identidad: perspectivas Queer en Filosofía Práctica” radicado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (SADAF), donde abordan estas temáticas desde una perspectiva anti-punitivista e interseccional.

En diálogo con Periódicas, la investigadora reflexiona sobre violencias, punitivismo y justicia en los feminismos en movimiento.

Moira Pérez en Twitter es @moirapez

-El año pasado, a medida que avanzaban las denuncias públicas por violencia de género surgió un contra movimiento que cuestionaba el modo que se llevaban a cabo los escraches en entornos próximos. ¿Cómo se explica esta emergencia?

-Se dio un fenómeno muy interesante en el que muchas personas se encontraron repensando sus propias trayectorias de vida y reinterpretando ciertas experiencias como formas de violencia. Fue un momento sumamente movilizante, creo, sobre todo para quienes no habían tenido ocasión antes de leer sus vidas bajo esta perspectiva -movilizante para bien y para mal, porque no es fácil darse cuenta de que une experimentó violencias-, y mucho menos cuando en ese momento no las vivimos como tales. O cuando, visto desde el presente, interpretamos que “no hicimos nada” para frenarlas o salir de esa situación. Pero a la vez, surgieron voces críticas dentro de los movimientos sociales que interrumpían un poco esa efusividad, invitando a pensar bien en lo que se estaba haciendo, y en las derivaciones e implicancias de estas estrategias de visibilización e intervención en el espacio público. No es fácil ser una voz crítica dentro de los movimientos sociales, porque en cada momento y contexto se arma una especie de consenso de cuáles son las estrategias, agendas o enfoques “progresistas”. Es frecuente que a quienes critican algún elemento de este consenso se les equipare con “el enemigo” o con una complicidad con aquello que se busca derribar.

"Personalmente, considero que la complicidad se da más bien cuando marginamos la crítica interna, porque es cierto que siempre estamos expuestes a reproducir las formas de violencia estructural que atraviesan a nuestra sociedad (en gran medida porque justamente al ser formas estructurales es difícil verlas), y quienes tienen el coraje y la generosidad de señalar esos problemas deben ser escuchades.

Volviendo al punto, a lo largo del proceso del año pasado se señalaron varias cosas preocupantes de estas estrategias que estaban creciendo vertiginosamente -muchas cosas más de las que puedo mencionar acá-. ¿Cuáles denuncias -formales o informales- se escuchan y resuenan, y cuáles no? ¿Qué pasa con el entorno de la persona denunciada, incluyendo las mujeres (esposas, parejas) y niñas a las que se supone que un enfoque feminista debe considerar también? ¿Qué derecho tenemos a presionar a una persona que pasó por una situación de abuso para que escrache si ella prefiere no hacerlo o lidiar con la situación de otra manera? ¿Cómo juzgamos a alguien por el hecho de que elija acompañar y “compartir” ese escrache o no? ¿Quién puede decir que eso es más o menos feminista? ¿Son todas las formas de violencia patriarcal equiparables, o es la estrategia común -el escrache- una forma de relativizar el peso diferente de cada una? ¿En qué medida es el escrache una alternativa al sistema punitivo estatal, y en qué medida comparten la misma lógica subyacente?

Creo que en el fondo de todas las advertencias estaba la idea de que las estrategias de escrache y denuncia parecían consagrarse como las únicas posibles, necesarias y urgentes, sin pensar en las derivaciones e implicancias que podían llegar a tener, sobre todo para las personas más marginadas dentro de nuestras comunidades. Lo que nos quedó como aprendizaje de ese ciclo, o al menos eso espero, fue que no tenemos que dejarnos atropellar por esa sensación de crisis y urgencia, sino que tenemos que darnos el tiempo individual y colectivo para pensar cuáles son nuestros objetivos, cuáles son las estrategias más adecuadas para cada uno de ellos, y cómo repercuten esas estrategias en las personas atravesadas por más ejes de opresión (que ciertamente no son las que establecen la agenda del feminismo hegemónico). Es una trampa pensar que no se puede abordar la urgencia y el largo plazo a la vez; una trampa de la que el sistema punitivo y la cultura del castigo se alimenta para presionarnos a intervenir."

