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Los soldados suicidas

Entre el 16 de diciembre y el 20 de enero cinco oficiales de las fuerzas armadas se quitaron la vida. ¿Qué hay para pensar desde los feminismos y la salud mental en torno a esto? Conversaciones con un militar y una mirada clínica sobre las paradojas de la sexualidad masculina.
Victoria Stéfano
Autora: Carolina Robaina

El soldado vio el nombre de mi cuenta en Instagram en el perfil de la app de citas y se mandó a hablarme directo por ahí. La conversación fue de lo más común, con un poco de love bombing.

Aún con mis dudas de que fuera una célula de inteligencia nacional, nos vimos. Nos juntamos en mi casa, como hago con todo lo que quiero liquidar más o menos rápido. Comimos sanguchitos y tomamos sidra, 25 de diciembre, mientras hablábamos y nos conocíamos mejor.

El intercambio se volvió inusualmente profundo. De anécdotas de accidentes de trabajo pasamos a por qué se están matando en servicio. Y eso abrió un mundo.

Entre el 16 de diciembre del año pasado y el 20 de enero de este año se conocieron cinco suicidios entre varones integrantes del Ejército Argentino.

Entre quienes se quitaron la vida, cuatro tenían en su mayoría entre 20 y 30 años: R. A. G.; D. M. K.; F. G. L.; quien se encontraba cursando una licencia psiquiátrica y había sido denunciado por su pareja por violencia de género y T. R.I.. El único adulto de mediana edad fue J.P..

Frente a la situación, desde el Ministerio de Defensa se impulsó un convenio con el Ministerio de Salud, y difundieron un audiovisual realizado por especialistas en salud mental para identificar y gestionar las situaciones de riesgo.

Puede que no sea la mejor respuesta de todas. Pero hay más preguntas por hacer. ¿Quiénes integran el Ejército? ¿Qué hay de la hipermasculinidad de esa institución? ¿Qué podemos leer desde una mirada feminista?

De nuestras conversaciones con el soldado salieron algunos puntos interesantes que le pedí permiso para reflejar en esta nota.

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Una mirada desde adentro

El primero de esos puntos que me quedó claro es que, al menos desde su perspectiva, el servicio militar aparece como una gran opción para jóvenes que no logran insertarse establemente en otros mercados laborales y que desean esquivar la criminalidad como salida económica.

Como plus inmediato, el estatus de mano de obra de Defensa les permite a acceder a tomar deuda en pos de garantizarse lo único que pueden en este momento para cumplir con el mandato de éxito masculino: un vehículo.

En detrimento de la posibilidad de irse a vivir solos y acceder a una vivienda propia, el vehículo aparece como un símbolo de estatus homopornográfico que para nosotras es incomprensible. Y trae aparejada deudas infinitas.

"Si yo saco un préstamo de cinco palos para comprarme el autito ahora, tengo que pagar 180 lucas por 7 años. 610 lucas es el sueldo de un ingresante. No te podes ir a vivir solo, vivís con tus viejos y te compras el auto. Vivís para trabajar y trabajas para pagar deudas. Y con el auto podes hacer Uber o Didi, te rescata. No es mucho, pero tenes que hacer algo más".

La ecuación parecía bastante simple. Lo que los mata es el crédito.

Otro punto fue la mecánica particular del Ejército como institución. Hay una escisión entre la vida civil y la vida en servicio. Y el discurso imperante es que nada de tu vida civil es tan importante. Ni parejas, ni familias, ni emociones.

"Y a veces te convences de que es así. Que nada es tan importante afuera. Pasas a ser como un robot. Lo único importante es tu vida adentro. Así perdí muchas cosas".

El soldado tenía una familia propia. Una hija y una mujer. Tenía. Ahora solo queda una hija. Relata sus otros fracasos emocionales culpando un poco a la escisión que le supone su trabajo. Sufre en voz alta no poder involucrarse.

"¿Para qué o qué?" se pregunta. Le respondo que quizás para que algo le recuerde que la vida más importante está afuera, que es un humano vulnerable, finito. Que siente. Que duela. Que vive. Lo veo morderse los labios para contenerse. Los ojos se le empapan. Se queda en silencio.

Él se percibe como un gólem, yo apenas veo un pibe de 25 años partido.

Me cuenta que estuvo yendo a terapia un tiempo por hipersexualidad, que es, básicamente, una compulsión sexual. El tratamiento desembocó en sostener rutinas que le permitan pensar en otras cosas.

Pese a que relató cómo esta situación le suponía problemas en distintos ámbitos de su vida a mí me pareció el menor de sus problemas. Aunque es cierto que como adicción tiene sus propias características la terapia se terminó inmediatamente en cuanto el cuerpo retornó su estado funcional.

Eso es la salud mental en ámbitos laborales, apenas funcionalizar la maquinaria.

