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Kurdistán: la revolución de las mujeres

La reportera gráfica Virginia Benedetto estuvo recientemente en la Legislatura Provincial, invitada por la Cámara de Diputados, para exponer su muestra fotográfica. Periódicas pudo charlar con ella sobre su experiencia en Kurdistán y los vínculos de amistad que pudo establecer allí.

Foto: Virginia Benedetto

Luego de tres años de planificación, la fotógrafa rosarina Virginia Benedetto voló en busca de cumplir un sueño: conocer el rostro de una revolución. Fue así que viajó a Kurdistán, una de las zonas más calientes del mundo, situada en Asia Occidental, repartida principalmente entre los estados soberanos de Siria, Irak, Turquía e Irán. Allí se encontró con una nueva forma de llevar adelante una revolución.

Lo que nuestra entrevistada no llegó a imaginarse, fue que esa revolución estaba en manos de las mujeres, quienes se organizaron para luchar por la paz  y para defender su derecho a la identidad

Con armas de autodefensa, formación sobre solidaridad, ecología, bases de la autonomía y el confederalismo democrático, el milenario pueblo recupera su historia y territorios. Ellas construyen un proceso revolucionario que no puede ser frenado ni por genocidios ni por la persecución desatada sobre la población de la rebelde región montañosa de Kurdistán.

La historia de un pueblo en conflicto permanente

El territorio kurdo fue dividido en 1639 entre los imperios Otomano y Persa. Años después, en 1923, tras acuerdos entre Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Turquía, se repartió ese espacio entre Turquía, Irán, Siria e Irak.

En esas tierras, entre los ríos Éufrates y Tigris, se produjeron cerca de 28 revueltas de los kurdos, que en su resistencia han construido un proceso revolucionario. Esa historia de lucha llega a 1978, cuando Öcalán arma el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). La opresión turca implicaba la prohibición de hablar lengua kurda, prácticas religiosas, símbolos, colores y canciones.

"Este es el siglo de la revolución de las mujeres y Kurdistán me lo confirmó”

“Sabía que existía un proceso revolucionario en Kurdistán y que las mujeres estaban teniendo un papel fundamental. Sentí que era el momento para ver con mis propios ojos cómo se vivía una revolución de cerca”, comienza a relatar Virginia. “Este es el siglo de la revolución de las mujeres y Kurdistán me lo confirmó”.

La reportera gráfica sabía a ciencia cierta que su decisión despertaría sentimientos encontrados en ella y en sus allegados. Viajar a un sitio que vive en constante bombardeo, no era una decisión fácil. Pasar de la alegría a la preocupación era una variable constante. “No escuché mucho cuando hice pública mi decisión, pero recibí mucho apoyo. No había mucho que pensar porque el deseo era más grande”, expresa Benedetto.

Las mujeres kurdas ponen en jaque el sistema capitalista y le plantan una revolución al patriarcado ancestral. Su trabajo cooperativo en la comunidad kurda molesta al poder económico y político.

Virginia le cuenta a Periódicas su llegada a tierras turcas y la convivencia en la comunidad kurda. “Lo que más me movilizó fue poder conocer una revolución de un pueblo que es partícipe de su propia transformación social. No fue por las mujeres, eso vino como algo colateral… pero era por el lugar necesario de la mujer. Ellas eligieron vivir un modo de vida alternativo y diferente. Pero el régimen turco no deja vivir al pueblo kurdo de acuerdo a su idioma, cultura, vivencias y eso los pone en peligro constante. El pueblo kurdo es preexistente al pueblo turco”, explica Virginia. “Su cultura es completamente negada. El problema es que los kurdos son la vanguardia, por su régimen de confederalismo democrático. Si todos los pueblos siguen su ejemplo, es un verdadero problema para el pueblo turco”, aseveró la fotógrafa.

