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Coronavirus: en las trincheras, nuestras heroínas

Natalia Soria y el equipo de "El Chapa"
Algunas son sostén de familia y no pueden salir a ganarse el mango por estar insertas en lo que conocemos como economía informal. Otras, pueden circular. Dejan el miedo de lado y se ponen en las primeras filas de combate en la lucha contra este enemigo invisible.

 

Foto Facebook de Natalia Soria junto al equipo de "El Chapa"
Foto Facebook de Natalia Soria junto al equipo de "El Chapa"

Ante la urgencia de la pandemia, las medidas fueron, cuanto menos, dolorosas para muchos sectores. Aquellos postergados de la economía ven frenados sus ingresos ante la obligación  de quedarse encerrados en casa para cuidarse y cuidarnos. En Argentina, la mitad de les trabajadores son informales, viven de ingresos diarios que en 15 días se van escurriendo como el agua de la canilla por el desagüe... si es que llegan. Pese a las ayudas económicas anunciadas por el gobierno nacional y provincial, el miedo persiste y, como es sabido, en los lugares más vulnerables son las mujeres los sostenes de esas familias. ¿Qué ocurre cuando ellas no pueden salir a ganarse el mango? El conoravirus pone de manifiesto la fragilidad de las condiciones laborales a las que muchas mujeres se enfrentan a diario. Entonces, ¿cómo se sigue?

Además existe otra realidad, la de aquellas que sí pueden transitar para ir a trabajar aunque en muchos casos preferirían quedarse en sus casas con sus hijes sin exponerse al virus que parece arrasar con todo lo que encuentra a su paso. Y si no es tan cierto, la tele, las noticias de las redes, las cadenas de WhatsApp, etc., nos hacen pensar que el fin del mundo se acerca. Y, si es así, que nos encuentre trabajando. A ellas y a las otras.

A estas mujeres les debemos más de lo que creemos, de lo que sentimos. Por eso es más que válido conocer sus historias, ponerse por un ratito en su cuero y saber que mientras escribo cómoda con el mate al lado, ellas están dejando mucho más que su tiempo, sus ganas y sus ovarios. Se están exponiendo por sus familias y por todes.

Selva Kirnschyn es enfermera desde hace 17 años. Desde hace 11 trabaja para un Samco, adonde tiene un vasto recorrido: la guardia, el vacunatorio, la ambulancia y en los últimos seis años se desempeña en distintos centros de salud. “Desde hace dos años trabajo en Adelina Oeste. En esta cuestión de la pandemia, con respecto a nuestra mirada sobre la población, trabajamos con personas que nos están ayudando mucho, respetan las líneas que ponemos. Con la población no tenemos problemas”.

Le cuenta a Periódicas que están asistiendo “a personas con distintas patologías y, si bien el hospital nos mandó algunos insumos, no son los que realmente se necesitan para enfrentar esta pandemia. Nos mandaron algunos barbijos, un solo camisolín, unos anteojos que no sirven para detectar una faringitis o un dolor de garganta. Eso te genera ansiedad, temor, bronca, porque atrás nuestro hay una familia y por más que puedas tomar recaudos con las personas, la distancia que la gente respeta, uno siempre piensa en los que tiene en su casa. Tengo una nena de seis años, mis papás son grandes, mi hermana cuida a mi nena, y cuando llego tengo que bañarme antes de abrazarla. Hay temor, porque sabemos que si esto explota en el barrio, nos vamos a contagiar".

Foto proporcionada por Selva Kirnschyn
Foto proporcionada por Selva Kirnschyn

Selva destaca que “otra de las cosas que nos ocurren con respecto a las mamás que se tienen que quedar en sus domicilios es que están saturadas, vienen a sentarse y a que las escuchemos”. Afirma que están de pie y que así seguirán. "¿Sabés una cosa? A pesar de todo estamos bien, siempre sonriendo. La gente nos necesita enteras, porque nos debemos a ellos”, termina diciendo esta valiente enfermera.