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Paradojas

¿Es posible leer la intersección entre la precariedad de la vida en estas instancias del capitalismo en relación a las normas sobre las que se erige la masculinidad?

La psicóloga y socióloga Silvia Bleichmar en Paradojas de la sexualidad masculina (2006) describe el paso a la masculinidad como los ritos que hacen hombres, para otros hombres.

Podríamos bien reducirlo a la tensión homosexual y hacer la vuelta fácil. Pero de hecho Bleichmar desanuda esa cuestión y dedica varias páginas a desajustar el simplismo de esa afirmación para describir, a través de modalidades culturales totalmente distintas, el pasaje ritual a la masculinidad y cómo esos ritos se componen de una serie de elementos que cobran significado en lo que hoy bien podríamos definir como manosfera.

Los hombres se hacen hombres para otros hombres rechazando la infancia y la feminidad, y su enorme conjunto de vivencias y opciones, que se sinonimizan semánticamente como territorios de posesión. Allí una de las grandes paradojas de la masculinidad.

Los hombres no tienen dueños, pero son presos de una serie de mandatos donde el status de hombre siempre es pasible de ser perdido por no cumplir los requisitos.

No poseer cuerpos feminizados y cierta riqueza o valor social en forma de acumulación de capital los vuelve virtualmente vulnerables a ser degradados de su grado de hombre para ser posesión de otro hombre. Es una guerra silenciosa por mantenerse en la línea de poseer y no ser posesión.

Los entrecruzamientos entre género y capitalismo en este orden de análisis, y sus implicaciones subjetivas e inconscientes, son imposibles de esquivar.

El fatalismo heterosexual es la evidencia más concreta de lo irrealizable del proyecto de masculinidad del siglo pasado.

El éxito del modelo neoliberal, con la consecuente destrucción del productivismo, y la extrema tensión que supone la falacia hipermasculina digital, exacerba la fragilidad del mito del macho alfa y los varones caen en el saco roto de la pérdida de identidad.

La combinación de factores redunda en un sinsentido donde hay expectativas imposibles y recursos escasos para la realización del destino impuesto. El ritual es imposible de cumplir, porque la masculinidad, innegablemente, se volvió inviable.

En esa desidia de proyecto aparece la muerte.

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Una perspectiva clínica

Micaela Canavese es licenciada en psicología, psicóloga clínica y profesora universitaria. Para pensar los suicidios se encuadra en la perspectiva del sociólogo Émile Durkheim, quien los analiza como no sólo una iniciativa personal, sino como un hecho social.

Como explica Canavese, esto implica, como punto de partida, "no quedar circunscritos en el análisis en pensar que esos individuos, esas personas, sólo tuvieron algún motivo particular para hacerlo. Seguramente también, porque es necesario para que se produzca un suicidio que haya un motivo personal subjetivo. Pero es necesario que pongamos en contexto este hecho entendiéndolo como un indicativo de toda una población".

Esta población comparte características. Pertenece a determinado sector social. franja etaria, cultura, zonas de residencia o, como en estos casos específicamente, su trabajo.

A fines de pensar esta realidad, la profesional suma un dato que amplía la perspectiva y problematiza en contexto al común las instituciones hipermasculinizadas: las renuncias en el sistema penitenciario de la provincia.

"Desde hace un tiempo a esta parte se produjeron muchas renuncias, que bueno, obviamente, ante un suicidio es mucho más saludable. Pero ahí la invitación sigue siendo volver a preguntar qué está pasando en las fuerzas que se están produciendo estas renuncias y cuando no, se cometen suicidios".

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Clave género

Estrictamente en relación a la lectura de género, la profesional cita los datos de organismos internacionales. Estadísticamente hablando los varones se suicidan más que las mujeres, y aunque la construcción estadística es por lo general binaria y deja por fuera muchas otras identidades de género, sostiene que "es interesante considerarla porque de acuerdo a las mismas estadísticas en la realidad no es que los varones padezcan más que las mujeres".

En el mismo sentido revela que, por el contrario, en lo que tiene que ver con la depresión, es el género femenino el que más diagnósticos recibe.

¿Cuál es la diferencia entonces? ¿Por qué si las mujeres son quienes tienen más depresión los varones se suicidan más? En la discordancia entre datos entra un factor específico, indica la profesional, que es el de la decisión. Mientras las mujeres buscan acompañamiento, los varones deciden directamente atentar contra su vida.

"Es una decisión contundente, tajante y que no tiene vuelta atrás", dice Canavese. "Esto sumado a lo que veníamos diciendo del suicidio como un hecho social más la construcción del género en torno a la población, a la profesión, nos lleva a pensar que quizás hay algo de esa masculinidad construida en torno a la fuerza que es lo que está llevando a que los varones que se han suicidado no encuentren otra salida más que esa. La propia muerte".

