El cachetazo del autoritarismo nos templó. Dejamos atrás el idealismo de los buenos años y nos tocó cerrar filas para resistir al embate del odio. Algunas y algunos se bajaron en el camino o se fueron directamente a coquetear con la derecha o alguno de sus tentáculos, jugando al pluralismo y la imparcialidad. ¿Qué va a pasar con esos cuando este monstruo finalmente caiga?

El 10 de diciembre de 2023 el sistema político, social y económico argentino dio un giro de 180 grados. El cambio fue discursivo y concreto, pero ante todo, traumático.
La modificación repentina del mapa de relaciones políticas impactó en todas las formas sociales institucionalizadas. Incluso en nuestros espacios organizativos y sus lógicas.
Entre la unidad férrea y la atomización espasmódica sobrevivimos casi dos años de un gobierno de corte autoritario que cambió el discurso público sobre las mujeres y las diversidades con sus propias palabras.
El embate fue continuo y en in crescendo. Demonización, desfinanciamiento y eliminación. Una y otra vez el ciclo se repitió con cada uno de los bastiones que habíamos conquistado. Mientras la crueldad se convirtió progresivamente en cosa pública.
Pero una arista furtiva de ese fenómeno es cómo nos permitió ver la consolidación de un núcleo duro de los feminismos que cerró filas y se dispuso a resistir, sin medias tintas, los embates del modelo en las calles, en las casas, en las instituciones y en cuanto espacio de debate se consolidó.
Pero también, y como contrapunto, la existencia de una suerte de militancia periférica virtualmente dispuesta a hacer concesiones con el régimen en sus expresiones más o menos duras, a cambio de unos débiles esbozos de pertenencia en las nuevas propuestas de lógicas del poder.
Estamos hablando necesariamente del síndrome de la compañera Lospennato. Casi casi que nada nuevo bajo el sol.
Compañeras que hicieron carrera política con los feminismos organizados hasta llegar a tener un nombre propio, sin ser el reemplazo de este o la segunda en la lista de tal, y que de repente se muestran sin contradicción luchando contra las "falsas denuncias" o firmando comunicados en defensa de imputados y condenados por abuso sexual a nombre nuestro.
O compañeros, que en su afán pluralista e imparcial, prestaron sendas cajas de resonancia al fascismo y sus discursos espantosos innecesariamente.
Compañeras y compañeros que nos dan pie a saber que nuestros años mozos, y la fantasía idealista del futuro plenamente feminista, terminaron. Y que, de alguna manera, el cachetazo de la derecha nos templó.
Hacia adentro la trama edulcorada de sororidades y colaboraciones se convirtió en redes pragmáticas de resistencia, y muy pocas rispideces sobrevivieron a la amenaza ultra.
El movimiento espontáneo y masivo de 2015, arrasador y denunciante de 2018, moralista y sancionador de 2021, maduró, durante los últimos casi dos años, con posiciones férreas y fundamentadas, en la resistencia sistemática a la avanzada ultraderechista junto a otros.
Y con eso también quedaron otras, otros y otres del otro lado de la calle. Esos que eran de nuestras filas pero que ven en la derecha algún lugar donde rascar y se entregan, en una u otra medida, a la corriente.

Suerte que, lejos de tenernos como caso cero, también sufren otros espacios organizativos: el movimiento de trabajadores, los sindicatos, las centrales obreras y hasta ciertos partidos que ya no pueden hacer gala de una identidad propia frente al monstruo fagocitador del extremismo.
De alguna manera toca reconocer que ninguna tendencia social hace aflorar nada que de todos modos no esté allí ya instalado, agazapado, esperando el momento.
Tenemos evidencia histórica que lo confirma. Los grandes horrores de nuestra historia no hubieran sido posibles sin ideas instaladas previamente.
Entonces es presumible que estas compañeras y compañeros también estuvieran durante mucho tiempo allí, entre nosotras, en disconformidad, viendo como muchas de sus ideas, las que sea que fueran, no eran necesariamente de las ideas más extendidas o aceptadas en nuestros espacios de discusión.
Aunque es cierto, a estas alturas, que no somos un movimiento policial que le vaya a remover a nadie la credencial feminista por irse un poquito a la derecha en este contexto.
Tenemos, por choque, ruptura y re-elaboración, una lectura sensible del mundo que nos permite diferenciar qué es qué. Al final del día sabemos que todas, y todos, estamos haciendo un poco lo que podemos. A veces en unidad y resistencia, a veces con un guiño, carísimo, al enemigo, a veces desesperadas o desesperados por sostenernos en el halo pequeñísimo de la visibilidad.
Sin resquemores, y sin comernos sapos, sabemos, una y otra vez, que así también sobrevivimos. Y que una justicia feminista posible tiene más que ver con el aprendizaje que con el punitivismo y la expulsión.
Al cabo, no son necesariamente nuestros puntos en común sino nuestras diferencias las que nos abrieron paso como movimiento.
Así que lejos, muy lejos del juicio, este movimiento las y los espera una vez más, para abrazarlas cuando este monstruo finalmente caiga. Porque si hay algo que el tiempo y la insistencia también nos han dado es perspectiva y la absoluta seguridad de que las pesadillas eventualmente terminan.
Cuando eso suceda, que inevitablemente va a suceder, nuestras manos no van a estar avocadas a juzgar y castigar a las y los que, cuando la derecha nos apretó, se dieron vuelta, sino más bien a la construcción de un futuro sólido y de mayor igualdad. Ahora sin idealismos, sin fantasías, sin edulcorante.
Sabiendo que, incluso con esas y esos que cuando la cosa se puso brava eligieron estar del otro lado, hay que construir una lógica que supere el modelo de la venganza.

Escribe. Se especializa en la temática trans-travesti y las notas viscerales.