-Desde los movimientos feministas ofrecen visiones complejas acerca de la violencia y la justicia patriarcal que emana el Estado. ¿Cómo sería una justicia feminista? ¿Habríamos avanzado en algo si tan solo se aplicaran mejor las penas existentes y se hiciera una interpretación no patriarcal de las mismas?

-La respuesta a esta pregunta depende de cómo definamos “feminista”. ¿Qué hace que algo sea feminista? ¿Es el contenido de ese “feminista” necesariamente anti-punitivista? Si entendemos al feminismo como un conjunto de movimientos, iniciativas y perspectivas aunados por la noción de que las mujeres son blanco de formas específicas de opresión por motivo de género, y por el impulso a intervenir en esas opresiones para transformarlas, entonces no hay nada de eso que nos hable de antipunitivismo. Es decir, es perfectamente posible que exista una justicia feminista y punitivista, porque alguien puede considerar que la forma de terminar con la opresión de las mujeres es castigando a ciertos perpetradores individuales que la ejercen, y desde esa perspectiva puedo practicar la justicia implementando un castigo individual.

"Personalmente, me interesa más pensar en cómo sería un sistema de justicia y un Estado organizados en torno a la equidad y la justicia social para todas las personas, más allá de su género, pero teniendo en cuenta al género como un factor -entre otros- de injusticia y opresión. Se trata de una perspectiva de justicia radical, en el sentido de que implica repensar todas nuestras formas de interacción social, además del Estado. Y repensarlas no sólo como herramientas del patriarcado, sino también del cisexismo, el racismo, el capacitismo, entre tantas otras formas de violencia que nos atraviesan a la vez como víctimas y como perpetradores. Desde esta segunda perspectiva, es imposible pensar en justicia mientras sostengamos el sistema punitivo, ya sea estatal (aplicando “mejor” las penas existentes) o comunitario (mediante escraches, sanciones y castigos extra estatales). El castigo no repara, no previene y no sana, en ninguna de sus formas."

-¿Qué análisis haces de que el feminismo haya tenido que recurrir al "Yo sí te creo” y al “Mirá cómo nos ponemos"? ¿Pueden ser interpretados como mecanismos para resguardar estas denuncias que por otro lado no siempre han encontrado los entornos de contención?

-Tu pregunta aborda dos puntos centrales en todo esto: la contención y la credibilidad. En lo que hace a la contención está claro que el sistema estatal no está orientado a contener sino a castigar, y la víctima o sobreviviente es rápidamente desplazada del proceso una vez que realiza la denuncia. Es decir, una vez que el Estado tiene la información necesaria para operar, ya deja de ser relevante lo que le pase a quien denunció. Por eso es importante que toda iniciativa comunitaria de resolución de conflictos o de acompañamiento vuelva a poner a les sobrevivientes en el centro de la escena, y considere las implicancias emocionales no sólo del evento que les haya llevado a denunciar (formal o informalmente), sino también del proceso de denuncia y todo lo que viene después. Denunciar, hacer un escrache, o hacer pública una situación de violencia tiene en sí mismo consecuencias profundas sobre la vida de las personas, y no podemos dejarlas solas en ese momento ni después.

"Por otra parte, podríamos decir que las denuncias públicas y los escraches, en tanto estrategias de castigo informales, surgen entre otras cosas a partir de un problema en la distribución de la credibilidad: en consignas tales como “Yo sí te creo” lo que se está señalando es una distribución inequitativa de la credibilidad, que beneficia a los sujetos hegemónicos (algo esperable, dado que parte de la situación de hegemonía es justamente tener el monopolio de la credibilidad y de su distribución). El problema sería que por el hecho de tener una cierta identidad se nos cree, y si no tenemos esa identidad no se nos cree. Entonces lo que hay que hacer, según estas perspectivas, es redistribuir la credibilidad para que llegue también, por ejemplo mediante redes de lo que llamamos “sororidad”, a otros sujetos: “elles no te creen, pero yo sí”. El problema al que intentan responder este tipo de iniciativas es real y gravísimo, pero personalmente no sé si la respuesta puede ser efectiva en el largo plazo.

