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Democracia y género: ¿cuánto hemos avanzado realmente?

A raíz de las últimas luchas y conquistas de los movimientos de mujeres y LGTBI podríamos pensar que nos acercamos cada vez más a vivir en una sociedad verdaderamente inclusiva, concretamente igualitaria, con acceso para todos los géneros al Estado y a lo público. La politóloga e investigadora Emilia Perri se pregunta: ¿estamos ahí?

Mujeres por la paridad - Autora: Gabriela Carvalho

Intentar realizar un aporte en la discusión sobre democracia y género muchas veces, sino en todos los casos, se torna complejo y difícil; principalmente porque ambos conceptos han mutado a lo largo del desarrollo de las sociedades. Pero entonces ¿por dónde comenzamos?

Cuando desde la ciencia política queremos abordar el concepto de Democracia, nos vemos obligados a remontarnos a Grecia y definir con ello Democracia y la noción de igualdad entre los ciudadanos. Un primer atisbo sería decir que etimológicamente Democracia significa el gobierno del pueblo (y otra vez mi cabeza diciendo ¿qué pueblo?).

Para Aristóteles la vida buena solo era posible en la polis (en el ámbito público), y ello era requisito para el desarrollo de la persona. No obstante, esta igualdad era entendida en términos masculinos. En la Antigüedad el pueblo eran los varones mayores, las mujeres eran consideradas seres inferiores que debían replegarse en el hogar, en lo privado.

Luego llegarán las nociones vinculadas a la Democracia Liberal. Aquí los ciudadanos serán entendidos como libres e iguales en función de sus derechos naturales; estos ciudadanos también serán varones propietarios. En esta tradición la mujer tenía un lugar natural que era el mundo de lo privado, un lugar libre del Estado, no político, no público. Dentro de esta tradición encontraremos una voz en disidencia, la de John Stuart Mill quien creía que las mujeres adultas mayores debían tener derecho a ser consideradas individuos libres e iguales.

¿Y después? Durante el Republicanismo, la ciudadanía será entendida igual que en Atenas: sólo para un grupo exclusivo de varones y la participación política en la esfera pública será una condición para la libertad.  En términos de la inclusión de la mujer aparecerán los escritos de Mary Wollstonecraft, quien considerará que los intereses de las mujeres y los niños no podían reducirse al tratamiento que dieran de ellos los ciudadanos varones.

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La mentira de la Revolución Francesa

Y he aquí una de las primeras mentiras respecto de la conquista de derechos en términos de igualdad: la Revolución Francesa. Ahí podemos establecer las bases de un orden político androcéntrico que sería predominante en los siglos por venir. La participación de las mujeres en las revoluciones del siglo XVIII marcará el inicio de la invasión femenina en el espacio político público.

Con la Revolución Francesa aparecieron voces pregonando por los derechos de las mujeres. En el año 1791 se escribe el manifiesto titulado “Declaración de los derechos de la Mujer y la Ciudadana”, en donde Olympe de Gouges establecía la existencia de situaciones desventajosas para las mujeres en comparación con los hombres; basándose para ello en el texto de Condorcet del año anterior: “Sobre la admisión de las mujeres en la ciudadanía”. A esta le siguen ejemplos como los de Mary Wollstonecraft (quien en 1792 escribe “Reivindicación de los derechos de las mujeres” basada principalmente en las ideas esbozadas por la Ilustración y la Revolución Francesa) u Oliva Blanco.

La historiadora feminista Dora Barrancos  dirá que la historia de la participación política de las mujeres será de una falta de diferenciación entre las esferas públicas y domésticas durante el siglo XIX. Más allá de esto, la subordinación femenina se sustentaba en la creencia de la inferioridad intelectual, física y moral de las mujeres. El Estado se sustentó sobre la familia y en ese acto las mujeres tenían el rol de “garantizaran la reproducción biológica de la Nación”.

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Surgimiento del feminismo

De esta forma, a mediados del siglo XIX comienzan a darse en las principales capitales del mundo occidental, la aparición de movimientos feministas y sufragistas que exigían igualdad de condiciones entre hombres y mujeres, desde la misma educación hasta el voto en las elecciones. Estos reclamos no sólo se basaron en las ideas de la Revolución Francesa, sino también en los argumentos sociales que brindaba el protestantismo. Por ejemplo, en 1848 se establece en la Convención de Séneca Falls (EEUU) la primera organización feminista.

Quien esboza de manera muy clara estás luchas a lo largo de la historia será Simone de Beauvoir . En su libro “El segundo sexo” expresa cómo en diferentes países de Occidente el movimiento feminista sufre una escalada de radicalización al no conseguir durante años el voto femenino. Desde las filas opuestas se apela al rol familiar y maternal de la mujer, como argumento para alejarla de las urnas. Otras voces expresaban que no estaban preparadas para ejercer este derecho, ya que eran menos inteligentes que los varones y que su educación política no estaba acabada.

