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En plena vigilia esperando la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), una de las nuestras relata su experiencia. Una reflexión sobre la suerte, los privilegios y los deseos que atraviesan esa decisión.

Autora: Gise Curioni

Al igual que en 2018, hoy escucho el debate en Diputados sobre la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) desde mi cama, con la compu sobre la falda, el sol que aclara mi pieza, el ventilador que me vuela los rulos, y vuelvo a pensar en el 8 de marzo de 2008. Ese día me hice un aborto. Tenía 26 años, vivía con mi vieja y ya había terminado de cursar mi carrera universitaria. Laburaba como productora en radio, salía con mis amigues y pensaba en todo lo que quería hacer de mi vida. Viajar, conocer gente, estudiar, laburar de lo que amaba, experimentar.

No importa demasiado cómo fue que quedé embarazada, fue un error y mala suerte, una combinación fatal. Pero al momento de ver las dos rayitas del test, cagada en las patas y con una angustia terrible, no dudé ni dos segundos en cuál era mi decisión: no quería ser madre. No quería atravesar un embarazo no deseado, no quería que mi cuerpo sea una incubadora para luego pensar en la adopción (opción que a muches les parece la alternativa salvadora). No. No quería que mi cuerpo pasara por nueve meses de un embarazo no deseado y cargado de angustia, que mi cabeza explotara durante ese tiempo y, mucho menos, quería maternar. ¿Parece una locura que una mujer no quiera maternar? ¿Qué es esa imposición del instinto materno? A veces se tiene pero otras no. Yo no lo tenía.

Partamos de la base de que mi educación fue en una escuela de monjas, en las que el goce era mala palabra, en la que la forma de cuidado (siempre dentro del matrimonio) era elmétodo billings y que la opción para no quedar embarazada en un noviazgo era muy simple: cerrar las piernas. Inevitable no citar a Pino Solanas: ¿Y el goce, hermana Virginia? ¡El goce! Nunca nos enseñaron que el sexo es goce, placer, desarrollo personal, experimentación, respeto al otro y a una misma, al deseo propio. Siempre el respeto. Pero si algo tiene el catolicismo es la culpa…. la yuta madre cómo te llenan de culpa.

Y yo soy bastante culposa, pero en este caso, la dejé de lado. Fui honestamente egoísta y pensé en mí, pero también en qué podría darle a un hije no deseado que fuera bueno. Pensé que no quería ser madre. Luego, por esa maldita culpa, lo pensé como una fantasía efímera. Pero a medida que fui creciendo me di cuenta de que no era ese mi deseo. No deseaba ser madre, ni en ese momento, ni ahora. MI DESEO Y PUNTO.

No me voy a meter a polemizar respecto a desde cuándo comienza la vida y demás cuestiones que me parecen inútiles. En este momento, solo pienso que tuve la suerte, el privilegio, de ser una mina de clase media, con educación universitaria, con amigues que son mi familia y que me acompañaron desde el abrazo hasta lo monetario. Tuve el privilegio de tener una obra social, de ir a una ginecóloga que me pasó el teléfono de un médico “abortero” ahora ya fallecido. Tuve la suerte de hacerme una ecografía antes y después del procedimiento. Tuve la suerte de ir acompañada a una casa en la que sonaban temas de Sandro muy fuerte, lúgubre, casi sin muebles. De que sean un médico y una enfermera quienes me atendieron. De salir sin dolor, de luego hacer rancho en lo de amigas hasta que me sentí en pie y segura. Suerte de volver a hacerme una ecografía para controlar que todo estaba bien, y lo estaba. Lo estuvo años más adelante, cuando en otra eco de control anual me dijeron que mi útero era apto para 10 hijos. Y en ese momento, añares después, volví a pensar: qué suerte que tuve.

Pero no puedo detenerme en mí y en mi suerte o mis privilegios de clase. Me puse a pensar en las pibas que no corrieron con ese gesto de buena voluntad del destino, las que fueron a una curandera de barrio, las que se metieron quién sabe qué cosas en el útero; pienso en las que murieron por esas causas y en las que se vieron obligadas a parir porque no tuvieron educación ni acompañamiento ni opciones. Pensé y pienso que se nos castiga por desear, por vivir el placer y por no desear vivir bajo lo que la norma cristiana y la sociedad machista nos impone: ser madres.

Pienso en el castigo social de aquellos que defienden “las dos vidas” (rarísimo ese concepto) pero que ven un pibe pidiendo en la calle y miran para otro lado. En los que dicen “si te gustó el durazno bancate la pelusa”, mientras que celebran que el hijo de la familia sea el machito que se garcha a todas o que terminan abandonando a une hije. Pienso en la hipocresía de negarse a dar un derecho, de mirar hacia otro lado porque, señores y señoras, las mujeres que quieran abortar lo seguirán haciendo aunque ustedes estén contentos por la clandestinidad. Acaso en algún momento se pusieron a pensar por qué esas mujeres eligen, elegimos esa salida. A nadie, les aseguro, a nadie le gustaría atravesar por una situación de ese tipo. No es ir al supermercado, es poner el cuerpo con miedo, sin saber si salís o no con vida.

Me pregunto, ¿tanto cuesta entender que estamos hablando de la autonomía del cuerpo y el deseo de cómo queremos vivir la vida? Si nadie quiere obligar a nadie a abortar, en cambio, sí nos quieren obligar a ser madres. Incluso a niñas abusadas. ¿Hay mayor crueldad y cinismo que eso? Como bien dice el lema de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, lo que reclamamos es educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir.

Y sigo pensando, mientras escucho a Patricia Mounier nombrar a Ana María Acevedo durante su exposición en la Cámara de Diputados, en mis privilegios, esos que no tuvo Ana María por ser pobre, por no tener educación, por no ser acompañada por el Estado, que la dejó abandonada a su suerte y la dejó morir. ¿Cuántas Ana María habrá en nuestro país? ¿Cuántas más vamos a permitir que mueran? Puede que el aborto no sea ley ahora, o si, pero las mujeres seguiremos luchando por la autonomía de nuestros cuerpos, por nuestro derecho a decidir cómo vivir, por nuestro derecho a buscar el goce, por el derecho a maternar por deseo y no por obligación. Las calles están hablando y, al igual que con todos los derechos conquistados, allí ganaremos éste. Solo le pedimos a los políticos que hagan su trabajo en sus bancas.

Mientras tanto, como considero que lo personal es político, siento que contar la suerte con la que corrí también es una forma de poner el cuerpo a la lucha. Además de ponerme las zapas, calzarme el pañuelo verde y salir a gritar con mis compañeras. Será ley.