CuerpaViscerales

Gorda

Una reflexión sobre los cuerpos fuera de la norma, el amor propio, el sexo, qué nos pasa con nosotras mismas y la mirada de los demás.

Foto: Marina Martinez | CC-BY-SA-4.0

Estoy pasando un buen momento conmigo misma. Me gusto, me quiero. Yo estaría conmigo. Miraría los partidos de Racing conmigo y me llevaría al cine o a dar vueltas mientras canto a los gritos. Me gusta mi cuerpo y me gusta pensar lo que pienso y ser como soy. Me entretengo con mis recovecos y me reto en voz baja, pero con cariño. Me disfruto.

No estoy diciendo que soy perfecta, muy por el contrario. 39 años de vivir conmigo me enseñaron que estoy llena de muchas cosas que son un espanto. Estoy diciendo sí, que me quiero. Que no me pesan los kilos ni los pelos, ni los dientes torcidos ni el aleteo del sobaco. No me pesan más las miradas de los otros ni sus chantajes. Aprendí a querer todo eso que me hace distinta y a respetarlo.

Acostumbrarse al odio

Es muy difícil para alguien que está fuera de los estándares de belleza y normalidad crecer en un mundo que te agrede y te hace sentir que te odia todo el tiempo. Crecés sintiendo que estás mal, tan mal que no pueden ni mirarte. Crecés con los chistes en la escuela, con el Doctor Cormillot diciendo que los gordos no pueden enamorarse. Te acostumbrás a las miradas reprobatorias de gente que nunca en tu vida cruzaste y a la cara entre avergonzada y lastimosa de quienes ven que no entrás en un asiento o que no encontrás tu talle.

Te escupen sus risas en la cara, te dicen todo el tiempo que no te va a querer nadie.
A veces tengo ganas de salir en culo a la calle y pasarles mi cuerpo gordo por la cara. Este cuerpo gordo que amo y que a ellos tanto los repele, aunque no debería importarles absolutamente nada. Tengo ganas de pasarles los orgasmos en la cara, de reírme y que sientan que soy feliz, muy a pesar de ellos.

Un acto revolucionario

Vengo a contarles esto que hoy me pasa conmigo, lo siento necesario. Porque después de esquivar tanto odio durante 39 años, llegar viva y queriéndome es un acto revolucionario (y a veces creo que es un poco un milagro). Algunos tuvimos la suerte de que nos amen tanto que nos contagien ese amor por nosotros mismos. Otros no pudieron ni pueden aspirar a tanto.

Disfruto y amo mi cuerpo gordo y mi sexualidad sabiendo que es una escupida en la cara de los que nos quieren decir que estamos mal. Y digo gordo, gordo, gordo y lo voy a repetir todo lo que haga falta hasta que decir gordo deje de ser algo que parece estar vedado.

La vida son tres días y ya pasaron dos, no pienso quedarme sentada a sufrir que no soy lo que quieren los mandatos. Me quiero, me gusto, me disfruto y voy a pasar altiva y altanera por delante del mundo, orgullosa de lo que soy; para que los otros gordos, para que los distintos, para los que también tuvieron que florecer entre el desprecio sientan que algo está cambiando. Porque se siente bajito, pero está llegando.

Ojalá armemos un mundo donde no nos odien por ser lo que somos. Normalicemos querernos y no sentir que no valemos nada. Saquemos a pasear nuestro orgullo gordo por la vida, que al fin y al cabo es nuestra y no tenemos por qué lamentarla.