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"Todo el año es Malvinas para mí"

Una de las seis mujeres que estuvieron en las Islas Malvinas durante la guerra de 1982, le abre su corazón a Periódicas para contarnos y permitirnos reflexionar sobre el rol de las mujeres en la guerra que ha marcado la historia de nuestro país.

Silvia Barrera tenía tan solo 23 años cuando fue convocada para prestar servicio sanitario en la Guerra de Malvinas. Ante la falta de enfermeras capacitadas para preparar los quirófanos necesarios para la atención de los caídos, surgió una convocatoria para instrumentadoras quirúrgicas.  Así se hicieron presentes seis voluntarias , que fueron reconocidas luego como Veteranas de Guerra.

Junto a sus compañeras civiles, Silvia viajó rumbo a una “aventura”, como pensaba ella, pero se encontró con la más cruel de las realidades. Una guerra “injusta y desigual”, según sus propias palabras.

Un cuento mal contado

“Llegamos el 7 de junio a Río Gallegos”, comienza a relatar. “Ahí nos vino a buscar el helicóptero del buque Almirante Irízar, con el cual llegamos a Puerto Argentino. Nunca voy a olvidar el frío húmedo del sur”.

Silvia le cuenta a Periódicas que creían estar preparadas para afrontar una aventura anecdótica, de esas que contarían una y otra vez al volver a casa. Habiendo pisado tierra firma descubrieron un panorama desolador. Habían partido de Buenos Aires con un cuento mal contado. Todo el país –incluso ella- creía que Argentina iba ganando la guerra. En Puerto Argentino descubrieron cuan ajeno nos era ese triunfo.

“Allí llegamos entrada la tarde y cuando comenzó a hacerse de noche tuvimos nuestro primer bombardeo. Esa fue nuestra primera experiencia de guerra. Bastó escuchar dos o tres bombas para confirmar que al otro día nos esperaba mucho trabajo”, comienza a relatar. Esta profesional de la salud comenta que cuando comenzaron a llegar los heridos desde el hospital militar de Puerto Argentino, era apenas el comienzo de algo que se volvería peor. Los soldados heridos provenían desde el hospital con una primera atención médica. Sin embargo la cantidad de heridos comenzó a crecer y el tipo de heridas que traían eran de mayor gravedad. No daba el tiempo ni la cantidad de atención. “Después la situación cambió completamente, comenzaban a llegar directamente desde el campo de batalla. A esos soldados tuvimos que bañarlos, cambiarlos y curarlos. Llegaron en muy mal estado. La realidad se volvió mucho más cruda”, recuerda Silvia.

El buque estaba preparado con equipos de última generación y disponían de material quirúrgico para poder abastecer la cantidad de heridos que llegaban. La veterana comenta que había mucho material pero pocas manos. El buque hospitalario tenía capacidad para unos 250 heridos pero dada la grave situación en el campo de batalla terminaron atendiendo alrededor de 370 soldados. “De todas las edades, muchos eran muy jóvenes”, comenta Barrera con tristeza. “No nos daban las manos ni el espacio realmente. Nosotros éramos jóvenes e ingenuos, desde el personal de salud hasta los soldados. Creíamos que podíamos, pero no”.

“Operar sobre aguas no era tampoco una tarea sencilla. Para las intervenciones nos atábamos con gasa a las camillas. En materia de salud nosotros estábamos igual que los ingleses. En la zona franca hacíamos intercambio de sangre y hasta de heridos. Ellos no tenían cirujanos, habían muerto en un hundimiento. No fue tan así como se creyó que ellos tenían todo lo mejor”, agregó Silvia y recordó el regreso y el pedido del gobierno militar para que no contasen nada.

Silvia Barrera. Veterana de Malvinas.

Una guerra desprolija

Para Silvia y sus cinco compañeras quirúrgicas, Malvinas les cambió la vida. “Fuimos pensando en trabajar y en hacer nuestro trabajo para salvar las vidas que fueran necesarias. Para eso habíamos estudiado. Sin embargo, fue la primera vez que tuve miedo. Hubo muchas desprolijidades en esta guerra, desprolijidades que se cobraron muchas vidas”, le manifiesta a Periódicas.

