Están diciendo que Argentina es un país racista. ¿Pero quiénes lo dicen, por qué y qué significa realmente serlo en Latinoamérica? A la gran mayoría nos duele esa acusación, más aún viniendo de países vecinos y hermanos. Entre todo lo que se dijo durante el Mundial, esas críticas no solo se sintieron injustas o sobredimensionadas: tocaron una pregunta incómoda sobre quiénes somos y sobre quién tiene el poder de definirnos.
Victoria Carballo

A partir de nuestra participación en el mundial, los medios de comunicación y las redes se llenaron de publicaciones intentando responder si Argentina es o no un país racista. Aparecieron mensajes de países que no querían que la Selección ganara pero también otros tantos que expresaban afecto, admiración y apoyo a Argentina. Como suele ocurrir, los mensajes de odio son más pregnantes, provocan más reacciones. Además, el fútbol y las redes son tierra fértil para la polémica. Sin embargo, el cariño también apareció e insistió: "Yo fui a Argentina y me trataron muy bien", "me encanta su cultura", "quiero que gane Sudamérica".
La colonialidad que persiste
En Argentina, "n*gro de mi*rd*" sigue siendo un insulto peligrosamente frecuente. "Bolita", "paragua" o "peruano" muchas veces dejan de ser gentilicios para convertirse en descalificaciones. Alberto Fernández llegó a afirmar que "los mexicanos salieron de los indios, los brasileños de la selva y los argentinos de los barcos". Y todavía persiste la idea de que somos el país "más europeo" de América Latina.
No son hechos aislados. Hablan de un imaginario social construido históricamente. El sociólogo peruano Aníbal Quijano llamó a este fenómeno colonialidad del poder, es decir, la persistencia de una forma de organizar el mundo heredada de la conquista y la colonización. Aunque América Latina se independizó políticamente durante el siglo XIX, muchas de las jerarquías construidas por el orden colonial siguieron intactas.
En Argentina, el racismo fue uno de los componentes ideológicos que legitimó la llamada “Conquista del Desierto” encabezada por Julio Argentino Roca entre 1878 y 1885. La idea de un "desierto" permitió invisibilizar a los pueblos originarios y justificar la ocupación militar de sus territorios. Ese proceso formó parte de un proyecto de construcción nacional de las élites gobernantes que aspiraba a una Argentina moderna, blanca y europea, y concebía a los pueblos indígenas y afrodescendientes como un obstáculo para la modernización.
La propia narrativa oficial contribuyó a instalar la idea de que "en Argentina no hay negros" o de que los pueblos originarios pertenecían al pasado, borrando su presencia y su aporte a la historia del país. Y, más tarde, se colocó en el mismo lugar relegado a ciertos grupos migrantes de otros países latinoamericanos. Aunque la Argentina siempre fue mucho más diversa que ese relato, ese proyecto dejó marcas profundas en la manera en que aprendimos a pensarnos como nación.
Desde esa perspectiva, la idea de que Argentina es "el país más europeo" de América Latina puede leerse como una aspiración construida históricamente. No es casual que todavía aparezca como un motivo de orgullo. Esa manera de narrarnos es también una expresión de la colonialidad. Cuanto más cerca de Europa nos pensamos, más nos alejamos del resto de América Latina.
Reconocer todas estas complejidades de nuestra historia no significa afirmar que los argentinos seamos, por definición, un pueblo racista. El racismo no es una característica esencial de un pueblo, sino una estructura histórica vinculada a la colonialidad, cuyas formas varían según cada sociedad. Para Quijano, la idea de "raza" fue uno de los instrumentos que hicieron posible esa organización desigual del poder, la explotación y la apropiación de los territorios. Por eso el racismo, más que un insulto, es una forma histórica de distribuir privilegios, derechos y reconocimiento.
