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El enemigo invisible

La antropóloga María José Rivas reflexiona sobre los significantes que despierta la pandemia, los recuerdos de crisis pasadas y los posibles escenarios de un futuro cada vez más cercano.

Autora: Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0

Ayer pregunté en mi grupo de amigas de WhatsApp cómo estaban y dónde estaban pasando la cuarentena. Me sorprendió una cosa de sus respuestas: todas me hablaron de sus fantasías con el fin del mundo. Hablo en femenino porque todas las amigas que tengo se autoperciben como mujeres; amigos hombres tengo pocos y no les pregunté.

¿Por qué tenemos ese eros con las catástrofes? Yo tengo que confesar que tengo miedo pero también estoy sintiendo una fuerte atracción por esta latencia de crisis epidemiológica. Me imagino poco a poco cómo nos vamos desesperando en nuestras casas, cómo empieza a aflorar la violencia y el desabastecimiento, cómo algunos grupos se refugian en el campo y otros pregonan una suerte de revuelta social que mezcla todos los discursos posmodernos, incluso el represivo. También me culpo por pensar esto y sentir placer. Me recrimino estar en este lugar de confianza con mi entorno que me habilita a tener un miedo sádico y sentir morbo. Seguramente si estaría en un hospital entubada mi percepción sería diferente. Pero quiero ser sincera, no quiero ser ética ni ideológica.

No es por exceptuarme de la culpa, pero creo que es una cuestión generacional. En parte, seguro lo es, ni yo ni mis amigas salimos de un repollo. Recuerdo claramente cuando estaba por cambiar el siglo, que se hablaba sobre el fin del mundo. También recuerdo algo (aunque mucho después) del 2012 y del calendario Maya. Aunque también recuerdo crisis reales y no fantaseadas como los saqueos en Argentina y la policía en las calles. Me acuerdo de ir a Buenos Aires de pequeña y ver a gente atada en los postes de luz diciendo que hacían huelga de hambre. Ser niña en el momento en que se cambiaba el siglo asustaba mucho. En la televisión amarillista (que es la única que existe) aparecía gente encapuchada y se hablaba de ejércitos latinoamericanos revolucionarios. Después pasó lo de las torres gemelas y empezaron a aparecer en mi imaginario apocalíptico personas de otros territorios, empecé a asociar los turbantes con las bombas y a las religiones no católicas con los fundamentalismos islámicos.

Una amiga me manda un audio y me dice: "Yo siempre he soñado con el apocalipsis, y pensaba que íbamos a estar todos juntos en un mismo lugar y ahora me doy cuenta que es imposible y que bueno, es lo que cada uno va viviendo y cómo lo va viviendo".

Me pongo a pensar en esa idea más realistas de todos los fines del mundo que ya vivimos, en donde compaginábamos catástrofe con trabajo, separaciones, rutina, noviazgos, idas y venidas e incluso proyectos a futuro. En las películas siempre el tema es el fin de todo, entonces la gente deja de hacer las cosas que hace a diario y ni siquiera se lo plantean, simplemente empiezan a huir, a trasladarse de un lugar a otro y tratar de reunirse con familia y esas cosas.

Pero en verdad, la realidad de los fines de los mundos es compaginar trabajo y rutina con el descenso paulatino de las estructuras que hasta hoy parecían nuestro mundo cotidiano. Soles cada une desde su casa, con las computadoras, tratando de ver si conseguimos un trabajo online, reuniones virtuales o intentado pagar cuentas a distancia. El objetivo no es escapar, ni tampoco reunirnos con nuestras familias para estar felices.

Muches pueden decirme, con razón, que este no es el fin del mundo. Claro que no, claro que es una forma retórica de reflexión. Pero están apareciendo ciertos indicios que hacen dudar al menos de la estabilidad de este año.

El presidente en su discurso, dijo algo que ya muches venían repitiendo desde hace varios años: “Luchamos contra un enemigo invisible”. La idea de la invisibilidad es muy interesante. En el 89´con el triunfo final de Estados Unidos como modelo económico, político, cultural y social (sobre todo en Latinoamérica), se empieza a hablar del fin de las dictaduras. Se criminaliza y se pone como enemigos a cualquier lógica autoritaria visible. El comunismo que restringía la libertad de las personas terminó, los muros se tiran, la era global emerge. Entonces, pasa lo obvio, surgen los autoritarismos invisibles, los fascismos que nadie ve.

