La serie que es tendencia nos enfrenta a una realidad incómoda: el origen de la violencia machista en las nuevas generaciones. A través de la historia de un adolescente atrapado en discursos de odio, la ficción expone las fallas de una sociedad que deja a sus jóvenes a la deriva. ¿Cómo influyen las redes sociales, la falta de contención y el individualismo en esta problemática? Más que respuestas, la serie nos deja preguntas urgentes.

Hace un par de semanas que estamos debatiendo en rondas de amigues y familia, en los medios y redes sociales, sobre las subtramas, las sensaciones y posturas que tomamos luego de ver la serie Adolescencia. El concepto de incel volvió a ser tendencia, pero también los roles que tenemos como sociedad en la educación de una generación con niveles altísimos frente a pantallas.
La serie de Netflix transcurre en horas completas y crudas de la realidad que vive el entorno de Jamie, un joven de 13 años que se transformó en femicida: mató a una compañera de su escuela.
Apuesta por una estética realista, donde los tiempos narrativos se despliegan con una cadencia que imita la vida cotidiana. A través de planos secuencia prolongados y silencios cargados de significado, la serie construye una atmósfera íntima y, a la vez, asfixiante.
A medida que avanza la trama descubrimos que en la historia se entrecruzan discursos de odio, padres alienados, jóvenes sumergidos en pantallas, el fenómeno “incels”, individualismo y crisis de las instituciones sociales. El resultado: una sociedad que fabrica potenciales (y reales) femicidas.
Discursos de odio y cultura incel
La serie muestra una juventud abofeteada constantemente por discursos de odio. Detrás de emojis aparentemente inocentes circulan en redes sociales burlas, insultos, calificaciones. En el medio, los educadores (no sólo la escuela sino la familia) no tienen idea de lo que pasa. No tienen herramientas para acompañar y contener. A Jamie la compañerita lo define como “incel”, en códigos que sólo los pares entienden.
El fenómeno incel no es exclusivo de Argentina ni de la ficción. En los últimos años, esta subcultura ha ganado relevancia en foros y redes, promoviendo un discurso misógino que ha derivado en ataques violentos en distintos países. En 2023 la periodista Luciana Peker advirtió sobre su avance: “Mi teoría principal es que, como respuesta al avance de los feminismos y a los cuestionamientos sobre la violencia machista y agresión sexual, existe una mutación en forma de desaires, destrato o violencia emocional. Los varones no soportaron el sacudón que dimos las mujeres y las diversidades sexuales, y esto se demuestra en la enorme incapacidad que existe al momento de concretar una pareja. Sucede en diferentes escalas, como así también en rango etario. Por ejemplo, muchos jóvenes se volcaron a pensar y ejercer su vida sobre una inclinación libertaria de extrema derecha, como también existe una subcultura incel, y eso responde a prácticas machistas y estructuras patriarcales”, explicó en una entrevista con COOLT.
En Adolescencia, Jamie se sumerge en los foros incels, aparentemente como consecuencia de una crianza de padres alienados, sin diálogo ni afecto. No encuentra adultos referentes que le brinden herramientas para comprender su frustración y, en su lugar, internet le ofrece respuestas fáciles: la culpa es de las mujeres, la solución es el odio.

Una crianza en solitario
Al igual que con las tramas, los discursos de los adultos de la serie se entrecruzan, se contradicen, no dialogan, no se escuchan. Mientras que los padres culposos se consuelan en que “deberían haberlo hecho mejor”, los profesores de la escuela gritan sin ser escuchados y el Estado (representado en este caso por el inspector) busca encontrar un motivo que justifique el femicidio. En una escena, la mejor amiga de la víctima de femicidio denuncia la cultura de la impunidad escolar: “Nos dicen que exageramos, hasta que es demasiado tarde”. La escuela, en lugar de ofrecer espacios para tramitar el dolor, opta por el silencio.
La serie muestra el debilitamiento de espacios de diálogo y aprendizaje colectivo y, como resultado, una sociedad cada vez más individualista. El “sálvese quien pueda” se volvió estructural y el discurso reaccionario del “con mis hijos no te metas” es muestra de esto.
Criar en comunidad implica entender que no es sólo tarea de madres y padres contener a niños y adolescentes, sino también de las escuelas, les vecines, el Estado, los medios de comunicación, las plataformas digitales, todes.

