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Mi femicidio inolvidable

Una reflexión sobre la violencia que atraviesa la vida y el cuerpo de las mujeres.
Marcha por el 3 de junio, Ni Una Menos Santa Fe, 2019. Foto: Gisela Curioni.

 

A María Soledad le habían arrancado el cuero cabelludo. Aún recuerdo ese detalle, casi 30 años más tarde. No dejaba de pensar cómo nadie la escuchó con los alaridos que habrá pegado. Pero después me enteré de que se lo habían sacado ya muerta, con un bisturí.¿Qué sentido tiene eso?, pensé.
Para que no la reconozcan, decían los especialistas. También fue violada, quemada con cigarrillos, tenía la mandíbula fracturada, le habían cortado las orejas, le faltaba un ojo y fue arrojada a los chanchos.

Los hijos de los poderosos fueron los asesinos: Luis Tula, Guillermo Luque, Jalil y Arnoldo Saadi.

En las fotos que mostraba la tele, María Soledad vestía un uniforme de escuela católica como el mío. Había ido a una fiesta de su curso y desapareció.

Tenía 8 años cuando reconocí al de María Soledad como un femicidio. El término no estaba aún popularizado pero recuerdo la sensación de injusticia, de asqueo, de miedo, de incomprensión, de angustia. Una nena de 17 años contra tantos tipos.

Comprender por primera vez que te pueden matar por ser mujer es doloroso. Entendés que estás en inferioridad de condiciones, que no podés salir con cualquiera, a cualquier hora, hacer lo que quieras. Te marca la diversión, la noche, el cuerpo. Te hace disciplinada, cuidadosa, dependiente.

No sé qué fue, si verla en las fotos con ese uniforme escolar tan similar al mío, si el detalle escabroso del cuero cabelludo, si porque era del interior. Pero el de María Soledad Morales fue mi femicidio inolvidable, el que me partió el corazón y me dejó bien claro que la libertad no era para nosotras.

Esa ¿cuál era?

A todas nos pasa, charlando con amigas, que a veces surgen en las conversaciones otros casos. Y empiezan a circular nombres: Antonella, Melina, Ángeles, Alicia…. Y comenzamos a bucear en nuestra memoria. Esa ¿cuál era? La de la bolsa de basura, la adicta a los boliches, la que se fue a leer a la playa, la que viajaba sola…

Y nos sentimos culpables (sí, encima nos sentimos culpables) porque se nos mezclan los lugares, las edades, los detalles.

Hasta que salta una que recuerda todo el caso, de cabo a rabo. Y ahí la reconoces. Tal vez porque era de su ciudad, quizás era parecida a alguien que conoce, a veces porque comparte el nombre. Sabe que le tocó a otra, pero porque así fue el sorteo del destino, porque miles de veces pudo haber sido ella. Ese fue SU femicidio inolvidable.

La marca

Mi hermana Ximena tiene otra mamá, compartimos papá. A ella le gusta mucho este fragmento de Sergio Dubcovsky que de vez en cuando me comparte: “Padecían una historia común. Con huellas y rastros reconocibles para todos. Tenían la marca en el orillo que distingue a los hermanos”.

Y a las mujeres nos pasa eso, tenemos marcada a fuego la violencia en nuestro orillo. Nos reconocemos las marcas entre nosotras y sabemos que la otra siempre pudo haber sido una. Y eso nos hace hermanas.