DestacadasViscerales

Yo siempre fui una chica Almodóvar

En la película Todo sobre mi madre, el personaje de la Agrado hace un monólogo que habla de lo más profundo del ser humano y el resumen es un mensaje claro e impactante: “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

Fuente: Captura de la película Todo sobre mi madre

Siempre quise ser una chica Almodóvar, “como la Maura, como Victoria Abril” (canta Joaquín Sabina) y así un poco es mi vida y me encanta, con colores chillones, con amores poco convencionales, sórdidos, intensos, incomprensibles y calahuesos, nunca aburrida, nunca quietita. A veces, una mujer al borde de un ataque de nervios.

En una de las escenas más recordadas de la película Todo sobre mi madre de mi amado Pedro, la legendaria Agrado, la travesti interpretada por Antonia San Juan, hace un monólogo frente a un público que esperaba a Uma Rojo (Marisa Paredes) interpretando a Blanche Dubois en un “Tranvía llamado deseo”. Uma tuvo problemas con su amante y la querida Agrado salió al toro y prometió a los espectadores “que no tengan nada mejor que hacer”, entretenerlos contando la historia de su vida. Algunos escandalizados se pararon, pero los más se quedaron. Se trata de uno de los "momentos almodovarianos” que se volvió algo así como una insignia para quienes somos fans de “Don Pedro”. Esa travesti que ejercía la prostitución, con cicatrices de palizas causadas por clientes cuenta, entre otras cosas, todas las operaciones que se hizo para llegar a ser la mujer que ve hoy en espejo y que le gusta, que reconoce como su verdadero ser. Esas profundas (y graciosas por la forma de contarlas) palabras de la Agrado culminan en una frase que a mí, y creo que a muchos, marcó para siempre: “Cuesta mucho ser auténtica, señora, y en estas cosas no hay que ser rácana, porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

En todas y cada una de las películas del cineasta español es imposible desconocer los vínculos infranqueables entre sus mujeres protagonistas, que se salvan de situaciones cotidianas o extraordinarias, de las menos pensadas por un común civil, o sí, por qué no. Esas relaciones sororas que se construyeron aun antes de que la palabra exista y que la transformemos en parte de nuestro lenguaje; esos lazos, esas redes salvadoras que muestra una cinta de cine pero que trascienden a lo real. Al menos a mi realidad.

Leer también »  30, la década planificada y el vivir para pagar cuentas

A lo largo de los últimos años vengo peleando contra mí misma, por desterrar esas cosas que no me suman, que me hacen daño. Esas cosas a las que siempre es más fácil responsabilizar a un otre y no hacerse cargo de una misma, de nuestras decisiones, pues, porque aun cuando no decidimos lo estamos haciendo. Sí, la terapia me ayudó bastante y, luego de años de secarle la bocha a mi psico, me di cuenta que cuando muevo El Deseo (como la productora de Almodóvar), se mueve la rueda. Pero ese deseo, ese movimiento salvador, no ocurrió por arte de magia, también tuve a mis Manuelas, a mis Umas, a las Julieta que buscan desesperadamente a su hija hasta que la dejan partir para luego ir en su encuentro; también tuve a mis Raimundas, aunque no escondieron en ningún freezer el cadáver de un marido abusador. Esas mujeres que habitan la cotidianeidad y el excentricismo, las calles y el encierro, la soledad más profunda y la compañía más sincera.

En retrospectiva, todas esas mujeres que me habitaron en algún momento de la vida, que aún me acompañan o que ya se fueron, me enseñaron a caminar, a moverme, y cuando dejo de quedarme quieta las cosas se transforman. Me transformo. Me hicieron aprender que cuando dejo de forzar situaciones dolorosas, me libero, me abro, me descargo de la caca y empiezo a fluir. Que aprender a dejar partir determinados vínculos también es sano y que protegerse, dejar la sombra y salir a la luz, dejar de ser oruga para volverse mariposa, no es ser egoísta. Parece una frase bastante pedorra, pero aprender a quererse es parte de todo inicio. Y la yuta madre, ¡cómo cuesta! Cuesta dejar ir, cuesta dejarse ir, dejar ir las conductas adictivas que no tienen que ver con la “farlopa” si no con lastimarnos, como una suerte de masoquismo, que no es sado, no provoca placer; genera heridas que van haciendo surcos y se vuelven difíciles de cicatrizar.