La intimidad en la era de la viralización
Otro eje clave de la serie es la exposición digital. La víctima de femicidio había sufrido antes la viralización de un video íntimo, la burla colectiva y la cosificación por parte de sus compañeros.
En un mundo donde la sobreexposición en redes y los likes dictan la autoestima, la pregunta es: ¿podemos proteger a las adolescencias de la viralización de su intimidad?
Luciana Peker lo advierte en La revolución de las hijas: “Las redes pueden ser una trampa para las adolescentes si no hay educación y contención que las proteja”. En Argentina, la Ley Olimpia está vigente desde octubre de 2023. Esta ley, también conocida como Ley 27.736, incorpora la violencia digital a la Ley de Protección Integral a las Mujeres. En la provincia de Santa Fe, tenemos la “Ley Chachi”, denominada así en reconocimiento a María Fernanda Chachi Telesco, actriz rafaelina víctima de violencia digital.
Si bien contamos con esas leyes, pareciera no alcanzar para proteger a miles de adolescentes que se enfrentan a la exposición y la violencia digital sin herramientas educativas.

Femicidio: ¿si no se nombra no existe?
Y es en su búsqueda por retratar la juventud con crudeza y naturalismo que se genera una sensación de vacío discursivo, porque sus personajes poco abordan la violencia de género en sí. Queda perdida en una compleja realidad repleta de subtramas.
En Adolescencia la violencia machista es un murmullo constante pero de fondo, algo que todos perciben pero no nombran. Se escurre entre escenas, se intuye en miradas y gestos, pero nunca se nombra. Y lo que no se nombra, no existe.
Desde los feminismos y transfeminismos, sabemos que el lenguaje no es sólo una herramienta, sino un campo de batalla. Nombrar el femicidio es reconocer que no se trata de simples "crímenes pasionales" ni de tragedias aisladas, sino de la consecuencia brutal de un sistema patriarcal que nos quiere sumisas, silenciadas, inexistentes.
En Argentina, mientras el gobierno busca borrar la figura del femicidio del Código Penal, el intento de eliminarlo del lenguaje no es casual: si el término desaparece, también lo hará la urgencia de combatirlo. En la serie, como en la sociedad, el silencio se vuelve cómplice.
Más preguntas que respuestas
Adolescencia no es solo una historia de ficción; es el reflejo de una problemática urgente. La violencia machista es una construcción social que se alimenta vorazmente del abandono institucional, la falta de educación emocional y el acceso sin regulación a discursos de odio en internet.
Mientras tanto, en Argentina, el Estado sigue desmantelando políticas públicas y la sociedad elige el individualismo.
En el entramado digital de hoy, la cultura incel ha encontrado un caldo de cultivo en las políticas liberales que promueven la libertad individual sin considerar el impacto colectivo. ¿Son realmente libres esos jóvenes que se refugian detrás de la pantalla? ¿O su elección es el resultado de espacios de socialización que han sido sistemáticamente desmantelados?
Es necesario preguntarnos: ¿Cómo seguimos permitiendo que las instituciones, que deberían proteger e impulsar la igualdad, sean cómplices en la reproducción de estas violencias? ¿Cómo podemos transformar las estructuras que alimentan la misoginia y la violencia hacia las mujeres en nuestros contextos más cercanos? ¿Qué responsabilidad tenemos, como sociedad, de criar en comunidad y no dejar a los adolescentes a merced de discursos de odio y soledad? ¿Cómo podemos, desde el colectivo, acompañar a nuestros jóvenes para que adopten modelos de masculinidad basados en el respeto, la empatía y la igualdad? ¿Es posible transformar una cultura que privilegia la agresividad y la viralización del morbo?
Y en definitiva, ¿cuántos Jamie más vamos a fabricar?

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