La alienación detrás de la “excelencia blanca”
No deja de ser significativo que las acusaciones de racismo surjan en un contexto actual donde nuestro país está gobernado por una derecha que se muestra dispuesta a subordinarse a los deseos estadounidenses y que cuestiona las políticas de igualdad, los consensos construidos en torno a los derechos humanos y el reconocimiento de las diversidades que habitan la Argentina. Debilitar las políticas orientadas a reducir desigualdades y garantizar los derechos humanos implica, también, debilitar las herramientas con las que una sociedad busca reparar las violencias heredadas de la colonialidad.
Agustín Romo, presidente del bloque de La Libertad Avanza en la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires compartió en redes: “conquistado por la excelencia blanca… otra vez”, en relación al triunfo de la Selección Argentina contra Egipto. Me permito pensar que esa expresión del racismo en Argentina también puede entenderse como una forma de alienación. Si el capitalismo necesita fragmentar a quienes comparten condiciones de explotación, las jerarquías raciales funcionan como un mecanismo eficaz para impedir que los latinoamericanos nos reconozcamos como iguales. La promesa de pertenecer a un grupo "superior" (más blanco, más europeo, más civilizado) ofrece un privilegio simbólico que muchas veces reemplaza derechos materiales que nunca llegan.
A la derecha argentina le sirve porque con ese discurso prepara las bases para la continuidad de la subordinación por otros medios. Tal vez por eso sea necesario escuchar ciertas críticas que nos hacen desde otros países latinoamericanos. Y que no nos confunda esta derecha aspiracional: las mayorías latinoamericanas (de las que somos parte) pertenecemos a la clase trabajadora.
¿Quién gana cuando nos enfrentamos?

Ahora bien, siempre que el odio hacia un grupo nacional o étnico se convierte en tendencia es importante preguntarse a quién beneficia esa construcción. No se trata de negar las formas de racismo presentes en Argentina, pero sí de advertir que las narrativas nunca son neutrales. Cuando una sociedad queda reducida a un único rasgo moral, deja de ser vista en toda su complejidad.
Esta ola de repudio hacia Argentina surge al mismo tiempo que avanza la derecha en muchos países de América Latina, no solo en el nuestro. Como la famosa frase imperialista “divide y vencerás”, una Latinoamérica dividida es mucho más fácil de gobernar.
Además, nuestra propia historia ofrece numerosos ejemplos de cómo la deshumanización de determinados pueblos precedió procesos de violencia, ocupación o exclusión. En un principio, los pueblos originarios fueron presentados por muchos colonizadores europeos como "salvajes", "incivilizados" o incluso como seres sin alma. Esa representación legitimó la conquista, el despojo territorial, la esclavitud y el genocidio.
Ahora traigamos esto a la actualidad: luego del triunfo de la Selección española, la revista The New Yorker titula “El método vence a la locura en la final del Mundial". Se vuelve a presentar a un pueblo latinoamericano como los locos, los incivilizados.
Dos conductores de GB News, un canal de televisión y radio británico, dicen entre risas que festejamos el triunfo contra Inglaterra de esa manera porque ninguno de nosotros tenemos trabajo, que el fútbol es lo único que tenemos y que ellos sí tienen otras cosas que festejar. Toman el fútbol como una excusa para reírse de nuestras crisis, como si Inglaterra no fuera parte de los países colonialistas que surcaron el camino de la subordinación económica de América Latina en primer lugar.
Y al mismo tiempo, los medios de comunicación más influyentes del mundo se llenan de discursos de odio hacia Argentina por señalamientos de racismo. Se nos ríen, nos tratan de pobres y de bárbaros, y al mismo tiempo, de racistas.
Pero ¿qué significa acusar de racista a un país latinoamericano, pobre, subdesarrollado (categorías que también son de ellos…) desde el norte?