La garantía de credibilidad por parte de les pares (“conmigo podés hablar porque te voy a creer”) puede servir para ofrecer contención (algo muy importante, como decía antes), y para contrarrestar en lo inmediato una historia de desautorización. ¿Pero es efectivo a la larga en tanto práctica epistémica? ¿vamos a volver a caer en una redistribución identitaria, donde el criterio de verdad es la identidad de la persona que habla? Me resulta preocupante no sólo porque parecería difícil de implementar en la práctica (entre dos mujeres, ¿a cuál le vamos a creer?), sino también porque la distribución de credibilidad también se ve afectada por otras condiciones de desigualdad estructural, que exceden en mucho al género. ¿Podemos pensar que no nos van a afectar los sesgos de raza, clase, religión, diversidad funcional, neurodiversidad, etc. que atraviesan todas nuestras prácticas sociales? ¿Y qué pasa con las personas que no son cis? ¿Cómo resolvemos la distribución de credibilidad en esos casos donde la autoridad epistémica se distribuye de maneras a las que no podemos dar sentido desde una perspectiva cis?"

-Por último, ¿cómo debería ser el accionar de una política/justicia en clave feminista si queremos reparar las subjetividades dañadas de las víctimas?

-Como decía antes, esto depende de qué entendamos como feminista -quizás haya tantas definiciones como personas-. Si consideramos que el impulso básico que da sentido al feminismo es reapropiarse de la agencia por parte de las mujeres, pensar y actuar para revertir sus situaciones de opresión estructural, entonces una política o una justicia feminista deberían ocuparse de desarrollar mecanismos para que las mujeres que son víctimas o sobrevivientes puedan reapropiarse de su agencia.

"De hecho, en la capacitación que hicimos en la UNL surgió por parte de les referentes estudiantiles la necesidad de poner a las víctimas o sobrevivientes nuevamente en el centro de la escena. Pasar por una situación de violencia erosiona nuestra agencia y nuestra autopercepción en tanto sujetos (y no objetos); el sistema penal estatal reproduce y refuerza este deagenciamiento al hacerse cargo del proceso de juicio y castigo (algo que tiene sus razones, pero también sus problemas). Las intervenciones que diseñemos no pueden reproducir este problema: tenemos que respetar los tiempos y la voluntad de quien pasó por una situación de violencia, tener en cuenta las condiciones estructurales en las que se encuentra, y ayudarle a pensar juntes el camino más adecuado para su situación puntual. Y esto implica, entre otras cosas, dejar de lado ese “feministómetro” con el que a veces se mide cuán feminista es alguien de acuerdo a si denuncia, si no denuncia, si escracha, si sigue hablando con la persona acusada, etcétera.

De todos modos, me parece importante volver a destacar que si nuestro objetivo es la justicia social, y queremos desarrollar estrategias que nos acerquen a ella, entonces no podemos pensar sólo en el género, y mucho menos sólo en las mujeres. Las injusticias y la violencia operan de manera interseccional, y las estrategias que desarrollemos deben serlo también. Esto implica estar atentes a nuestra propia participación en los sistemas de opresión de los que nos beneficiamos (incluso siendo mujeres), y trabajar sobre un conjunto de perspectivas y estrategias que van más allá del feminismo pero son igualmente importantes. Entender, además, que si adoptamos al castigo como estrategia de intervención, estamos alimentando una cultura del castigo que nos excede y nos oprime a todes, entre otras cosas a través de los dispositivos de constitución y normalización del género."

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