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Cuando el problema es la mujer libre

Hace un tiempo, mi hija de 11 años me preguntó si cuando yo era chica se hablaba en mi casa sobre aborto, como ahora. Después de una casi respuesta inmediata, pensé un momento y contesté: “No, no como ahora en tono de debate con fundamentaciones pero...”. Y entonces descubrí ahí un pero que, como la punta de ese ovillo que de golpe se encuentra, me llevó a las ideas que cimientan este texto.

Autora: Gise Curioni

Hace algunas décadas no se hablaba sobre aborto abiertamente. Tal vez no se lo mencionaba a viva voz pero tenía una presencia tan concreta y real que me lleva a la convicción de que se trataba de una cuestión naturalizada. En todas las familias estaba el recuerdo de uno (o más) casos. Aquella tía cuyo embarazo juvenil había sigo gestado por alguien de menor nivel socio económico y cuya continuación no era conveniente. Las abuelas que habían tenido un hijo muchos años después del anterior porque ya no podían recurrir a más interrupciones. Cuenta alguna leyenda familiar que una antepasada, agobiada por el carácter indómito de su primogénita de un año, al descubrirse nuevamente embarazaba hizo todas las piruetas que se imaginaba para evitar la llegada de un nuevo hijo.

Las historias circulaban de generación en generación. A veces, incluso, generaban bromas o sonrisas. A nadie se le ocurría pensar que esa mujer querida de la familia hubiera cometido un delito, nadie la relacionaba con el código penal y mucho menos se la imaginaba condenada por ello. El aborto no era tema de debate pero tampoco era un estigma. No se lo refería públicamente pero estaba incluido tácitamente en el relato social.

Autora: Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0

Es que ese era un aborto funcional al patriarcado. El que dejaba tranquilo al marido de escasos recursos y menos ganas de usar preservativos, al amante culposo, al padre que quería evitar la deshonra (que era el embarazo, no el aborto), a todos los hombres que consideraban a los hijos (o a su no nacimiento) una responsabilidad exclusiva de las mujeres. Algo de lo que ellas debían “desembarazarse” (nunca mejor expresado) si la situación o el status quo lo requería.

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La soberanía de la mujer libre

Fue cuando la interrupción del embarazo comenzó a estar vinculada al deseo, la necesidad, los requerimientos personales de la mujer que el tema se convirtió en controvertido. Cuando se planteó como derecho, desde el lugar de los que siempre atacan la libertad se levantaron las banderas de la prohibición. Se subrayaron las palabras muerte y delito y se las cambió de lugar. Se olvidaron las muchas muertes provocadas por la clandestinidad y se trataron de delictivas a situaciones que la ley desde hace años no califica como tales. Entonces, se obligó a parir a niñas y se estigmatizó la lucha.

Autora: Gise Curioni

En la Argentina del siglo XXI parece haberse restituido la idea de la mujer madre como la única socialmente aceptable. ¿Qué pasa con la mujer que recibe una beca universitaria, la artista que logra un contrato que anhelaba, la que padece una depresión, la que sabe que no puede económicamente mantener a un hijo más, la que aspira a ser madre cuando su necesidad lo determine o la adolescente que aún no ha alcanzado su propio crecimiento? ¿Qué pasa con todas estas situaciones y la aparición de un embarazo no deseado o no posible desde un lugar de salud física, social y mental? ¿Qué pasa con las mujeres víctimas de violencia real o simbólica que se ven imposibilitadas a decidir la anticoncepción? Como ocurre desde que el patriarcado se instaló como arquitectura social, el deseo o las necesidades de las mujeres poco importan. Su autodeterminación, mucho menos.

Autora: Priscila Pereya

El acto de interrumpir un embarazo no es una decisión sencilla, no está exenta de miedos, no implica un accionar descuidado. La legalización (siempre es necesario reiterarlo porque parece no entenderse) no supone imposiciones. En nada afecta el accionar privado de quienes por convicción no recurrirían a su práctica. Pero sí asegura un derecho humano a las mujeres y cuerpos gestantes tan básico como es el poder decidir en función de necesidades y situaciones particulares cuando otras alternativas ya no son posibles. Y su validación social (algo que hacemos a diario con disposiciones con las que no siempre acordamos), le quitaría la mancha estigmatizante a la mujer libre como se la quitaba la sociedad tradicional al aborto que le era funcional.

Dice un reconocido historiador que el conquistador europeo no soportó la libertad del habitante americano. Que esos cuerpos y relaciones mostradas sin censura lo alteraron al punto de incrementar su violencia. No hay nada que genere más miedo al opresor que la valentía y libertad de aquellos por él oprimidos. No hay nada que moleste más a la sociedad tradicional que la mujer libre y fuerte. Y en ese camino al que el feminismo le ha puesto palabras, reclamos y gritos, no hay vuelta atrás. A cada ataque le seguirá un nuevo y joven puño en alto con un pañuelo verde enlazado en la muñeca. Hasta que sea ley.

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