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CiclaEscuela: poder en movimiento

La CiclaEscuela ofrece un espacio en el que mujeres y disidencias pueden aprender o recordar cómo andar en bicicleta. Inspirada en una experiencia colombiana, propone que el vehículo se transforme en una herramienta de empoderamiento.

Foto: Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0

En el siglo XIX, la bicicleta se transformó en un símbolo de libertad para las mujeres y estuvo fuertemente vinculada a los movimientos sufragistas de Inglaterra y Estados Unidos. Suponía un gran desafío para aquellas audaces que se montaban sobre el vehículo de dos ruedas, derribando los prejuicios masculinos que aseguraban les traería daños físicos, como esterilidad o abortos; e incluso morales, como la excitación sexual. También, como en tantos otros debates a lo largo de la historia, la destrucción de la familia era uno de los argumentos usados por los detractores de que las mujeres usen este medio de movilidad. En una sociedad que pretendía domesticarlas, relegándolas a la subordinación del hogar, el cuidado de los hijos y las tareas domésticas, la bicicleta irrumpió para otorgarles algo hasta el momento desconocido: libertad y seguridad en sí mismas.

Pedalear en Santa Fe

La bicicleta se transformó una herramienta de apropiación del espacio público y hoy aparece en las calles con más vigencia que nunca. Quienes se desplazan en ellas, aseguran que la autonomía y la independencia son la clave.

En la capital provincial, el grupo Santa Fe en Bici lleva adelante la CiclaEscuela, un espacio en el que mujeres y disidencias aprenden o recuerdan cómo andar en bicicleta. Se trata de una serie de ejercicios prácticos que empiezan siendo muy simples hasta lograr el equilibrio que permite sostener el propio cuerpo sobre dos ruedas en movimiento.

Mariana Salvador, integrante del movimiento, le cuenta a Periódicas que “no saber andar en bicicleta a muchas personas adultas les da vergüenza, por eso este espacio está propuesto desde la amorosidad y la calidez, esto genera un ámbito de confianza para el aprendizaje individual, sin miradas que puedan causar incomodidad o presiones externas. Es por eso que tampoco registramos los encuentros con fotografías o filmaciones”.

“En general, sucede que la persona interesada nos contacta para coordinar un encuentro. Proponemos como idea que sea un domingo a la mañana en la Costanera Oeste, durante la Calle Recreativa, ya que es un espacio libre de autos. No es necesario tener bicicleta propia, nosotras llevamos unas que resultan muy adecuadas para el proceso de aprendizaje. No importa la edad, ni la altura, sólo es necesario querer andar en bici, lo demás sólo sucede”, manifiesta.

Teniendo en cuenta que la violencia, en sus diferentes formas, es una de las preocupaciones de los y las ciclistas, el grupo propone otra actividad: “Salidas de chicas”. Alentadas por la seguridad y sororidad que brinda compartir estos espacios juntas, se organizan una vez al mes en parques o  grandes espacios de la ciudad, en distintas localidades.

“Son momentos pensados para disfrutar de pedalear juntas con la intención de encorajar a muchas mujeres a recorrer la ciudad. En estas salidas brindamos, además, talleres de ciclomecánica básica para aprender a reparar tu propia bicicleta y así ya no dependemos del bicicletero, amigo o marido para que nos arregle la bici”, explica.

Visibles en el mapa

La iniciativa está inspirada en el método creado por la colombiana Andrea María Navarrete, fundadora de Mujeres Bici-bles en Colombia. En Argentina fue compartida por Las Bici-bles de Salta y, de la mano de Jimena Pérez Marchetta, llegó a Santa Fe.

En diálogo con Periódicas, Navarrete recuerda cómo comenzó todo en su Bucaramanga natal, una ciudad ubicada en el norte colombiano, a partir de un simple ejercicio de observación en el que notó que era menor el número de mujeres que de hombres en las calles. Empezó a indagar el por qué y la respuesta tuvo que ver con la seguridad: “Se trataba de la percepción de inseguridad y de violencia que muchas veces sentimos y vivimos las mujeres en nuestra experiencia de habitar la ciudad”.