 

Viviana lleva adelante el Merendero Los Pekes en Santo Tomé, que asiste a más de 20 familias. Relata que su labor es “ayudar a quienes más lo necesitan a través de la solidaridad de la gente”. Aclara que “en estos momentos, con la cuarentena, se nos está haciendo muy complicado trabajar, pero siempre aparece un corazón solidario que, como quien dice, trae en abundancia. Se les reparte a los chicos, a los que viven más lejos se les lleva y a quienes viven más cerca se llama a los padres para que vengan a retirar la comida y la leche. Yo hago que los chicos respeten mucho la cuarentena. Para los que son de otros barrios, agarro la moto y les llevo el alimento”.

“En estos momentos no tenemos nada de ayuda, se nos complica un montón, pero con lo poco que tengo les hago panes y les reparto. Actualmente nos estamos quedando sin abastecimiento pero sigo pidiendo para ver quién nos puede ayudar. El merendero está situado en barrio San Cayetano, Pasaje 16 entre 27 y 29, casa tres, lo tengo en mi casa, es una casa familiar. Tengo un permiso de extensión por trabajo solidario para que pueda circular. Me encantaría ayudar en otros lugares como en Sauce Viejo, pero está cortado. Ahí trabajo con una amiga a medias. Ella llega al destacamento y le paso donaciones para que pueda seguir repartiendo para el otro lado. Tenemos un montón de necesidades, no tenemos alimento, leche, ni harina, ni grasa. Dejamos todo en manos de dios para ver cómo poder seguir ayudando”, concluye.

Foto proporcionada por Viviana de Merendero Los Pekes
Foto proporcionada por Viviana de Merendero Los Pekes

Otra mujer que lleva al hombro un merendero es Luciana, de La Costerita, en el barrio Jorge Newery de Sauce Viejo. En charla con Periódicas cuenta que “se está cumpliendo bien la cuarentena. En la primera fase del aislamiento me acercaron leche y harina, con lo que hice unas meriendas y las repartí casa por casa a los chicos. Desde ahí, no recibí más ayuda y quedó parado el comedor. Cuando anunciaron la segunda fase de la cuarentena llamé a la comuna para que nos faciliten algún bolsón con mercadería para poder llevarle a la gente. No me contestaron nada. De lo que cocino para mi familia le doy a algunos chicos. Si me traen las cosas yo puedo cocinar y repartir porque tenemos permiso de circular. Queremos conseguir algo para ayudar, pero nadie apareció, ni siquiera la comuna”.

 

Foto proporcionada por Luciana de La Costerita
Foto proporcionada por Luciana de La Costerita

Rita es taxista, pero debido a sus 60 años y algunos problemas de salud, optó por quedarse en su casa. Trabajó durante la primera semana de cuarentena aunque no se podía. “Laburaba desde las 16 hasta las cuatro de la madrugada, arriesgando mi vida, y no alcanzaba. Soy separada, vivo en Santa Fe sola (palabra que remarca varias veces y con dolor). No tengo ingresos así que estos próximos días serán muy difíciles. No tengo otra entrada de dinero, no entré en las asignaciones de 10 mil pesos porque mi patrón me tiene en blanco”, relata. La mujer empezó a necesitar de la ayuda de su hija que vive en Esperanza. “Ella me gira algo de dinero. Estoy en una situación lamentable. Hace 15 días que no trabajo, no me muevo de mi casa para cuidarme y cuidar a los demás. Lamento que haya gente que no presta atención y sale a la calle”.

Rita reitera, con notoria angustia, que está “anímicamente destruida". "Estoy acostumbrada a hacer este trabajo durante toda mi vida, a tener contacto con la gente y ahora estoy 24 horas encerrada. Alquilo, que es otra de las cosas que económicamente me va a terminar de matar. Lo mío y de varias mujeres que están en mi situación es lamentable. Anímicamente influyen el encierro, el pensar en lo que viene económicamente y en lo afectivo, en las pérdidas que podemos llegar a tener. Todo eso en una persona mayor como yo hace que el encierro sea más complicado. Pensás en la familia, los hijos, los nietos… Quiero estar fuerte, le pido a dios para que todos salgamos de esto y que nos sirva de experiencia”.

