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30, la década planificada y el vivir para pagar cuentas

¿Hay mandatos preestablecidos para ciertas edades? ¿Hay margen de error para una vida armada? El esquema se puede derrumbar y hay que volver a empezar aunque ya no desde cero.

Autora: Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0

Faltan algo menos de 20 días para que cumpla 33 y este número (que no impone el festejo de los redondos terminados en cero), significa un torbellino de cosas en mi cabeza. Y en mi cuerpo también.

Siempre imaginé que a esta edad tenía que estar todo proyectado, planificado. Ese esquema que muchas armamos o nos arman en la cabeza debía estar cumplido, o al menos, encaminado.

El trabajo seguro, la pareja elegida, el casamiento, la casa, el auto y por qué no, esa famosa frase de “agrandar” la familia. Ese es el concepto que repetía o me repetían.

Parecía que todo eso se estaba cumpliendo. Crucé los 30 con algunas de las metas logradas. Reproducía esta figura que de la boca para afuera tanto criticaba. Y de golpe, la estructura se derrumbó y un abismo apareció por delante.

El concepto de juventud quedó lejos. Había olvidado lo que significaba la pasión, las responsabilidades se acumulaban y el sinsentido lo predominaba todo. Sentía que se habían amontonado años en este cuerpo y en la mente (y en las arrugas al lado de los ojos, también). El resto de las cosas flojas no las podía atribuir a esto sino a la sencilla alergia de ir al gimnasio. Bueno, además del fanatismo por el helado y otros sabores.

Todo se había terminado y quedaba esa rutina que la rueda de mi hámster interior repetía. La relación duradera había llegado a su fin. Lo planificado quedó en un simple croquis de casa en una A4. Quedaba un trabajo vacío, falto de pasión, de encanto, de factor sorpresa. Y encima, esa repisa pre-fabricada que sostenía el resto de las cosas, se había caído por completo y todo ahora, estaba por el piso.

Una piba esta semana me dijo, parafraseando a un presidente uruguayo, no se puede vivir para pagar cuentas. Y sí, vivía para repetir esquemas y pagar cuentas.

¿Qué hacer a los 33, entonces? Ese número tan significativo. Esa edad que te recuerdan y remarcan cuando hay formación católica de por medio. Ahora no hay planes, no hay fórmulas. Ya no existen plazos fijos sentimentales a la espera de algún interés emocional. El auto se transformó en bici, y agrandar la familia fue abrir los ojos y descubrir brazos sororos por todas partes. Algunos abrazos siempre estuvieron, otros llegaron cuando más los necesitaba.

Se siente la brisa de los 40 más que el aire fresco de los 20, pero no importa. Ahora sé que es tiempo de encontrar grises, de seguir aprendiendo. Que hay lazos que se rompen y otros tantos que se trazan o sostienen. Sé que la pasión está ahí, tal vez, en una mirada. No sé si se transmite o contagia, pero se puede volver a encender en algunos o todos los aspectos de la vida.

Ahora sé que hay un mundo enorme por recorrer o lugares a los que volver. Hay gente hermosa por conocer, sabores por probar, olores por descubrir y paisajes por mirar. Hay miedos por superar y paracaídas para usar en cualquier momento.

Todo lento, todo a paso lento.

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