La antropóloga argentina Rita Segato insiste en que América Latina necesita pensarse con categorías nacidas de su propia historia y no únicamente con conceptos importados desde los centros de poder. Pensarnos desde el Sur, dice Rita, implica dejar de aceptar pasivamente las identidades que otros construyen sobre nosotros y producir nuestras propias preguntas, nuestras propias palabras y nuestras propias formas de comprendernos. Una de las tareas de este debate es no responder simplemente a la pregunta de si somos o no racistas, sino preguntarnos quién define lo que somos y desde dónde se construyen esas definiciones.
¿De qué racismo estamos hablando?
Resulta paradójico que muchos discursos de odio hacia Argentina provengan de un país como Estados Unidos o países de Europa, cuyas historias están profundamente marcadas por el racismo. La esclavitud de millones de personas africanas, el exterminio y despojo de los pueblos originarios, casi un siglo de segregación racial legalizada tras la abolición de la esclavitud y las persistentes desigualdades que aún afectan a la población afroamericana muestran que el racismo no fue un fenómeno marginal, sino un componente estructural en la construcción del Estado estadounidense.
Y en el caso de Europa, su expansión colonial se sostuvo durante siglos sobre la idea de una supuesta superioridad racial y cultural que justificó la conquista, la esclavización de millones de personas africanas y la explotación de territorios en América, Asia y África. En el siglo XX, esa lógica encontró una de sus expresiones más extremas en el nazismo. En la actualidad persisten formas de discriminación hacia personas migrantes, comunidades afrodescendientes y otros grupos racializados.
Entonces, ¿cómo es que determinados centros de poder construyen la legitimidad para señalar el racismo ajeno mientras invisibilizan sus propias estructuras raciales? Al parecer, la colonialidad también organizó quién tiene autoridad para producir conocimiento sobre los otros. Durante siglos Europa describió América Latina. La clasificó, la explicó, la juzgó. Seguimos siendo objeto de sus denominaciones.
Al hablar del racismo en Argentina, tanto desde Estados Unidos como desde Europa, parecen más preocupados por el campo de lo simbólico que por la práctica política racista. Nos corren con los modos, con que no tenemos clase.
Lo repito, los argentinos sí tenemos clase: la clase trabajadora.
Revisarnos sin dejar de sentir orgullo por nuestra patria
Me animo a pensar que una enorme mayoría de los argentinos no queremos ser un pueblo racista. Tampoco queremos que nuestros hermanos latinoamericanos nos odien. El desafío no es elegir entre negar el racismo o aceptar sin resistencias las categorías que producen otros. El desafío es revisar críticamente nuestra historia desde preguntas nacidas en América Latina.
No necesitamos defender una identidad perfecta. Necesitamos construir una identidad más honesta. Una que pueda reconocer sus contradicciones sin quedar atrapada en ellas. Podemos estar orgullosos de nosotros mismos y también podemos ser críticos y mejorar lo que necesitamos mejorar.
Podemos reconocer que en Argentina existen prácticas y discursos racistas. Podemos discutirlos y transformarlos. Podemos entender que la derecha argentina que nos dirige continúa exaltando esta identidad blanca que de ningún modo representa la diversidad que tiene nuestro país pero sí hegemoniza discursos y justifica políticas de desigualdad.
Y también debemos rechazar que esa discusión se convierta en xenofobia o en una excusa para alimentar el desprecio entre los pueblos de América Latina, que compartimos una misma historia de colonización, dependencia y desigualdad.
No somos europeos. No somos yankis. Somos argentinos y somos latinoamericanos.
Como escribió Eduardo Galeano, América Latina sigue siendo un territorio atravesado por viejas (frescas) heridas coloniales. Y para atravesar esas heridas es necesario entender quiénes se benefician cuando dejamos de reconocernos como iguales. Quizás uno de los aprendizajes más valiosos de esta discusión sea mirarnos con espíritu crítico sin dejar de estar orgullosos de nuestra patria y reconociéndonos como parte de una misma historia latinoamericana.

Es Licenciada en Comunicación Social y Especialista en Salud Mental Comunitaria. Escribe, saca fotos y colabora en las producciones audiovisuales.
