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El juego del lobo

Lucila De Ponti, politóloga, militante feminista y actual diputada provincial reflexiona sobre la serie chilena “La Jauría”, escrita y codirigida por la argentina Lucía Puenzo.

Imagen promocional de la serie "La Jauría". Autora: amazon.com

Como a muchas de mi generación, y de otras también, me gusta ver series, y en las últimas semanas mi atención se la llevó la serie chilena bautizada “La Jauría”, que escribió y codirigió la argentina Lucía Puenzo. Su trama es fuertemente contemporánea y el relato esta situado en esta época de cuestionamiento y transformación del paradigma patriarcal, en el trazo grueso de la serie las heroínas son las feministas sumadas un grupo de mujeres policías, y sus oponentes los varones que reproducen las desigualdades y violencias de género. Esta nota no pretende en absoluto inscribirse en el terreno de la crítica artística, simplemente partir del lugar de espectadora para expresar una reflexión.

En “La Jauría” el villano principal es el Lobo, una suerte de hacker o experto en tecnologías informáticas que desarrolla un juego en la deep web cuyo objetivo es captar la participación de varones que puedan ejecutar una suerte de venganza contra las mujeres para devolverlas “al lugar del que nunca debieron salir”. Quienes juegan son varones “comunes y corrientes”, digamos tu amigo, tu hijo, tu novio, tu papá, tu hermano, tu profesor, etc. Y las mujeres elegidas como presas también, cualquiera de nosotras. Hasta el final no se sabe quién es el Lobo, aunque se sospecha que también es alguien cercano, y no diré más sobre el desenlace de la serie, para no spoilear tanto.

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En todos los ámbitos

Lo primero que pensé al verla fue que representar a la cultura machista o a la violencia femicida como un juego macabro que transcurre en esa Internet oculta (a la cual no podemos acceder fácilmente) implicaba poner al patriarcado en un orden de lo fantasioso, en el plano de la ciencia ficción y sacarlo del escenario de la realidad cotidiana. Sin embargo en la medida en que la historia avanza, este recurso elegido permite también ubicar a las prácticas machistas en todos los ámbitos que forman parte de nuestro entorno, en nuestra casa, en la familia, en las escuelas, en el trabajo, en nuestras relaciones, en las comunicaciones, en el deporte, en lo lúdico. Y como dije, más allá de lo que pueda o no pueda decir esta serie, lo que se reafirma es que el machismo atraviesa nuestras vidas de punta a punta. Desde lo banal hasta lo trágico, el patriarcado está ahí habitando a nuestro lado el mismo suelo bajo el mismo techo. En la ficción como en la realidad, la violencia y la crueldad que se expresan sobre los cuerpos desechados de las mujeres asesinadas son la manifestación de ese paradigma de la dominación masculina y de, como enseña Rita Segato, la “dueñidad” de los varones, que busca ser ejemplificadora y condicionante para el conjunto de la sociedad. Una violencia y una crueldad que le dicen a los varones lo que deben hacer, y a las mujeres lo que no deben hacer y ser. Un paradigma reaccionario que no se deja morir mientras la igualdad intenta nacer.

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Aunque terminar con eso no sea tan simple como destruir un juego de internet y escribir esto me parezca hasta ridículo frente a tanta conciencia ganada, la enorme cantidad de manifestaciones violentas y femicidios cometidos con la mayor crueldad en las últimas semanas nos muestran que esa violencia sigue entre nosotros.

Esta cuarentena nos devolvió al espacio doméstico como escenario privilegiado de nuestro tiempo. Quizás una tarea inmediata sea recuperarlo como espacio de politicidad desde el cual construir la autonomía y la igualdad que puedan ser el germen de eso nuevo que no termina de nacer.

Autora: Lucila De Ponti, licenciada en Ciencia Política y 
diputada provincial por el Movimiento Evita.
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