"Es interesante poder pensar este emergente de salud mental en clave de género como una categoría de construcción social y cultural, donde Silvia Bleichmar, Rita Segato, Diana Maffía, Dora Barrancos, Judith Butler y tantas otras han teorizado sobre este tema y nos han dicho que el sexo con el que uno o una nace no es determinante de la identidad de género que esa persona construye en en función de estas atribuciones, de la crianza, de los estereotipos. Y al ser una construcción identitaria es algo que se da en interacción con una sociedad, en interacción con otros significativos, con una familia y con otras actores y actrices sociales. En este sentido poder pensar, entonces ¿cuál es el estereotipo de varón que habita las fuerzas?", reflexiona.

Autora: Priscila Pereyra

¿Quiénes son son estos varones?

Parada desde esos puntos analíticos Canavese pregunta: "¿Cómo se han constituido estas masculinidades para que tomen estas decisiones?". Desde la asignación del azul hasta la prohibición tácita de llorar, la masculinidad habita un lugar social donde la expresión se amputa a través de sanciones sociales.

"El varón que llora es el varón que no se la banca, es el varón que es un maricón y esto lo hemos escuchado en las mesas familiares en las juntadas de entre amigos y amigas. Estas nociones circulan. Y cuando esto circula, no lo hace de manera inocente como un comentario más, sino que se va constituyendo como un deber ser para esas identidades en construcción. Entonces, la masculinidad más hegemónica, más normativa, es una masculinidad que no llora, es una masculinidad que tiene que ser sostén. Sostén de familia, de hogar, económico. Es esa masculinidad que tiene una afectividad negada, cuando sabemos que no es así, sino que está negada para poner en palabras".

En esos términos, el varón hegemónico no puede hablar de lo que siente, no puede expresar libremente qué es lo que le pasa en términos emocionales y sentimentales y, de hecho, el varón que lo hace también recibe sus etiquetas que lo degradan de su estatus.

"Se crea como esta imagen de varón todopoderoso, pero claro, hay situaciones de vida que lo avasallan. Y cuando ante la imposibilidad de poder decir qué es lo que lo está avasallando, deviene por consiguiente la imposibilidad de pedir ayuda. Entonces ahí es cuando el suicidio se ofrece como una solución fácil y efectiva a estas situaciones" dispara la profesional.

"Obviamente que cuando hablamos de suicidio no estamos hablando de la solución de nada, sino que estamos hablando de una situación de salud mental muy compleja. Esta cuestión de 'si yo no puedo ser este varón, no puedo ser ninguno'. Entonces, ahí el suicidio aparece como la la forma en que estos varones terminan con estos estereotipos que no pueden sostener", desanuda.

A esto Canavese también suma un contexto social y económico complejo, donde las fuerzas de Seguridad y Defensa, ámbitos masculinos por excelencia, están atravesados por la precarización laboral y económica. "Entonces volvamos a este varón que todo lo puede, que tiene que ser sostén y sustento. Cuando se ve en una situación económica difícil son otros agravantes que llevan a que este varón hegemónico no encuentre otra forma de ser varón y entonces recurra a la inexistencia".

De esto se trata el feminismo, ¿sí?

Muy contrariamente a los estereotipos que también nos caen a las feministas, "pensar en el padecimiento de los varones ante los suicidios en las fuerzas es feminista", insiste Canavese. "Porque justamente los feminismos lo que nos traen es la posibilidad de vivir en condiciones de igualdad. No es seguir determinando cómo cada quién tiene que ser".

El feminismo en ese sentido, dice, "viene a liberarnos un poco de todas esas imposiciones sociales y culturales que tanto a varones y a mujeres nos caben. Que obviamente para las mujeres fueron mucho más opresivas porque nos han quitado el acceso a muchísimos derechos y esa discusión ya la hemos dado y es claro, pero también me interesa que podamos comprender que el feminismo también es esto, también es poder leer un hecho de varones con perspectiva de género".

Para la licenciada "las lecturas feministas de estas situaciones nos pueden ayudar a construir más salud mental, porque si entendemos que ser varón no es de una sola forma y que puedo ser un varón, pero no necesariamente ser el todopoderoso y puedo expresarme y puedo pedir ayuda, ahí estamos construyendo salud mental".

"Es un anclaje de esta liberación, de tener libertad de hacer y estar en este mundo, sea de la Fuerza o sea de cualquier otra profesión o de cualquier otro grupo social o cultura. Me parece importante poder remarcar que el feminismo también está preocupado por cómo estos varones en silencio terminan en suicidios, digo, con su propio móvil, pero que son muertes también patriarcales", concluye.

El feminismo es, a secas, un horizonte de ideas para la preservación de la vida.

Centro de Asistencia al Suicida (CAS): 
(011) 5275-1135 (desde todo el país). 
También se puede recurrir a la 
línea de Salud Mental 0800-999-0091.