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Cómo se sentirá el miedo

Claudia se mudó hace un tiempo a la localidad Empalme de San Carlos. A 17 kilómetro al noroeste del centro de Santa Fe, sobre la Ruta Provincial 5, encontró su lugar en el mundo. Desde allí escribe una crónica de lo cotidiano en medio de una pandemia y en un 24 de marzo diferente.

Autora: Claudia Chamudis

Estoy en el comedor de mi casa, en lo que alguna vez fue una pulpería. A varios kilómetros de la ciudad, separada por las vías muertas del resto del pueblo. Se escuchan los loros, los teros y algún otro pájaro que todavía no identifico. Esta mañana pinta bajón. Será que está un poco nublado, no como los días anteriores de cuarentena que era abrir las ventanas y que el sol lo pintara todo. O será que este amanecer cada día más tardío y este cielo de otoño nos dan la certeza de que el frío va a llegar, y con el frío las amenazas del virus se van a hacer más tangibles.

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La curva del camino me aleja del último lengüetazo de asfalto. Desde la persiana rota veo el bombeador del vecino más cercano, el que tiene tambo. Ahora se sumaron unos gallos a la cantata, y las colas de los caballos le agregan un susurro de fondo. Casi nunca se escuchan ruidos de autos, y menos en estos días. Desde la Comuna pasaron un comunicado pidiendo que transitemos lo menos posible. El almacén que está sobre la ruta ya no funciona más como bar, así que los parroquianos se van cada uno a su casa con el porrón bajo el brazo.

Ayer lavé ropa a mano y con Juan retorcimos sábanas y toallas, girando desde los extremos cada uno en sentido contrario para escurrir el agua. Las tendimos en una soga atada entre la ventana del galpón y una rama del eucalipto. Las sostuvimos con broches de madera. Cociné al horno de barro: knishes de cebolla y papa, una vieja receta de la rama judía de mi familia. Mi hijo prendió el horno con cascaritas de corteza y hojas secas. Durante esos rituales me sentí transportada cuatro o cinco décadas atrás. Un portal en el tiempo en el que me zambullí en las tareas cotidianas que curtían manos y humeaban la ropa.

Autora: Claudia Chamudis

¿Cambiará mi cuerpo después de estas semanas? Los ojos sí, seguro. Los ojos cambian según la distancia a la que miran. Acá tengo mucho margen para mirar a lo lejos: el monte allá, el río que por ahora apenas es reflejo plateado pero que en un par de semanas se va a ir acercando, como todos los abriles, hasta el alambrado del fondo.

La computadora y el celular me anclan de nuevo en el siglo 21. Tempranito cambié mi foto de perfil en las redes: le agregué un marco prefabricado, con el hashtag "30 mil somos todos" y un pañuelo blanco de abuelas. Soy torpe, el marco tapa mi boca en la foto pero no sé editarlo. Ese será todo el homenaje. Hoy no hay marcha. Por primera vez en años no voy a ir a la plaza, a encontrarme con los amigos de siempre, alguna gente grande, algunos jóvenes con banderas. "Hay que poner un poco más el cuerpo", cantábamos en la última marcha de reclamo de los docentes en mi provincia, sin saber que sería la última de muchos meses. Ahora los cuerpos se esconden y circulan las imágenes y las palabras y los videos como bits de información. Me siento rara al saber que no voy a estar en la calle esta tarde. Extraño el abrazo colectivo, el caminar sin respetar el sentido del tránsito, la mirada a los ojos con los que nos reconocemos en la misma lucha.

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Autora: Claudia Chamudis

Desde el refugio de la comodidad de mi casa pienso cómo será estar hoy en una sala de hospital atendiendo enfermos, cómo será cobrar en la caja de un supermercado, cómo será sentir la fiebre en la carne. Cómo se sentirá el miedo. Cómo habrán sentido el miedo los treinta mil que hoy no están.

Hay un poema de Wislawa Szymborska, "Bajo una pequeña estrella", en el que encontré los versos más conmovedores para decir lo que siento: "Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas."

Colaboración de Claudia Chamudis, profesora de Letras.
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