Si bien no hubo un maltrato directo hacia las mujeres, la cuestión de género siempre estuvo muy marcada. Barrera nos cuenta que en el sur nadie las esperaba en realidad. De hecho las únicas vestimentas que les dieron para ser parte de la dotación militar eran uniformes de verano. Llegaron a Puerto Argentino con temperaturas bajo cero y con muy poco abrigo. La participación de las mujeres en un conflicto militar era toda una novedad. Encontrarse con seis jóvenes mujeres vestidas de verde fue todo un acontecimiento. Silvia recuerda las miradas de los superiores cuando pedían permiso para ayudar en otros lugares que no fueran dentro de los quirófanos en el buque. “Nosotras por ejemplo queríamos bajar y hacer nuestro trabajo en tierra, pero nunca nos lo permitieron. A los hombres por ejemplo se lo permitieron. Lloramos, nos peleamos y reclamamos, pero no nos dejaron. Seguramente querían cuidarnos creo yo. Uno me quiso decir… “porque los hombres aguantan más”, recuerda con cierta molestia. “Tampoco a las mujeres nos prepararon en grado militar y a los hombres si, cuando en realidad éramos nosotras las que trabajábamos en salud. Al buque llegaban en muy mal estado, fue lamentable. El espacio era escaso y trabajar ahí en un buque en movimiento con esa sensación de encierro no nos brindó las mejores condiciones. Sentías que te ahogabas. Sentías una necesidad muy grande de salir corriendo a tomar aire a la superficie”, le cuenta a Periódicas.

Para Silvia, Malvinas fue una experiencia de supervivencia, en todas las formas que una persona puede sobrevivir. Física y emocionalmente. Tener la responsabilidad de curar con todo lo que ello implica y permanecer en contacto con heridos de guerra en un ambiente tan hostil y desolador como lo es un conflicto bélico, fue para ellas una experiencia transformadora.

Silvia Barrera recuerda a diario su experiencia en el sur argentino y sostiene que las mujeres siempre terminamos haciendo mucho más de lo que se nos pide aunque no sea un trabajo remunerado.

Curar heridos y más

“Algo que me marcó mucho, fue ver que nuestro rol iba mas allá de curar, tenías de pronto la obligación moral de prestar oído. La dotación de gente con la que teníamos contacto era mucho más grande de edad que nosotras. Y verlos llorar, verlos sufrir, verlos desesperarse por no saber si volverían a ver a sus familias fue muy duro. Recuerdo el dolor como si fuera hoy”, confiesa con tristeza. Luego de una pausa y mientras encuentra las palabras para reflejar esa incertidumbre cargada de dolor, añade: “La vida se te pasa por delante de tus ojos y no sabes qué viene después. Esa sensación es inexplicable. Tenía 23 años y no tenía la certeza de nada”.

Para esa joven instrumentadora la guerra de Malvinas le demostró que su propósito no solo era brindarles alivio físico sino de renovarles la esperanza a esos jóvenes soldados. Todavía recuerda las heridas que más la han marcado. “La mayoría venía con heridas provocadas por bombas pero sin dudas lo más cruel fue ver heridas provocadas por el frío húmedo. La calidad de los borceguíes de nuestros soldados era muy baja. Se les mojaban por la humedad provocándole heridas profundas. Nuestros soldados estuvieron en tierra más tiempo que los ingleses. Hambre y frío, terrible combinación. La humedad de los pozos donde se refugiaban les generó problemas respiratorios e hipotermia. Curar esas heridas llevaba muchísimo tiempo. No llegábamos a ponerlos en estado para devolverlos al campo de batalla. Fue angustiante”, se sincera. “Fue muy angustiante”, repite.

El cese de fuego y la calma

El 14 de junio se firmó el cese de fuego y la calma llegó a los rostros inundados de dolor. Silvia recuerda que el 13 a la noche les dieron la confirmación y sintieron finalmente que todo acababa.

Nuestra veterana de Malvinas sostiene que no espera reconocimientos sobre el rol de las mujeres en esta guerra. Todavía no se reconoce como debería ser a los que dieron su vida en el campo de batallas o a quienes han sobrevivido, menos espera que se reconozca a las mujeres  cuando el trabajo femenino en muchos espacios continua siendo relegado.

“Siendo mujeres y habiendo tenido un papel menos visible en esta cruel guerra, no pretendo que sepan quiénes fuimos nosotras ni qué hicimos por nuestros soldados. Eso permanece con nosotras, en nuestra cabeza cada día. Triste pero real”, agrega reflexivamente.

"Las mujeres fuimos Malvinas también"

El empoderamiento de las mujeres ha despertado en estas veteranas de la Guerra de Malvinas la necesidad de que su historia no quede en el olvido. Sostienen que no precisan de honores ni estatuillas, pero sí creen necesario que se sepa  el rol que las mujeres han tenido en la transformación de la historia de nuestro país, para que esa historia no caiga en el olvido.

“No importa cuánto tiempo pase, necesitamos volver a hablar de Malvinas cuantas veces sea necesario", afirma Silvia. "Perdimos muchas vidas allí y nos hicieron jurar que no contaríamos lo que pasó. Pero ya no es tiempo de callar, las mujeres hicimos todo lo que pudimos por traerlos a casa. Hicimos mucho más de lo que las personas imaginan. Es hora de contarlo y que la generación que viene sepa la historia completa. Ahí estuvimos y eso…eso es algo que no van a poder borrar. Las mujeres fuimos Malvinas también”.

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