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No me calmo nada (tampoco en el amor)

Cecilia Bonet, educadora popular, reflexiona acerca de los nuevos controles sobre la afectividad, el trayecto desde la represión de las manifestaciones sexoafectivas hasta la desafectación.

Foto: Titi Nicola | CC-BY-SA-4.0

“Calmate flaca, lo conocés hace un mes”.

Cuando cuento a mis amigues, o a alguien, que conocí a una persona copada, que me gusta y que re daría conocerla, suelo recibir esa frase como respuesta, encabezada por ese verbo que odio tanto: calmarse. Es como pedirte que te calles cuando venís contando algo que te pasó, o darte una cachetada mientras estás bailando. Pedirte que te calmes cuando estás sintiendo algo.

Cuando me responden eso, suelo sentirme bastante como el culo, e intento justificarme el porqué de mi felicidad. O que el pibe es copado posta posta, o que qué se yo, no sé, algo justifica que yo me sienta así en ese corto período en el que, en las lógicas calculadoras, no debería sentirme de esa manera sino, obviamente, más ‘calmada’.

Control de afectos

Son tres cosas las que me hace pensar esa tristeza que me genera el que me pidan que me calme:
La primera, es la pregunta por esa necesidad de períodos de tiempo determinados a cumplir, modos correctos de hacer las cosas. Si mi abuela para que alguien la quisiese “de verdad” tenía que ser una mujer sumisa y pudorosa, y mi madre tenía que ser una mujer rescatada y responsable en su rol –de lo contrario no merecerían ese afecto–, ahora yo también cumplo con un “tener que ser” para merecer algo: tenemos que ser desafectadas, desinteresadas. Sino, que se yo, no te banca nadie.

Y sí, mi abuela no podía salir a saludar a mi abuelo a la vereda cuando se visitaban de novios y tenía que saludarlo en frente de la madre para no dar a entender otras cosas ni habilitar habladurías, y mi mamá y mi papá sabían que para tener relaciones sexuales tenían que estar casados porque si no nadie tenía porqué hacerse cargo de lo que ahí sucediese, y yo hoy tengo que saber que para acostarme con alguien tengo que tener la capacidad de la desafectación inmediata, para no generar situaciones en las que se pudiese confundir lo que pasa en una cama con eso que algunos llaman amor, o quererse, o algo así. Son reglas diferentes, con objetivos diferentes, y mientras mi abuela habrá sufrido la habladuría de la mala mujer que besa al novio en la vereda, mi mamá la de la mala mujer que besa al novio entre las sábanas, ahora me tocan nuevas habladurías que dan vuelta la historia para contar lo mismo en el sentido inverso: la mala mujer que "se enamora". Siempre un modo de leer a la mujer desde el error y desde la falta, desde sus imposibilidades de seguir los códigos marcados para su conducta.

Y ahí entro al segundo mambo. El momento en que creímos que desafectándonos estábamos por arriba de las reglas, más allá del bien y del mal. No sé qué nos hizo creer (o sí, lo explica Michel Foucault en las primeras cinco páginas de "Historia de la Sexualidad": 1) que estamos liberándonos: no es ya la obligación del matrimonio, de la castidad religiosa, pero son otras obligaciones que nos coartan y nos limitan de la misma manera, con la misma lógica: controlando las posibilidades de nuestros cuerpos y guionando así nuestro deseo.

No te enamores, esperá tres días, bancá un toque, calmate, lo conocés hace un mes, lo conocés hace tres días. ¿Qué carajos me importa? Capaz a vos te conozco hace diez años y me caés como el ojete. A mi profesora de lingüística la conozco hace cinco años y no hablo nunca con ella. Los afectos no son acumulativos en línea temporal. Las afectaciones suceden, nos suceden, y estar abiertos a la afectación es el mayor acto de libertad que puede tener un cuerpo. Porque la represión no tiene que ver con un modelo específico reglamentario: ni el matrimonio, ni la castidad. La represión sobre mi cuerpo tiene que ver con todo el sistema que se genera de habladurías sobre cómo siento y cómo vivo, sobre qué hago y qué dejo de hacer, que construyen reglas inconscientes de comportamiento igualmente restrictivas que la de mi bisabuela que retó a mi abuela (ella nunca lo deja de contar) por salir a saludar a su novio a la vereda. No es una madre que me reta, no es una institución-destino, son los comentarios de personas que tenés al lado, es el modo de relación que, tergiversando la libertad, se convierte en el nuevo modelo, con su propia lógica, sus pautas y su normativa: desafectación total, desvinculación humana, aprender a olvidar antes que a tener memoria constructiva, aprender a no-amar (¡¿en qué momento empezamos a aprender a dejar de amar?!). Y dentro de este nuevo sistema encaja la nueva relación-modelo: el amor libre, poliamor, o eso en que re-amás a un montón de gente colectivamente. El problema no es que esté mal o bien (re zarpado amar un montón a todo el mundo), el problema es el modelo. Que exista un modelo. Que haya una forma de amar. Poli o mono, hetero o homo, cis o trans. ¿No puede haber tantas maneras de afectarnos como vínculos se establezcan en este universo?

