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Dolis Méjico: dar espacio y humanidad al ballet

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El ballet es una disciplina artística que, con aspirantes en su mayoría mujeres, va dejando afuera en el camino a muchas de ellas. Malos tratos en la enseñanza, disciplina estricta, horas de práctica extenuantes y pocos escenarios para tantos deseos. En Santa Fe se suman algunos otros inconvenientes. Dolis Méjico es bailarina, coreógrafa, maestra y después de décadas en el medio sigue lamentando cada despedida.  “Ojalá la vida me de años para poder ver una compañía santafesina en la que nuestros bailarines tengan su lugar para trabajar”.
Julia Porta
Autora: Gabriela Carvalho / Periódico Pausa

Dolis Méjico se define como una artista itinerante y curiosa. “Todo el tiempo me estoy haciendo preguntas: sobre la danza, la enseñanza, tal o cual técnica, cómo hacer mejor las cosas o preparar un espectáculo”. Inmersa en la danza clásica desde muy chica, señala que no tuvo “una línea derecha de estudio" y que fue "por distintos lugares”. La búsqueda la enfrentó al mal trato, despertó su rebeldía y alimentó más búsquedas. Vivió en Buenos Aires y en Barcelona, hubo momentos de quiebre pero también de renacimiento. Desde hace años da clases en Santa Fe, una ciudad que tiene, además, sus propios desafíos.

Una vocación que es disciplina y estudio

“Mi mamá me cuenta que de muy chiquita quería ir a danza clásica. Tenía cuatro años y en esa época no te aceptaban para ballet. Así que empecé con folklore y a los siete inicié clásico en el liceo municipal”. Dolis cree que en su infancia y adolescencia no le quedó maestra por conocer. “Iba probando. Tomaba clases con una y con otra. Era rarísimo para ese momento y yo lo hacía motu proprio. Quería saber”.

Autora: Gabriela Carvalho / Periódico Pausa

Los años ratificaron esa vocación que ocupa sus días actualmente. “Hubo una sola etapa en que me cansé de la danza aunque en realidad siento que fue un momento malo en mi vida en general. En 2003 me inundé y perdí todo en la casa adonde vivía mi madre. Eso para mí fue durísimo. Tuve un problema de salud derivado del stress de esa tristeza. Terminé internada durante 15 días, me operaron. Estaba cansada de la lucha”. El momento difícil también trajo cambios. Participó en la creación de un espacio artístico y conoció a su actual pareja. “Él me dijo que quería ir a España y yo le dije 'bueno vamos'. 2004 fue la única vez en mi carrera que me tomé un año sabático”. Instalada en Barcelona, poco después retomó la danza de manera ininterrumpida hasta su regreso al país en 2011.

Sobre su formación como maestra, Dolis cuenta: “Estudié docencia en el IUNA (hoy UNA), el Instituto Universitario Nacional de Arte. Viví siete años en Buenos Aires y no fue fácil”. Hace un relato vinculado a la necesidad de trabajar, además de estudiar y de las dificultades del desarraigo a edad temprana. Pero la danza estaba ahí como una meta inseparable de su vida.

Cuerpo, mente y dificultades

“¿Lo malo del ballet? Cuando yo estudiaba había muchas cosas malas, vi situaciones muy feas en las aulas. Maestras que a ciertas alumnas por no tener condiciones o lo que ellas creían que era tenerlas ni siquiera las miraban. Ignorancia total”. Ante eso, cuenta que ella era rebelde. “Yo iba con una maestra con la que siempre me peleaba y cada tanto me echaba. Un día me dijo: 'vos no sigas insistiendo con el ballet porque nunca vas a ser bailarina clásica. No tenés elongación'. Entonces yo pensé: Ok, ¿no tengo elongación?, voy a buscar el mejor maestro de elongación del país. Y lo encontré”.

Cuenta que en el maestro, además, halló buen trato y respeto. “En un año avancé lo que no había hecho en cinco en Santa Fe. ¿Por qué? Porque el trato y el vínculo que tenía con el docente me relajaba y eso hacía que toda la información entrara a un cuerpo relajado. Antes había trabajado tensa por eso la falta de elongación. Tiene mucho que ver la mente con la musculatura”.

Eso fue una doble enseñanza para ella. Como alumna y, más adelante, como docente. “Hay que asomar la cabeza más allá de acá para ver que esos modos ya no cuelan. Hay comentarios, formas, palabras que no hacen falta. Además, la comparación que algunas docentes generan entre alumnas se refleja en la competencia y falta de compañerismo entre ellas. Pero creo que algo está cambiando”.

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La mirada de la maestra. Gentileza: Dolis Méjico

Sin embargo, hay algo intrínseco al ballet y a sus escenarios que parece dejar a muchas personas afuera. “La danza clásica es elitista desde que se creó. Hay figuras que lo han popularizado como Julio Boca o Marianela Nuñez pero los grandes escenarios siguen siendo difíciles. En la audición para el Teatro Argentino de La Plata se anotaron casi 400 personas y fueron filtrando ya en la barra. Ni siquiera terminaban la clase. Los varones la tienen más fácil. En el Colon había 250 postulantes mujeres y 15 varones de los que entraron 9”.

Mucha demanda, pocos lugares y en Santa Fe -a diferencia de otras provincias- ausencia de una compañía oficial. “El gran problema en Santa Fe es que ningún color político apuesta a tener un cuerpo estable de ballet”. Dolis comenta que tampoco se programa danza y que un evento de importancia como el Danzar Santa Fe este año contó con solo dos días de teatro cuando en su primera edición tuvo diez. “Después están las compañías independientes como la mía (Ouvert), las de Cecilia Romero Kucharuk. la de la Urdimbre, el ballet Martin Fierro y otras. Hay hermosas compañías, pero sin apoyo se hace difícil sostenerlas".

En camarines. Gentileza: Dolis Méjico

Actividad que sana

Al momento de iluminar el tema con los aspectos positivos, Dolis no duda y es muy enfática. “Como las artes en general, la danza tiene que ver con la sanación personal en todo sentido. Si la entendés bien, es una profesión que viene a tu vida a salvarte. Al menos es lo que me pasó a mi, principalmente en momentos de turbulencia como la adolescencia”. Cuenta que la danza clásica, bailarla y enseñarla, es hermoso; que el momento de salir al escenario genera una sensación inexplicable. “Para mí es una de las profesionales más lindas que hay. Me da gusto levantarme y venir a trabajar. Atravesar la bambalina es un momento increíble y hoy lo vivo a través de mis alumnas”.

“No tengo grandes aspiraciones personales. Mi vida es la danza y mis sueños tienen que ver con eso. Me gustaría que en Santa Fe haya una compañía profesional y ser una de las maestras preparadoras. Me encanta formar gente”. En este punto, habla sobre la angustia y tristeza con la que queda después de que sus alumnos se van como único camino para vivir la profesión. “No puede ser que no se abrace a los bailarines santafesinos; y lo digo incluso más allá de la danza clásica. Ojalá la vida me de años para ver una compañía santafesina adonde nuestros bailarines tengan un lugar para trabajar como tales. En los últimos tiempos bajé la guardia pero en algún momento retomaré las banderas. No voy a darme por vencida”