Foto: Virginia Benedetto

Reconocimiento del derecho cultural

Virginia Benedetto relata que en la comunidad kurda todo funciona mirando un proyecto colectivo que además no significa la destrucción del Estado, sino que por el contrario busca unificar fuerzas para lograr vivir en paz.  "Lejos se encuentran las intenciones del pueblo kurdo de destruir al Estado turco. Simplemente quieren que se reconozcan sus derechos kurdos. En Turquía saludas en kurdo y vas preso. Tienen 260 presos políticos. En una estación de guerra las personas caminan miles de kilómetros, si es que llegan con vida”, cuenta Virginia. "Entre vecinos se organizaron, algunos refugiados caminaron kilómetros hasta pisar suelo kurdo".

Shimba se encuentra en el desierto sirio.  Actualmente el campo de refugiados cuenta con hospitales y cinco escuelas. Los mismos fueron levantados por mujeres de la resistencia. “Nos unimos porque somos más fuertes”, le expresaban las mujeres kurdas a Virginia. Allí edificaron  escuelas y centros de salud con sus propias manos. Mujeres organizadas y con historias de vida sumamente fuertes. "La capacidad de renacer desde el dolor, pero gracias a lo colectivo. Hay un proyecto colectivo, un proyecto de paz. El régimen de confederalismo democrático lo que propone es un acuerdo para la paz. No piden más que eso. A diario esas mujeres le hacen frente al Isis, el terrorismo más perverso que existe. En esos lugares no podría haber sido derrocado sin el movimiento kurdo. Miles y miles de muertos, no se puede dimensionar", relata Benedetto.

“El confederalismo propone cuatro líneas fundamentales: el protagonismo de las mujeres, autodefensa, ecología y convivir entre culturas. La convivencia y el respeto entre culturas es fundamental. Volver a sus raíces y conservarlas a través de la educación. Pelean por el derecho a la identidad”, explica a Periódicas la fotógrafa.

Amigas para siempre

Virginia relata cómo vivió el comienzo de su viaje. Admite emocionada que el miedo y la incertidumbre se hicieron presentes apenas llegó a suelo turco. Reconoce también que la serenidad que le transmitieron las mujeres allí le hizo sentir que la lucha era de todas: "Llegué y me recibió una traductora internacionalista y una mujer kurda que hace 20 años está allí: 'Yo estoy dispuesta a morir por vos', me dijo con  una convicción inexplicable una de ellas". 

Con los ojos llenos de lágrimas y con la voz entre cortada, Virginia hace una pausa en su relato e intenta poner en palabras lo que aquella declaración le provocó. Declaración que provino de una mujer desconocida hasta entonces.  "Fue muy fuerte que alguien que no te conoce te diga que está dispuesta a dar su vida por vos. Con el tiempo lo comprendí: yo estaba dispuesta a morir por ellas también”, agrega.

Virginia expresa tal emoción cada vez que comparte anécdotas sobre su viaje que, en más de una ocasión se le ha cuestionado el por qué de su regreso a Argentina. “Volví porque mi tarea es difundir, es aportar desde la fotografía, acá están mis afectos y mi vida. Uno comprende que la empatía pasa por otro lado, compartir lo que ellas me enseñaron es lo que intento transmitir. Eso es lo que siempre planteo, uno puede sentir empatía por otros sin tener que vivir como otros lo hacen. Eso tiene que ver con ser humano primeramente. Mi vida cambio por completo desde ese viaje, antes me hacía problema por cualquier cosa y a veces cuando vuelvo a caer en la queja por infinidades, vuelvo enseguida a mi experiencia a Kurdistán. Respiro y vuelvo siempre a lo que importa: valorar la simpleza de abrir una canilla y tener agua, por ejemplo", reflexiona.

Para la fotógrafa el papel para comunicar desde donde nos encontremos es fundamental. "Yo  viajé porque lo deseaba y mi deseo es comunicar desde el fotoperiodismo. La fotografía no es un espejo de la realidad. Es un discurso. Y hay que tener en cuenta eso a la hora de fotografiar y a la hora de mirar fotografías. Es una herramienta de lucha, que puede visibilizar lo que está invisible", asevera.