Andrea María Navarrete, la fundadora. Foto: Mujeres Bici-bles

Allí nació Mujeres Bici-bles como un movimiento social que en principio fue pensado para su ciudad pero que luego se fue expandiendo a lo largo de Sudamérica.

“Empecé a contactarme con diferentes lideresas de colectivas de mujeres. Me encontré con Mujeres en Bici en México, Las Carichingas en Ecuador, Las Macletas en Chile, y me di cuenta que la actividad más importante de ellas era justamente la escuela. Fue Laura Endoqui en México quien me enseñó a enseñar. Inicié una escuela informal, hacía convocatorias por las redes sociales, llegaban algunas mujeres a un parque de mi ciudad; llegué a tener nueve bicicletas a disposición de la escuela. Fue algo bien bonito que duró unos cuatro años, no era una escuela formal, sino un ejercicio gratis y voluntario, en el que todos hacíamos el trabajo que podíamos. También enseñé mis conocimientos a algunas compañeras de Mujeres Bici-bles”, nos explica la colombiana de 36 años, licenciada en Español y Literatura, magíster en Filosofía, docente universitaria e investigadora social.

“Me gustaba mucho conversar con las mujeres que iban, tenían entre 18 y 70 años. Una vez, una señora como de 67 años me dijo que toda la vida había querido aprender a montar en bicicleta pero que se atravesó la maternidad, el matrimonio y el trabajo; ahora, que sus hijos estaban grandes y ella sola, iba a retomar los anhelos de la juventud. A algunas las he visto luego usando la bici como transporte y otras a modo recreativo, pero a mí lo que me interesaba era enseñarles, subirlas y ya”, asegura.

“Creo que pasaron unas 300 mujeres por la escuela hasta que en 2016 emprendí el viaje en bicicleta por ocho países de Sudamérica, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Bolivia, Paraguay, Argentina y Brasil. En algunas ciudades quedaron colectivas de Mujeres Bici-bles y en otras, como en Salta, alcancé a enseñar. Después de eso, viajé a España invitada a un congreso ibérico. Allá hice una gira dando charlas sobre empoderamiento en bicicleta a partir de lecturas, del contexto Latinoamericano que conocí en primera persona y de la indagación que hacía sobre el contexto español”.

Las calles necesitan feminismo

Ciclistas en el 8M. Foto: Paola Leiva | CC-BY-SA-4.0

Andrea María Navarrete sostiene que, para ella, “la primera forma de activismo es pedalear en la calle y creo que la vida a uno le cambia cuando se monta a una bicicleta. Revisar cómo habitamos las ciudades es una forma de empoderamiento. Darse cuenta de cómo están diseñadas y por qué se privilegia a los autos, a la velocidad, por encima del cuidado. Es un poco la diferencia de cómo se mueven los hombres, por actividades productivas, en tanto que a las mujeres -aunque el mundo por fortuna cambia- se nos otorgan actividades de cuidado, por lo que en ellas no se busca la velocidad sino la efectividad”.

Por último, reflexiona acerca de la perspectiva de urbanismo feminista, que «nos invita a pensar qué significa moverse en bicicleta por una ciudad en la que atravesamos, por un lado, la inseguridad vial propia de todas las ciudades latinoamericanas y, por otro, la violencia por el simple hecho de ser mujeres”.

 

Santa Fe en Bici 

Santa Fe en Bici es un colectivo de personas interesadas en incentivar el uso de la bicicleta como medio de movilidad  en la ciudad entendiendo que ésta conlleva una serie de efectos que políticamente constituyen una herramienta de transformación social muy importante. La organización del colectivo se conforma con un equipo de trabajo y la colaboración de muchas personas  activistas que participan frecuentemente de las actividades.