¿Por qué nadie los ve? Porque es la “mano invisible del mercado” la que los crea. Los muros y las paredes siguen estando tal cual, pero no los construyen las guerras ni los ejércitos, sino las aparentes decisiones autónomas de cada una de las personas. Hoy, por ejemplo, los discursos para que nos cuidemos entre todes están dirigidos a la conciencia individual, cosa impensada hace décadas atrás y cosa impensada en otras sociedades como la de China. Antes, el enemigo nacional era claro: “luchamos contra la subversión”, ahora luchamos contra un virus y como en verdad los conflictos del siglo XX nunca se resolvieron, seguimos teniendo las misma imaginación política que décadas atrás, y llamamos al virus así: “enemigo invisible”. La pregunta entonces sería: ¿Se podría declarar un estado de sitio frente a lo invisible?

En España, lugar en donde viví hace relativamente poco y en donde me quedaron contactos y grupos que me permiten entrever algunas de las discusiones que se están planteando, independientemente de lo estrictamente mediático, las discusiones, preocupaciones y estrategias son bastante diferentes de las que podríamos llegar a generar nosotres en este contexto.

Allí, por más que a les argentines nos cueste mucho entender, los españoles tienen problemas serios relacionados a sus derechos sociales y hace muy poco, en el 2008, miles de personas quedaron en las calles por no poder pagar sus hipotecas con deudas millonarias en los bancos.

Por más que nos cueste entender que España tuvo una dictadura que duro 40 años y que fue una de las más violentas de la historia reciente, la cual dejó como resultado la coronación de su actual rey y la aparición del Partido Popular; por más que veamos a una Barcelona bella y cosmopolita y a una Madrid majestuosa y productiva, no podemos dejar de mencionar su desorbitada economía sumergida, su despótica Ley de Extranjería y sobre todo sus escasos niveles de derechos sociales adquiridos. Hoy si salís a la calle en España te ponen una multa de más de 500 euros, sin importar si tienes deudas o si te echaron del trabajo. Puedo decirlo porque viví ahí y fui víctima de su sistema tributario abusivo y de su control policial descontrolado: El coronavirus en España, hará resurgir las grietas de 2008 y las de su historia reciente que, al fin y al cabo, son las mismas.

Nosotres en Argentina, aunque siempre nos estamos cuidando del resurgimiento del Estado represivo, estamos habilitados a hacernos interrogantes diferentes. ¿Será esta crisis espantosa que nos espera, la posibilidad de la
irrupción de un neo estado de bienestar como en la década del '20? Me arriesgo con los conceptos, seguramente ya hay
teoría sobre estas nuevas formas de gobernar que desconozco.

Nuestro ejército tiene las órdenes de ceder su espacio para necesidades médicas y para trabajar en la producción de kits de salubridad para el coronavirus. También somos un país con mucha pobreza estructural, además de que venimos de cuatro años de despidos masivos y ajustes en la economía. Pero justamente por estas razones y por la particularidad de nuestra historia, en donde los movimientos de Derechos Humanos tienen mucho que ver, así como la irrupción del kirchnerismo y su revuelta cultural, económica, social y política desde 2003 a 2015, tenemos unos marcos de referencia que nos permiten creer en medidas sociales para salir de esta. Sería descabellado creer que nuestro gobierno utilizaría medidas de represión social y salvaría a los bancos y a las grandes empresas, porque no se puede, la gente empezaría a morir de hambre, empezaría un estallido social como el de Chile.

Este desastre que estamos viviendo (que no es solo coronavirus) podría reabrir grandes interrogantes sobre la matriz productiva de nuestra economía agro exportadora, así como también podría generar un consenso social
mucho mayor al de años anteriores para que el Estado intervenga directamente en los formadores de precios y en los grandes monopolios.

Un ejemplo concreto: hace cinco días que quiero comprar un bolsón de verduras agroecológicas  a productores de la zona. Imposible, están desbordados. En estos años vamos a ser partícipes de una renovada desconfianza hacia el mercado global, resurgirán los productores locales, renovados, con discursos ecológicos. El paradigma de derechos humanos pegará el salto del estudio de las dictaduras recientes a los genocidios del extractivismo trasnacional. Nos debemos entre todes estar atentos a estas tendencias.

Colaboración de María José Rivas - Antropóloga

 

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