El valor de un pañuelo

Virginia relata cómo fue el momento en el que una madre yazidí le regaló su pañuelo. "Lo tomó con sus dos manos y me lo entregó. Fue muy emocionante. Es como que una madre de Plaza de Mayo te regale el suyo, es lo que representa”, vuelve a emocionarse y  explica sobre la importancia de la confianza y  de los vínculos que se forjan en lugares como en Kurdistán, en medio de la montaña, junto a mujeres que lo han perdido todo y sin embargo están allí para otras.

"La lucha diaria es la fortaleza del pueblo, es lo que lo mantiene vivo. Verlas tan empoderadas dispuestas a enfrentar hasta la muerte me dejó sin palabras. Mujeres que vieron morir hijos y esposos en sus brazos, mujeres que decidieron tomar las armas para defender a su pueblo. Por un momento allí sentí ver a nuestros 30 mil desaparecidos. Las kurdas me transformaron la vida, aprendí la profundidad de la palabra sororidad. La posibilidad real de que eso existe y que es posible. Esas mujeres nos están enseñando que más temor hay que tener de no vivir. Me demostraron que no podes ir caminando como si nada sin que la vida te pase por al lado y te traspase. Vivir sin que nada te pase o te atraviese, no es vivir”, manifiesta con nostalgia Benedetto.

La mujer de los vestidos

“Cuando me encontré con la mujer de los vestidos -me gusta llamarla así-, fue algo que me marcó", expresa Virginia. "Ella me contó cosas terribles que tenían que ver con el  sufrimiento físico y emocional, terror, abusos y mil cosas inimaginables”, a Virginia se le llenan los ojos de lágrimas y recuerda con mucha nostalgia todo lo compartido con aquella mujer.

"El genocidio le había arrancado a sus 4 hijos y a su esposo.  La veías con una entereza inexplicable, todavía no sé cómo logró estarlo", agrega en su relato.  Pese al dolor que la atraviesa por aquel recuerdo,  la fotógrafa argentina repite los dichos de esa mujer: “Desde que conocí el movimiento de mujeres kurdas sé que ningún hombre me tiene que decir cómo tengo que vivir”, recordó con la voz quebrada.

“Eso para mí fue la representación de que esa revolución no queda en la mitad del camino.  Sino que está en ese pueblo y ya no tiene vuelta atrás”, sentenció.

“No te alcanzan los ojos para ver tanta destrucción, ella te relata su vida mirándote a los ojos, mientras cose en una cooperativa de mujeres cuyos vestidos son para la comunidad. Recuerdo cuando con firmeza me decía que nunca más un hombre le diría lo que tenía que hacer ¿por qué si tengo piernas no puedo caminar?”.

Ver la vida como nunca antes

“La cuestión colectiva es una variable fija que está muy presente, en cualquier institución por más mínima o grande que sea. Ellas tienen muy presente que solas no se llega lejos y que para sobrevivir tienen que estar unidas", agrega.

“De acá a un mes puede que esté muerta, pensé en más de una ocasión. Uno sabe que se va a morir, pero ahí uno siente que eso tiene plazo. Ves tu vida delante de tus ojos como nunca antes. Esos pueblos conocieron la libertad por el movimiento de mujeres y hombres kurdos. Las cosas que he escuchado fueron muy fuertes. Sé que no soy la misma mujer desde entonces”, relata emocionada Benedetto.

Virginia le contó a Periódicas que a pesar de las distancias y la incomunicación, las mujeres Kurdas se interesan por todos los movimientos feministas del mundo y que en particularmente  siguieron de cerca la lucha en Argentina por la despenalización del aborto. Como muestra de amor  y de apoyo a la lucha feminista de nuestro país se tomaron una foto con sus pañuelos verdes para regalársela a Virginia.

“Los lazos que se pueden tejer ahí son muy fuertes. Son mis amigas tenemos un vínculo que sé que las voy a tener para siempre, que ya no tiene que ver con verlas seguido, tiene que ver con eso que te dieron y que nada ni nadie te lo va a poder arrebatar”, concluyó Benedetto.

Texto: Florencia Torres y Nadia Luna
Fotos: Virginia Benedetto
Edición: Ileana Manucci
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