Nuevos policías de la afectividad

Un paréntesis: ayer hablábamos con dos amigues, acá en casa, sobre la separación del sexo del amor, o de los sentimientos del cuerpo, o esa cosa cartesiana que tenemos metida adentro y que queremos asociar con la libertad. Dividirnos a nosotros mismos. El amor no es una ecuación: [+amor+sexo] o [+amor-sexo], o la variante que sea con las incógnitas que se te ocurran. Tengo seis hermanos: no hay dos con que el vínculo sea el mismo. El vínculo no fue el mismo con ninguno de los pibes con los que estuve. No es el mismo con mis amigos. Son círculos que se entrechocan: el de la amistad, el del sexo, el del amor romántico (que está siempre ahí jediéndola), el del vínculo familiar. Y las relaciones circulan un poco en cada uno, diferentes todas: distintas afectaciones amistosas con distintos entrecruzamientos con lo sexual, distintos vínculos sexuales con diversas afectaciones en lo sentimental, distintos vínculos con mis hermanos con variados entrecruzamientos con la amistad. Miles de formas de combinar todas las variantes afectivas, que hacen de cada vínculo una manera única de vivir las relaciones. No hay explicaciones para saber por qué a veces con un amigo querés coger, o con un "chongo" querés juntarte a tomar mates, o con un novio dejar de tener sexo. De verdad, no sé si hay explicaciones o no, seguramente las haya (seguro hay libros escritos sobre esto en algún lado), el tema es para qué las queremos. El problema no es lo que a nosotres nos pasa: el problema son las etiquetas “amigo”, “chongo”, “novio”, que reprimen y condicionan nuestras infinitas posibilidades de amar y de relacionarnos.

Y cerrando: la última vez que me dijeron “calmate flaca”, sentí culpa. Hacía mucho no sentía culpa. Creo que desde la última vez que fui a la iglesia cuando todavía me confesaba y lloraba mis pecados (no muchos años atrás). Volver a sentir culpa fue lo que me hizo dar un salto y decir: no quiero volver atrás. No quiero retroceder. Cuando dejé la iglesia, mi cuerpo quedó marcado por años de esa institución. Me llevó mucho tiempo eliminar uno a uno los pedacitos que me habían lastimado, los pesos de las obligaciones, el dolor del pecado: aprender a no arrepentirme de los errores, a poner entre signos de pregunta la misma idea de error, aprender, a fin de cuentas, a no sentir culpa de ser y de hacer conmigo misma lo que surja en la vida para ser y hacer. Y cuando me dijeron “calmate, flaca”, volví a sentir esa culpa, del otro lado: me sentí una atrapada del romanticismo, una incapaz de desafectación, una imberbe del lenguaje del chongueo. ¿Cómo podía engancharme tan rápido? ¿Por qué sentía algo así, tan velozmente, si sólo había habido sexo? ¿Sólo había habido sexo?

Fue sentir esa culpa y decir NO: no quiero volver a la restricción eclesiástica desde la nueva inquisición que se esconde atrás del modelo de desafectación.

Por eso, reivindico una y mil veces el poder que se genera en el vínculo afectivo, de la manera en que se dé. El afecto por sobre todas las cosas, en sus numerosas variantes y posibilidades. Reivindico la posibilidad de amar con todo el cuerpo, de amar con los pies y de amar con un abrazo, de amar un día entero, de amar cinco minutos y de amar doscientos años; reivindico la posibilidad de equivocarse hasta el hartazgo y de nunca arrepentirse –nunca, ni de los mil años de novia ni del chongo de una noche, ni de los años sin sexo ni de los sentimientos no correspondidos.

Reivindico el afecto como herramienta de lucha colectiva frente a un sistema hecho para individuos solitarios y desafectados, el afecto como camino libertario, el afecto como potenciador de las posibilidades del cuerpo y de la vida.

Texto: Colaboración de Cecilia Bonet (estudiante, docente de la educación popular)
Foto de portada: Titi Nicola
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