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Entonces, ¿qué es la democracia?

Este breve recorrido permitirá sostener que la concepción de igualdad ateniense primará en el ideal democrático, aún en el surgimiento del Estado nacional moderno. La posibilidad de definir qué es Democracia generó diferentes miradas. Consuetudinariamente se entiende por Democracia aquel sistema en donde existe una competencia significativa para puestos de gobierno entre ciudadanos y grupos organizados, con un alto indicie de participación política y sustentada en libertades civiles y políticas que aseguren la integridad de dicha participación. Estas tipologías se enfocan en las instituciones de gobiernos o en las características de la participación, pero no ahondan en la vinculación entre Democracia y Ciudadanía (y menos que menos en el género), cuestión fundamental para pensar la igualdad y la representación.

En esta cuestión nos parece necesario recuperar la visión de David Held. Este autor considera que la Democracia implica una comunidad política donde debe existir alguna forma de igualdad política entre las personas. Otra definición interesante será la brindada por Talcott Parsons, quién consideraba (pensando en que la ciudadanía plena se detentaba cuando el ser integrante de una subcomunidad no impide tener todos los derechos que la comunidad otorga. Según Line Bareiro esta definición permite pensar que aún al no ejercer el derecho, el ciudadano tiene la posibilidad de hacerlo si lo desea. Esta última autora traslada esta concepción al cuestionar la participación política de mujeres, pensando que es necesario establecer mecanismos tendientes a la paridad como idea de Democracia.

La paridad

Y es aquí donde en los últimos años se ha dado una nueva definición en torno a Democracia y a cómo participan mujeres y varones. Surge el término Democracia Paritaria. Este concepto nace en Europa, donde se plantea la incorporación de la visión femenina al quehacer estatal. Esta idea fue desarrollándose a lo largo del tiempo, procurándose que no aludiera sólo a la igualdad de acceso a los cargos electivos, sino también a las designaciones e incluso al requisito de que debían considerarse los intereses y propuestas de las mujeres en la formulación de políticas públicas

Sumando a este concepto Marcela Lagarde establece lo que para ella es una Democracia Genérica. Este concepto amplía la concepción de democracia ya que no solo se centra en la cuestión de la representatividad sino también en el objetivo de modificar las prácticas culturales que interpelan a la mujer como sujeto oprimido. Acompañando esta idea, es necesario al pensar la Democracia, también pensar a los sujetos que se definen como ciudadanos en ella. En este sentido, el investigador Luciano Andrenacci establece que la ciudadanía jurídica nunca desactivó totalmente dos registros fuertes de desigualdad, la de género y la étnico-cultural.

Este dualismo con el que conviven las mujeres ciudadanas ha sido expresado por Carole Pateman y su Contrato Sexual (1988), en él se muestra cómo existe una versión hegemónica del Contrato Social que depende de un sustrato de género. A partir de ello Estela Serret, doctora en Filosofía Política, establece que la política democrática en la modernidad ha sido conformada estructuralmente androcrática. La filósofa Chantal Mouffe, 20 años antes, suma a este debate expresando que la ciudadanía formal ha sido ganada dentro de una estructura de poder patriarcal, en la que las tareas y las cualidades asignadas a la mujer siguen estando devaluadas y/o construidas desde la subordinación. La ciudadanía fue construida en términos del varón, y la mujer se sumó a ella a partir de las estructuras ya formadas en donde se la entendía como un sujeto de menor rango y abocado a lo privado.

Preguntas finales

Esta breve reflexión teórica respecto de cómo abordó la ciencia política, clásica y moderna, la cuestión de la Democracia nos permite repensar las maneras en que identificamos el género en los modelos democráticos.

Se observa que la literatura politológica y la manera en que se aborda la cuestión del acceso a la representación profundiza una mirada binaria respecto del género. Las representaciones binarias dentro de la construcción del conocimiento científico han sido abordadas desde otros campos disciplinarios, como ser la historia, la sociología y la antropología (en autores como Badinter, Burin y Meler, Fabri, Olavarría). Pero no se observa dicha discusión en la ciencia política.

En este sentido, es necesario seguir cuestionando la manera de pensar la diversidad de género en cuanto a la representación política. Repensar la manera en que las leyes expresan esa supuesta igualdad de participación y cómo ello se traduce en la práctica política.

Y ante ello nos dejó algunas incógnitas que mi cabeza todavía tiene. En Santa Fe ¿cómo consiguieron acceder a lo público las mujeres? ¿Fue de la mano de los varones? ¿Cuál es la Democracia que tuvimos y tenemos? ¿Y cómo ello se traduce en ciudadanos? ¿El género diferencia una ciudadanía de primera y una de segunda?

Autora: María Emilia Perri (Colaboradora) - Licenciada en Ciencia Política. 
Docente investigadora IHUCSO Litoral. Becaria doctoral Conicet

Edición: Magdalena Artigues

Fotografía de portada: Gabriela Carvalho.