No llegamos a fin de mes, sumamos horas de laburo, dejamos de pagar terapia, nos endeudamos, colapsamos. Nos angustia esta crisis que, claramente, no es sólo económica. Pero aún hay una luz al final del túnel: las redes de afectos. Esas que nos sostienen y debemos cuidar.

“Todavía quedan nuestras redes de afectos, tenemos que sostenernos entre nosotres; ya va a pasar”, me dice una amiga, que más que amiga es una hermana, cuando a diario nos escuchamos en una seguidilla de audios de whatsapp contarnos nuestras angustias -en medio de llantos y también, obvio, de risas-. Claramente, no sólo nos contamos cosas feas, porque también, y aunque cada vez nos cuesta más reconocerlas en medio de tanta pálida, hay cosas buenas. Los afectos son una y que no parezca poco. Es más: en tiempos de tanta crueldad convertida casi en propaganda, son un oasis en el desierto que debemos cuidar.
La angustia o la tristeza tiene más que ver con una cuestión coyuntural y que no me afecta a mí o a mi amiga solamente. Afecta a buena parte de nuestra población. No llegamos a fin de mes, vivimos endeudados, los gustos que nos damos cada vez son menos o inexistentes, hacemos laburo extra -changas- para poder sumar apenas unos pesos, no crecemos laboralmente, nuestros sueldos son de miseria, vivimos cansades.
Esa lista, que podría extenderse mucho más, nos genera un ahogo que se torna irrespirable. Todos esos síntomas que se vinculan a la salud mental en muchos casos -como el mío- no pueden ser abordados porque (¿adivinen qué?) dejamos de ir a terapia porque no tenemos plata para pagarla. Hasta eso se convirtió en un lujo. Vivo/vivimos con la calculadora en la mano, sacando cuentas. Es agotador.
Las crisis y yo
En 2001, mientras saqueaban supermercados y despensas a unas cuadras de mi casa, en un barrio de clase media baja trabajadora -pero también con mucha delincuencia- yo iba a mi segundo año de facultad, mi madre tenía dos trabajos, no pagaba alquiler porque vivíamos con mis abuelos y nunca me faltaban los platos de comida en la mesa. Entonces, esa crisis que veía por la tele, de cerca pero de lejos, con mucha angustia y plenamente consciente, no significó en mi vida cotidiana un cambio drástico. Yo vivía con mi familia, no trabajaba, no era yo quien pagaba las cuentas. Era mayor de edad pero, debo admitir, aún no era adulta.
Ya en la “macrisis” fue otra cosa. Yo ya vivía sola, laburaba -con hasta tres y cuatro trabajos precarizados en simultáneo- y, aunque mi papá se encargaba del alquiler, mis múltiples sueldos tampoco me garantizaban llegar a fin de mes. Pagaba mes por medio las cuentas, me endeudaba con una extensión de la tarjeta de crédito de mi mamá y comía fideos con salchichas (ambos productos de tercera o cuarta marca). No sé si es que era más joven y le tenía menos miedo a la vida y a todo, pero no me generó tanta angustia ese momento como este que estamos atravesando.
Sí, debe tener que ver con que ya me recibí de adulta, con que ya no está mi viejo para “soplarme el culo” y darme unos mangos extras que, aunque hacía rato ya no necesitaba, yo sabía que él estaba ahí por las dudas ante una emergencia. Esta vez es peor, porque ya pasé los 40, no tengo vivienda propia y mi sueldo como empleada pública se termina -con suerte- el 10, luego de pagar el alquiler, las expensas y algunas otras cuentas.
Si bien me siento lejos, muy lejos, del final de la vida a las chances de crecimiento, sí, las veo cada vez más lejos. Me siento un conejo en una rueda persiguiendo una zanahoria. Hay otres amigues que tienen otra realidad: que sí llegan a fin de mes, que viajan y se dan gustos, que tienen vivienda propia y que también eligieron otros caminos profesionales. Les que tienen mi misma situación deben elegir si pagar su psicólogo o el de sus niñes, sufren ante cada actualización o renovación del alquiler, agarran laburos que nada tienen que ver con lo que estudiamos y se las rebuscan como pueden con sus compañeres de vida, estirando el mango hasta el final, hasta volverlo casi un chicle.

Cuando todo pase
Creo que lo que más me angustia no tiene que ver sólo con el tema de la guita. Aunque eso me cuesta horas de sueño y de laburo extra, yo todavía “estoy bien”. Sigo pagando mis cuentas y tengo para comer. Escribo estas palabras desde la comodidad de mi cama mientras miro por la ventana el cielo gris, no le debo plata a nadie -bueno, si, a mi compañero. Pero él no es el FMI, así que me quedo tranquila-. Todavía puedo “surfear la ola”, cito otra vez a mi querida amiga. Lo que me duele a límites insospechables es todo lo otro, qué pasará después, cuando pase una crisis más en Argentina. Y cuando hablo de “lo otro” es de la crueldad que baja desde el poder más alto, del odio instaurado, de la batalla que estamos dando quienes salimos a la calle en cada marcha.
¿Qué pasará cuando termine? Parece ilógico volver a luchar por cosas que ya estaban establecidas y que no tenían discusión, como la educación o la salud pública. Ni hablar de los derechos de las mujeres, que cada día están más vapuleados desde los estados nacional y provincial. Me asusta mucho que cagar a palos a un viejo no genere bronca en una parte de la sociedad. ¿En qué se están transformando? En las mañanas cuando voy a laburar, en las pocas cuadras que hago hasta llegar a mi trabajo, veo cada vez más gente durmiendo en la calle. Pienso: ¿me estoy quejando y amargando por lo que me toca?
Entonces, en la cadena interminable de WhatsApp con la gente que amo siempre hay palabras de aliento, de afecto, de sostén. “Yo te presto si no tenés”, “andá igual, que yo te doy”, “avisame si necesitás plata” (como me decía mi papá). En medio de tanta desolación surgen, como flores en la caca (y me disculpan la analogía pero eso siento de los tiempos que corren), los abrazos y el sostén. Entonces, veo la luz al final del túnel y siento renacer mi esperanza. “Todavía nos quedan nuestras redes de afecto, tenemos que sostenernos entre nosotres, ya va a pasar”. Que no parezca poco porque es muchísimo.

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