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Se aprobó el Presupuesto: unos ajustan, otros callan

El Presupuesto 2026, aprobado ayer en la Cámara de Senadores, profundiza el endeudamiento para obra pública mientras reduce la inversión en políticas de género, salud mental y derechos humanos en Santa Fe. Un análisis desde una perspectiva feminista sobre el poder, el silencio político y el rol del periodismo.
Victoria Stéfano
Autora: Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0

Ayer, en la Cámara de Senadores de Santa Fe, se aprobó  por unanimidad el Presupuesto provincial 2026. El texto tiene ejes programáticos que marcan las áreas de interés de la Provincia en cuanto a inversión, como seguridad.

Entre otros puntos habilita la toma de mayor endeudamiento para obra pública e intenta llenar sin cuestionamientos el vacío que dejó la retirada de Nación. Y es optimista respecto de la gestión económica de Javier Milei para el año que viene.

Aunque el tratamiento en la Cámara de Diputadas y Diputados del jueves pasado dejó ver algunas grietas.

Ajuste en género, salud mental y derechos humanos

Es un presupuesto que pierde en inversión en políticas contra la violencia machista, que mató 27 mujeres en la provincia de Santa Fe en lo que va de este año.

También se ajusta en políticas de salud mental, que podrían ofrecer algún tipo de respuesta contra los 150 suicidios ocurridos solo en el departamento La Capital hasta principios de diciembre, según relevó la Fiscalía Regional de Santa Fe.

Tampoco se salvan los derechos humanos, que no es otra que la política destinada a buscar a nuestras pibas cuando desaparecen. Una política del gobierno de Santa Fe directamente inexistente.

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Periodismo, poder y perspectiva feminista

Cuando se trata del poder raramente se hacen las preguntas incómodas en escenarios como los de ayer. Está la barrera de los propios comunicadores que trabajan para los legisladores que operan como escuderos de lo que no se quiere o no se puede responder.

Después la de los periodistas falderos del poder, que se anquilosan en esos espacios por años, sonriéndole al senador de turno, sin disparar el más mínimo dardo. No vaya a ser que en la próxima sesión el legislador no se nos desarme en respuestas perfectamente coucheadas de bótox.

Y, por último, la de ser quien ponga esas voces incómodas sobre la mesa. Adoptar una perspectiva feminista sobre la realidad no se trata de contar y volver a contar femicidios. Se trata del interés común. De producir un diálogo que dé cuenta no solo un relato de realidad, sino la fiscalización del poder. Y eso a veces es un trabajo en soledad, pero también de insistencia. Y por qué no, de furia.

Objetividad, para quién

Existe una idea aceptada mayoritariamente sobre que el profesionalismo exige una asepsia emocional, una escisión entre objeto y sujeto. Pero quienes hacemos esto y tenemos algo de sangre en las venas todavía, sabemos que tal separación no existe.

hay maneras de acercarse más o acercarse menos a ser un triste reproductor del discurso del poder, una caja de resonancia de la pauta, un mono más del palacio.

Pero eso implica una desconfianza de la palabra del otro. Dejar de juntarse a jugar al fútbol con el frente gobernante, y acordarse que uno, una, es también un trabajador, como todos esos y esas que transpiran bajo el sol todos los días haciendo de esta nación algo más que un conjunto de señores que toman decisiones que siempre los benefician a ellos mismos.

Y que, fundamentalmente, aunque nos sonrían, nos inviten a sus brindis y nos regalen una lapicera o un neceser el Día del Periodista, nosotras y nosotros no somos del conjunto de esos señores.

A veces la tarea no implica simplemente encontrar las respuestas, sino no encontrarlas. Fiscalizar no implica más que ser quien observa con un ojo que incomoda, que desconfía, que ausculta el discurso y la práctica pública.

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Cuál es nuestro lugar

El pensador Teun Van Dijk sostiene, oportunamente, en "Discurso y poder" el rol que cumplimos como parte de la maquinaria de producción del sentido y nos estimula a adoptar la perspectiva crítica. Ello supone ponerse en el lugar de los que sufren el abuso del poder y mirar desde allí cómo se tejen las relaciones sociales, cómo se forman esferas cerradas sobre sí, y el lugar que ocupamos en reproducir o denunciar esas condiciones.

Él lo dice mucho más académico, claro, pero para mí, y me atrevo a decir que también para algunas colegas que admiro profundamente, simplemente basta, sin más, dejar de esperar la aprobación del poder y de bailar frente a los cortesanos como perros adiestrados.

Si no se puede escindir lo emocional de la construcción de sentido, la perspectiva feminista nos invita a, por lo menos, escindirla del poder. Devolver la propiedad de nuestras emociones a los dominados, romper las relaciones carnales con la hegemonía.

Denunciar la inequidad, el desfinanciamiento, la desigualdad, convertirnos en la de las preguntas incómodas en las ruedas de prensa, ser las que encaran los datos desagradables y lo ponen frente a los ojos de los que toman decisiones sobre esas vidas. Ser las pesadillas del poder.