Además, sostiene que desde hace un tiempo la sociedad se muestra violenta. En ese sentido, cuenta que hace  unos años tuvo una discusión en la calle: “una pavada con un hombre en un estacionamiento, y me dijo ´después ustedes las mujeres no quieren que las maten'. A ese grado de violencia llegamos y creo que en algún momento esto tenía que pasar para estar más unidos, querernos más, pensar más en el otro”.

Natalia Soria es médica generalista y trabaja en el Centro de Salud Eva Perón de Santo Tomé. Comenta a Periódicas que “en barrio El Chaparral  -‘El Chapa’, le dicen con cariño- trabajan con poblaciones muy vulneradas”. También lo hacen en Costa Azul, que es otro asentamiento, y en demás barrios de la zona. “Como todo centro de salud de primer nivel tenemos una comunidad a la cual respondemos, donde hacemos atenciones no sólo por enfermedad sino también seguimientos. Somos dos médicas generalistas, tenemos residentes de medicina general que se están formando con nosotras, dos enfermeras, una administrativa, una chica que hace servicios generales, una odontóloga, una trabajadora social y una psicóloga. Se trabajan múltiples situaciones más allá de lo clínico, situaciones de vulnerabilidad, problemas de consumo, violencia de género. Acompañamos situaciones de interrupción legal del embarazo. Es un laburo bastante intenso que se vio casi coartado por esta pandemia y que nos lleva a plantearnos desde otro lugar para poder acompañar a la realidad, teniendo en cuenta el aislamiento”.

Y agrega que “cuando hablamos de aislamiento y estás trabajando en un lugar adonde sabés que las condiciones sociales no son las ideales es mucho más complejo. Tuvimos que reacomodarnos como equipo, amoldar horarios. Ya veníamos sabiendo de la pandemia desde enero, por los reportes epidemiológicos que hace la Organización Mundial de la Salud (OMS). En un principio lo veíamos lejano y ahora ya prácticamente lo tenemos en los barrios. Fue una reorganización en la que se trabaja a diario y al principio no teníamos equipos de protección. Así estuvimos hasta hace una semana”.

Foto Facebook Natalia Soria
Foto Facebook Natalia Soria

“El viernes tuvimos un caso sospechoso. Fue la misma semana en que otro centro tuvo un caso positivo y las compañeras no tenían nada de protección. Ahí empezamos a exigir que necesitábamos equipos completos y hace días nos llegaron por donaciones de la gente. Uno piensa en el hospital para donar, pero el centro de salud y las guardias son los lugares donde la gente consulta, por una cuestión de cercanía y confianza. Empezamos a tener más llegada a la gestión local pero es una lucha diaria. Sabemos que en una semana tenemos que tener más equipos porque habrá más casos sospechosos”, afirma. Natalia sostiene que hubo cambios de roles. "Las psicólogas sostienen a las personas que vienen a consultar, tenemos que dar respuestas porque somos el primer eslabón de la cadena de salud y tenemos que estar abiertos a la gente”.

Por último, reflexiona: “Todos los que trabajamos en salud sentimos que es nuestro deber y obligación acompañar. Nosotras que estamos en un centro de salud ya conocemos a la gente. Tenemos que estar para lo que necesiten. No voy con miedo, es para lo que nos formamos. En relación a la pandemia, uno tiene miedo de llevar la enfermedad a la casa, no hacia uno porque tenemos claro que es probable que ocurra. Hay compañeras con hijos, y como somos personal esencial no pueden faltar. Pero no quita que se tenga el compromiso de ir y lo hacemos porque nos gusta donde estamos”.

En las trincheras de una guerra, muchas caras pasan inadvertidas. En esta suerte de contienda con un enemigo que no vemos pero que parece ir arrasándonos de a poco, es nuestro deber y compromiso, mostrar a esas mujeres que ponen el cuerpo o a las que no pueden ponerlo y están siendo víctimas colaterales. A ellas, nuestras heroínas, el respeto y la admiración. Porque juntas movemos redes de afecto y solidaridad, nos acompañamos, gestionamos y hacemos girar el mundo con el poder de nuestras mujeres trabajadoras. Juntas somos poderosas y al virus le hacemos frente entre todas.

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