Afortunadamente, la pandemia que para el 99% de los seres humanos nos resultó una mierda, vino a removernos estructuras, a fortalecer estos vínculos a los que llamo almodovarianos, a derrumbar otros, a rearmarnos, a repensarnos y a vernos desde otro lado. Si este virus del OGT nos hace pomada a todos, ¿realmente queremos seguir viviendo una vida que nos hace daño? Yo no. No quiero tener tres laburos para vivir con culpa por darme un puto gustito (el gustito del trabajador cuasi lumpen, que después frunce el culo y se siente mal por haberse comprado una remera, o haber ido a tomar una birra artesanal al lugar de “onda”…bueno, no es mi caso pues odio esos lugares). Entonces, me pienso, me pienso y veo y veo eso que no quiero. No trabajo para no disfrutar, no quiero ahorrar más que para viajar, soy bastante crota, clase media baja laburadora, precarizada en todos mis empleos cuasi formales. Y qué, ¿encima voy a vivir el disfrute con culpa? Pues no, después de mucho transitar el dolor en todas sus formas, de desarmarme, de romperme y pegarme a pedacitos siento, en plena pandemia, cuando el mundo es una mierda y no nos hizo mejores, que quererse a uno mismo y valorarse es un verdadero acto de valentía en medio de tanto caos. Pero sola, lo que se dice sola, no se logra nunca. Siempre están esos brazos, esos lazos, esas redes de afectos.

Leer también »  El amor en los tiempos del coronavirus

No es un mensaje esperanzador para la humanidad pero para mí haber pasado por todos los estados en estos meses desde fines de marzo (depresión, locura, tristeza, excesos, la sensación de “la apocalipsis” cual Violeta Lo Re, patear el tablero de una relación histórica, que se reinvente, que hagamos nuevos pactos, que aprendamos a amarnos de otra forma sinceramente) y haberlos superado desde lo personal pero también desde la construcción colectiva, desde la palabra sanadora, la mirada compasiva y el abrazo sororo me resulta algo esperanzador.

No, no soy un libro de autoayuda de Bucay ni de Osho. Simplemente hablo desde mi experiencia, de sentir que aun en un mar de mierda, cuando te rompés a pedazos, al igual que el mundo, siempre hay un motivo y siempre hay manos afectuosas que te ayudan a rearmarte e, incluso, a mejorar tu propia versión.

No quiero hablar de luz al final del túnel cual Víctor Sueiro (que en paz descanse), simplemente creo, siento, que después de muchas palizas -como esas que sufrió la Agrado-, siempre podemos recauchutarnos. Y yo, dejé el hogar que me cobijó durante 12 años, y me ató en muchos sentidos, con mucho miedo e incertidumbre, porque cuando dejás un lugar seguro, te obligás a cambiar. Ese cambio da pavor pero es hermoso también.

Esta pandemia del OGT me vino a enseñar que el hogar soy soy misma y quienes me acompañan, como gritamos en la cancha, “en las buenas, en las malas, en las de siempre, nunca van a abandonar”, y que no hay por qué temer, no estamos solas. El hogar soy yo y mi entereza, mis miedos, mis ganas, mis esperanzas, mi perro Ciro, mis seres queridos, mis compañeros de militancia, de proyectos. Uf, ya parezco Claudio María Domínguez así que la corto. Cierro diciendo que durante mucho tiempo, desde chica, soñé con ser la persona en la que me estoy convirtiendo, el feminismo vino a darme tantas herramientas que nunca esperé tener cuando apenas empezaba a caminar sola, y en palabras de mi querida Agrado: “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.